jueves, 19 de enero de 2017

Relato - El gran colapso Parte 1

Jaén. Martes, 22 de enero de 2030

El ruido de un motor rompe el silencio sepulcral de esta fría noche invernal. Son las 3:05 de la madrugada y una furgoneta avanza por las calles de la Urbanización Azahar, despertando a Alberto González de su ligero sueño. Hace semanas que no puede dormir del tirón, que cualquier ruido le hace ponerse alerta. Y con razón. Sus padres fueron detenidos hace poco y nada sabe de ellos, lo más probable es que se encuentren en alguna cuneta de la carretera de Fuerte del Rey. Su hermana mayor, Andrea, estaba de Erasmus cuando comenzó toda esta locura y sobrevive como puede en un piso de estudiantes de Wroclaw. En Polonia, el gobierno conservador ha conseguido mantener el control del país. Europa del este, a duras penas, pero se mantiene a flote en medio del Gran Colapso.
Alberto tiene 20 años y nunca ha estado metido en política, pero su familia ya está “señalada” y eso le hace no poder dormir por las noches. Sabe que en cualquier momento le puede tocar a él y que una checa puede irrumpir en su casa y ponerlo todo patas arriba, como ocurrió cuando detuvieron a sus padres. Por suerte fue en Nochevieja y él estaba en el campo de un amigo, en el Puente de la Sierra. De haber estado en su casa seguramente también habría sido detenido. Nadie le notificó la detención. Fue a preguntar al Círculo de Seguridad Ciudadana (sucesor de lo que antes era el Cuerpo Nacional de Policía) y nadie le dijo nada. No constaba la detención de sus padres, deben haberlos secuestrado. Oficialmente se les considera desaparecidos, un viejo truco de todas las dictaduras. Según le dijeron sus vecinos, unos chavales borrachos se vinieron arriba en la celebración del Año Nuevo y decidieron ir “de caza”. Los valientes, los idealistas, las personas con honor están luchando en el frente. Hace tiempo que aquí, en la retaguardia, sólo quedan los cobardes, los oportunistas y la gentuza. Sus vecinos sólo le dijeron que llevaban estética red skin, camisetas de Non Servium, del St. Pauli y de los Bukaneros, los ultras del Rayo Vallecano. Eso sí, llevaban el brazalete con el círculo morado, por lo que posiblemente pertenecen a alguna de las asociaciones, sindicatos, partidos o colectivos que forman la confluencia popular. No sabe quién pudo ser, pero se lo imagina. A fin de cuentas, Jaén es muy pequeña.
¿El motivo de la detención de sus padres? Ninguno en concreto. Viven en las casas de Juan León, su padre es abogado y su madre era funcionaria hasta que fue purgada por actitudes antidemocráticas y discurso del odio. Tienen olivas, o tenían antes de la Revolución, ahora la tierra es para quien la trabaja. “Viva Andalucía Libre y Socialista”, “Tierra y Libertad”, decían los militantes del SAT cuando asaltaron su cortijo y golpearon a su pobre abuelo Paco. Su abuelo, que trabajó cargando cajas desde los 14 años en el mercado de San Francisco y heredó las tierras que llevaban años en su familia, era para ellos un “latifundista de mierda”. Él estudio en Altocastillo y su hermana en Guadalimar, y ahora estudian ADE y Derecho, respectivamente. Carreras claramente de pijos. Su padre es cofrade de la Virgen Blanca y simpatizante del Real Madrid. Son evidentemente una familia de fachas. La Casta. Era necesaria la justicia proletaria.
La furgoneta se detiene delante de la casa de Alberto González. “Es aquí”, dice quien la conduce. Un joven de 22 años, Daniel, que de pequeño jugaba al fútbol sala con Alberto en Las Fuentezuelas. A ambos les gustaba el rock y solían ir a los mismos bares. Eran buenos amigos, pero se fueron distanciando con el tiempo. No fue por política, más bien un asunto de faldas. Alberto siempre había sido más guapo, más simpático y gustaba más. Siempre tenía mejores regalos en Reyes y la novia más guapa. Una vez, en 2º de Bachiller, se encapricharon de la misma chica, Elena. Elena era el amor platónico de Daniel desde 2º de ESO y no pudo soportarlo. Elena siempre se había llevado bien con él, pero no lo quería de esa manera y estaba loquita por Alberto. “Seguro que es por su dinero”, “es una pija, que va de rebelde escuchando Extremoduro y Marea pero luego se compra zapatillas VANS”, “una pija calientapollas y él un facha de mierda”, se decía en su cabeza. Además Alberto tenía buenas notas y perspectivas de futuro mientras que él no tenía trabajo desde que acabó Trabajo Social. Aunque eso había cambiado con la Revolución. Ahora era Jefe de Grupo de las Brigadas Antifascistas (BAF), ahora sí que le respetaban.
De la furgoneta comienzan a bajar cuatro personas, con un pasamontañas y el símbolo de las BAF, el grupo de acción directa para combatir el fascismo, el racismo, la homofobia y el patriarcado. Desde el desmoronamiento del Estado, habían pasado de ser un simple grupo de pandilleros a convertirse en una milicia paramilitar. Iban bien armados y eran la autoridad. La Coordinadora Antifascista les había encargado limpiar las calles de Jaén y tenían gente vigilando las redes sociales y colaboradores en todos los institutos, centros de trabajo, facultades... eran lo más parecido a los servicios secretos de la recientemente proclamada República Popular Española. Daniel es el jefe, como demuestra su distintivo en la camisa morada que cubre con una Harrington. El ruido cerca de su puerta hace que Alberto se asome y ve que los guerreros antifas se disponen a entrar por la fuerza en su casa. “Mierda, los camisas moradas”, exclama en voz alta, mientras se viste a toda prisa y trata de salir por el patio de atrás. Pero Daniel lo tiene todo previsto, dos de sus hombres cubren esa zona. Ventajas de haber estado jugando tardes enteras al FIFA en aquella casa, se conoce todos sus recovecos. Alberto trata de escapar pero entre el miedo, la sorpresa y el frío, no es tan ágil como sus perseguidores, que no tardan en darle alcance. Caen las primeras hostias, al grito de “nazi de mierda”. Una bolsa negra cubre sus ojos y nota como lo llevan a rastras a la furgoneta.
Atado a una silla de pies y manos y aturdido, Alberto despierta en un lugar siniestro. No sabe dónde está, sólo hay una mesa con un flexo y macabras manchas pegajosas en el suelo. No es difícil adivinar que es sangre. Está seca, de varios días, pero quien estuviera antes que él en aquella silla, sin duda sangró como un marrano. Frente a él, un hombre de mediana edad, en mangas de camisa, con una Beretta 9 mm colgando del cinturón, le mira con ojos sádicos, relamiéndose en lo que va a suceder. Se trata de Ricardo Gómez Buendía, ex comisario de policía y ahora miembro del Círculo de Seguridad Ciudadana. Hombre puntilloso, en apariencia respetable, pero al que se le iba la mano. Siempre obediente a sus jefes, que ahora eran estos perroflautas a los que con tanto desprecio miraba hace unos años y que llamaban a los tipos como él “perros del Estado” en sus manifestaciones. Ahora el “Estado opresor” se había convertido en una “democracia popular participativa”, pero los nuevos amos necesitaban a los viejos perros, que sabían cómo hacer su trabajo por encima de consignas revolucionarias y retórica populista para las bases. Ricardo era un funcionario del Estado. No tenía eso que los románticos llaman ideología. A diferencia de los “niñatos” de las BAF, sabía bien cómo sonsacar a un detenido y se tomaba todo el tiempo que fuese necesario para ello. Al ver su placa, Alberto comprendió que estaba en los sótanos de la comisaría de Los Jardinillos... y que no saldría de allí con vida.
—Bueno, Alberto, esto será más fácil para todos si colaboras. Tenemos suficiente para llevarte a Jaén-2, pero de ti depende que tu estancia allí sea más o menos agradable... o que incluso no llegues a la prisión. Ya sabes lo que pasa, una fuga y los compañeros no tienen más remedio que abrir fuego...
—Yo no he hecho nada —respondió tembloroso Alberto.
— ¿Ah no? —le respondió Ricardo Gómez al tiempo que ponía delante de él varios folios de papel.
Era una recopilación de varios tweets escritos por Alberto hacía años. En uno de ellos se alegraba por el encarcelamiento del compañero Andrés Bódalo, mártir de la clase obrera que fue encarcelado injustamente tras un montaje policial. En otro, llamaba “terrorista” al compañero Alfons, que también había sido una víctima del Estado. En otro, llamaba “putos moros” a los terroristas del DAESH, tras un atentado. Un comentario islamófobo y racista intolerable. En otro criticaba que se abriese la frontera a los refugiados sirios. Otra muestra de xenofobia, racismo y odio al diferente. También había recortes de varias publicaciones suyas en Facebook bastante comprometidas. Por ejemplo, había compartido varias canciones de Beethoven R, un grupo que había sido clasificado como “heteropatrircal y misógino” por las compañeras de la Asamblea de Mujeres de Jaén por sus letras haciendo apología de la violación y su desprecio a la mujer. Sus discos estaban prohibidos desde el inicio de la Revolución.
La Asamblea de Mujeres de Jaén era parte de la Federación Estatal de Asociaciones Feministas, pero funcionaba de manera autónoma y horizontal, al menos en teoría. En la práctica su jefa era Consuelo Guerrero, una profesora de didáctica de las Ciencias Sociales de la máxima confianza de la Ministra de Igualdad, Rita Maestre. Consuelo, a pesar de que prácticamente no había dado clase a niños en su vida, se dedicaba a dar clase en el grado de Magisterio y en el máster de Profesorado de Secundaria, asegurándose de que sus alumnos se deconstruían de sus prejuicios eurocéntricos y machistas. Era implacable, capaz de suspender a un alumno por no utilizar el lenguaje inclusivo. Como en todos los demás colectivos, las feministas sensatas hacía tiempo que habían sido purgadas, acusadas de estar alienadas con el patriarcado, y las que partían el bacalao eran las histéricas y fanáticas, las de machete al machote, como Consuelo. La imagen de Simone de Beauvoir presidía su despacho en la UJA junto al lema Sororidad para la lucha, lucha para la emancipación.
      Pero lo más grave de todo era un comentario de 2028 en el que admitía que había votado a Ciudadanos en las elecciones de aquel año. Era un fascista, no cabía duda. Un fascista y un cuñado. Alberto se quedó callado. No sabía que decir ante aquello. El comisario Ricardo se encendió un cigarro y le echó el humo en la cara, sacándolo de su ensoñación. Se quitó la pistola y la dejó encima de la mesa y se remangó la camisa. Alberto temblaba de miedo y notó una sensación húmeda y caliente al mismo tiempo en la entrepierna. Se había orinado encima. Ricardo se echó a reír. Estaba claro que Alberto hablaría pronto. Una lástima, Ricardo tenía ganas de divertirse.
—Bien chaval, como ves estás bien jodido. Por menos de esto, hay gente en la cárcel.
—Sólo eran comentarios en twitter y en facebook... —se lamentó Alberto.
—Ya... bueno, hay dos maneras de hacer las cosas en la vida. Por las buenas, o por las malas. Así es que tú eliges. Sabemos que eres un quintacolumnista, que tienes contacto con los nacionalistas. Con peces gordos de verdad, no cuatro tontos como tú que escriben en Internet. Dinos dónde están.
—Yo... yo no estoy metido en política —respondió temblando Alberto.
—Vaya... veo que será por las malas entonces -dijo Ricardo, dando la primera bofetada a Alberto, que comenzaba a llorar nerviosamente.
El interrogatorio fue lento y penoso. Puñetazos, golpes en el estómago... el sadismo y la imaginación de Ricardo no tenía fin. Llevaba muchos años de servicio, su padre había sido guardia civil y le había contado cómo les apretaban las tuercas a supuestos miembros y simpatizantes de ETA en los años 90 del siglo pasado y Ricardo había aprendido bien. Ricardo había sido un chico conflictivo en su adolescencia, un bala perdida en la ESO, repetidor de varios cursos, que finalmente se centró, asentó cabeza y se sacó las oposiciones al Cuerpo Nacional de Policía. Con 15 años llevó a un compañero de clase, al que él y unos cuantos más le hacían bullying, a la depresión y a estar al borde del suicidio. Luego realizó su cruzada personal contra los ultras del fútbol y se dedicó sus primeros años de servicio en Jaén a freír con multas de 3.000 € a chavales de 20 años por el simple delito de sacar una bengala para recibir a su equipo. Tenía años de experiencia destrozando vidas ajenas.
Alberto se desmayó varias veces y fue despertado con cubetazos de agua helada. Hacía frío y Alberto temblaba en medio de la sangre, el sudor y los orines. El miedo era tal que no sólo se había meado encima, también se había cagado. Cualquier atisbo de dignidad había desaparecido en aquel oscuro sótano, ante la atenta mirada del retrato del Presidente de la República, el compañero Pablo Iglesias, franqueado por la bandera tricolor, que colgaba de la pared.


Después de varias horas, Ricardo por fin comprendió que Alberto no podía confesar aquello de lo que no tenía ni la más remota idea. El joven estaba lleno de moratones, quemaduras de cigarrillo y con la cara y los ojos hinchados por la tremenda paliza recibida. Si le seguía apretando las tuercas, el chaval empezaría a inventarse confesiones, al más puro estilo de los reos de la Inquisición. Era evidente que no sabía nada de ninguna quinta columna ni tenía nada que ver con los nacionalistas. Era un pobre desgraciado al que alguien se la había jugado y nada más. Uno de tantos que había probado las bondades del gobierno de la gente. Sea como fuere, la Comisión de Seguridad de la Coordinadora Antifascista, a instancias de las BAF, lo había dejado claro. Aquel facha tenía que morir. Así es que sin pensárselo más, Ricardo sacó su navaja y degolló al pobre infeliz, que gimió como un cerdo el día de San Antón en sus últimos estertores. Su mundo se acabó para él en ese sótano lúgubre en aquella fría madrugada. Después de todo no estaba metido en política, ni siquiera era una cuestión de ideología. Simplemente había tenido la mala suerte de despertar la envidia de quien no debía. Esa era la nueva política, tan parecida a la vieja que constaba diferenciarlas.

jueves, 12 de enero de 2017

Relato - Amigas

Jackie se giró y la miró muy seriamente, a los ojos.
—No puedo seguir aguantándolo. No puedo ver como haces planes de futuro sin contarme en ellos. No soporto oírte hablar de chicos que te tendrán entre sus brazos y saber que no seré yo.
La chica se quedó callada. Su gesto era de sorpresa.
—Pensaba... que eramos amigas, solamente, que no te importaba— musitó.
Jackie sonrió con condescendencia.
—Claro que me importa, todo lo que tiene que ver contigo lo hace. Y somos amigas, pero... no puedo posponerlo más. Quiero que salgas conmigo.
— ¿Cómo? No puedo. Somos amigas, buenas amigas. Lo nuestro no puede funcionar. Además, ¿qué dirían todos?
La muchacha se acerca y la mira. Siempre que estaban así Jackie sentía el impulso de dejarse llevar y besarla, pero solía contenerse, no sin esfuerzo.
—No tienen por qué enterarse, lo llevaremos en secreto. Nunca sabrás si puede funcionar si no lo intentas. Quizás salga bien. Y si no, aquí me tendrás. Nunca te dejaré sola.
Ella suspiró, azorada. No quería admitir que a veces veía su relación como algo bastante fuera del contexto de la amistad. Su amiga tenía cosas que a veces eran de todo menos amistosas.
— ¿Por qué no te rindes nunca?
Jackie sonrió con ternura.
—Porque eres la chica más increíble que he conocido. Cuando lloras, cuando ríes, cuando te enfadas... y porque es más lo que me arriesgo a perder si desisto. Lo siento, soy así. No puedo dejar de querer a alguien como tú.

martes, 10 de enero de 2017

Relato - La torre encantada

         Una noche cerrada y fría se cierne sobre la ciudad de Toledo, las brumas cubren la Luna y la urbe regia se encuentra en una total oscuridad. La majestuosa capital del Reino descansa en esta noche de invierno, sin saber que se acerca el final de su esplendor. No hay un alma en sus empedradas calles, no se ve una luz. Tan solo las tenues antorchas de los sayones que patrullan las calles rompen la total oscuridad. Algo terrible está a punto de suceder, el futuro del Reino pende de un hilo.
            En el alcázar, mientras todos duermen, el viejo Berthwulf, revisa viejos pliegues y códices en su modesta habitación, plagada de alambiques, grimorios y amuletos arcanos cuyo significado sólo él conoce. Berthwulf es un gudblostreis, un “sacrificador divino”, consagrado al culto de los viejos anseis, los ancestros que antaño fueron adorados como dioses. Es un experto en el gandiR, la magia rúnica, conoce la vieja tradición que ha sobrevivido a pesar de los avatares del pueblo godo. Aunque este antiguo culto hace siglos que es perseguido y proscrito, el rey Wittiza es consciente de que Berthwulf, que para muchos es sólo un viejo loco, es una persona sabia y un buen consejero, por lo que le permite permanecer en la Corte pese a las habladurías.
            Berthwulf no puede dormir. Lleva días teniendo angustiosas pesadillas, las visiones se suceden y no entiende bien qué quieren transmitirle los dioses. Aquella noche sabe que va a ocurrir algo, lo presiente. Nota una extraña presencia en el alcázar, como unas sombras desplazándose entre los pasillos, pasando inadvertidas paras los files gardingos que velan por la seguridad del rey. Su canto rúnico aleja a cualquier unhulþo, cualquier espíritu salvaje, que intente acceder a aquel lugar. Pero la amenaza que se cierne sobre el futuro del Reino no es sobrenatural, es muy humana.
            En mitad de la noche una voz de alarma despierta a todos en el alcázar. El ajetreo de personas yendo de un lado para otro es constante. Los gardingos se dirigen a toda prisa a los aposentos reales; algo ha sucedido. Gumasind, el conde de los gardingos y máximo responsable de la seguridad, irrumpe en la habitación de Berthwulf.
— ¡Berthwulf! Has de venir, ¡rápido!
— ¿Qué sucede? —responde sobresaltado el anciano.
—El rey, no respira —contesta jadeante Gumasind, tratando de recuperar el aliento.
A toda prisa, el anciano recorre los pasillos del alcázar y llega hasta los aposentos reales, con dos imponentes gardingos custodiando la puerta de la alcoba que se apartan para dejarle paso a su conde y al viejo Berthwulf. Los galenos rodean al rey, sus hijos, sollozando, consuelan a la reina, que se lamenta entre lágrimas diciendo: “estaba bien, se encontraba bien, y de pronto…” El capellán y confesor real reza un Padre Nuestro, mientras los galenos pasan diversos ungüentos delante de la nariz del viejo Wittiza, tratando de reanimarlo. Pero Berthwulf, nada más ver la regia figura yacente en el lecho, se da cuenta de lo que ha sucedido. Su saiwala ya ha abandonado el cuerpo físico, no hay nada que hacer. Con voz profunda y autoritaria, Berthwulf interrumpe los rezos y las discusiones de los galenos, que se afanan en reanimar a Wittiza: “el rey ha muerto”.

A la mañana siguiente, la ciudad de Toledo se levanta con la trágica noticia del fallecimiento de su soberano. Los rumores de que el rey ha sido envenenado o embrujado no paran de circular por la Corte. Según la reina, Wittiza se encontraba perfectamente a la hora de cenar, nada hacía indicar malestar alguno, cuando de pronto y sin motivo aparente, comenzó a sentirse mal y decidió acostarse para descansar. Cuando su mujer acudió al lecho, se encontró a su regio marido exánime. La señora, ahora viuda real y custodia del legado de Wittiza, asegura que el difunto monarca ha sido envenenado por alguno de sus enemigos.
Pero no hay tiempo que perder, el Aula Regia ya se ha reunido. Los principales nobles de Spania están presentes y es urgente elegir un nuevo rey. En el sur, se oyen rumores de una nueva amenaza que aguarda un momento de debilidad al otro lado del mar. En el norte, los indómitos vascones y los cántabros no paran de lanzar incursiones y los francos presionan en la frontera gala. Es preciso elegir a un caudillo fuerte capaz de unir al Reino y defenderlo de sus enemigos. Mientras que los hijos de Wittiza hablan de traición y de regicidio, los hombres del ambicioso dux de la Bética, Roderick, han entrado en Toledo y cercado el alcázar. Parece como si el dux intuyese la inminente muerte del rey y por eso se ha dirigido hacia la urbe regia con sus mesnadas, aunque por supuesto el astuto Roderick justifica la presencia de sus hombres en pos de garantizar la seguridad en estos momentos de incertidumbre.
Los nobles discuten entre ellos, entre los partidarios de Roderick y aquellos que lo señalan como instigador de la muerte de Wittiza, encabezados por los partidarios de Agila, un noble de la Tarraconensis, al que apoyan los hijos del difunto monarca. La conversación se vuelve más y más acalorada y parece que no se va a alcanzar un acuerdo. Berthwulf aguarda fuera del cónclave, pero escucha los gritos y las acusaciones mutuas. El Reino está dividido y el enemigo está a las puertas. En ese momento un grupo de soldados del dux Roderick irrumpen en el Aula Regia, blandiendo sus espadas. La sala queda en silencio y Pelagius, el más fiel camarada del dux de la Bética, alzando su espada proclama a voz en grito:
— ¡Hails Roderick, Rey de los Godos!
Los nobles partidarios de Roderick comienzan a alzar el brazo derecho y aclamar al dux y los tibios y dubitativos, ante el hecho consumado, no tienen más remedio que inclinarse ante el nuevo líder. Es medio día y el obispo Oppas, con gesto serio y taciturno, ordena que las campanas de la catedral repiqueteen y que se cante un Te Deum por el nuevo soberano. El pueblo de Toledo espera expectante ante el alcázar y finalmente el obispo se asoma al balcón y grita a la muchedumbre: “Rodericus Rex”.

Una vez finalizados los fastos por la coronación de Roderick, el viejo Berthwulf solicita ver al monarca. Para Roderick, Berthwulf es tan sólo un viejo mago, un charlatán que había regalado los oídos de Wittiza con su palabrería. Roderick desprecia todo aquello que no es su espada y ya está pensando en comandar la hueste real hacia el norte, para derrotar de una vez por todas a los astures, cántabros, galaicos y vascones y demostrar que es un rey fuerte y poderoso, como Liubagilds, que logró derrotar a los suevos, los francos y a los bizantinos y unificar toda Spania bajo su poder. En su mente Roderick vislumbra un glorioso reinado, lleno de victorias, y no tiene tiempo para las tonterías de aquel viejo loco. Sin embargo, por insistencia de la reina Egilo, más inclinada a los asuntos metafísicos, el flamante nuevo soberano accede a hablar con Berthwulf.
Con semblante triste, consciente de que su mundo y su estirpe están próximos a su fin, Berthwulf entra en la sala del trono. Vestidos con lujosas ropas, con el manto púrpura revestido de oro al estilo oriental, sentados sobre sendos tronos que presiden el gran salón, como los viejos jefes germánicos de antaño, el rey Roderick y la reina Egilo fijan sus ojos en aquel extraño anciano. La reina mira con curiosidad a aquel hombre, del que tanto ha oído hablar. El monarca, en cambio, siente el tedio de las innumerables audiencias que se ve obligado a atender. Nobles, clérigos, gobernadores provinciales… le asedian con asuntos que él considera menores todos los días, como la disputa entre dos campesinos por una gallina, o la necesidad de arreglar una vieja vía romana que lleva años sin usarse… ¡y para colmo ahora debe escuchar a este viejo loco! Él es un hombre de acción, se siente más cómodo sobre la silla del caballo, que sobre el trono. Empuña mejor la espada que el cetro.
Berthwulf se inclina respetuoso ante los reyes y Roderick le hace un gesto para que se levante y le dice con desdén:
— ¿Qué es eso tan importante que habéis de decirme, anciano?
—Mi señor, me temo que no os han informado de una tradición que tienen los reyes cuando acceden al trono —responde de manera pausada el anciano, reprimiendo su profundo desprecio hacia el engreído monarca que ahora rige sus vidas.
— ¿Más tradiciones? ¿Más misas? ¿Más boato? ¡Por el amor de Dios, estoy harto de tanta parafernalia cortesana! —responde iracundo el rey.
—Alteza, existe una torre aquí en el alcázar de Toledo, la llaman la Torre Encantada o la Casa de los Secretos, pues ella contiene el tesoro real de los godos —responde el anciano, armándose de paciencia.
—No sabía que estuviese en una torre, pero en todo caso, el conde del tesoro se encarga de mis finanzas, ¿a dónde queréis ir a parar, anciano? ¿Acaso tanta insistencia por verme se debe a que queréis dinero? —responde con sorna Roderick.
—Mueren parientes, mueren riquezas, vos mismo moriréis. Sólo sé de una cosa que nunca muere y es la reputación del muerto, si buena la tiene, alteza —responde Berthwulf, fijando sus ojos de manera casi insolente en el monarca.
— ¿Qué ocurre con esa torre? —responde el soberano, quien ante la mirada penetrante del anciano ha sentido como si se le helase el corazón. Acostumbrado a batallar toda su vida, jamás había sentido un escalofrío de miedo similar.
—En esa torre se custodian los tesoros y los misterios secretos de los godos desde hace siglos. Algunos incluso dicen que es el tesoro de Alareiks, y que en su interior están el Arca de la Alianza y la Mesa de Salomón… nadie sabe qué contiene esa cámara porque durante siglos, nadie la ha abierto. Está cerrada bajo llave y es costumbre que cuando un rey accede al trono, en lugar de abrirla, añada una cerradura más a la puerta, para preservar el secreto —le explica el viejo sacerdote de manera pausada al rey.
—Deben ser innumerables las riquezas que alberga ese lugar pues… conducidme hasta allí, anciano —responde el rey, que deja ver la codicia en sus ojos.
—Debéis mantener la tradición, alteza —advierte Berthwulf, consciente de las intenciones que se han despertado en la mente de Roderick.
—Naturalmente… —dice sonriendo el rey.
Al caer la noche el rey manda llamar al anciano para que le conduzca a aquella Torre de los Secretos. Berthwulf conduce a Roderick hacia el lugar, una imponente torre cercana al alcázar, custodiada por los fieles gardingos, que presentan armas ante su rey y se apartan de la puerta para que entre. Además de Berthwulf y Roderick, el conde del tesoro, Haimarik, completa la expedición. Berthwulf conduce a los dos hombres escaleras abajo hasta una gruta cuya antigüedad sobrecoge a los presentes. Una gruta llena de extraños símbolos arcanos, que ya estaba en ese lugar mucho antes de la construcción de la torre, mucho antes de la llegada de los godos a esta tierra, incluso antes de la llegada de los romanos. Un santuario sagrado cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos. Alumbrados por la antorcha que porta Berthwulf, los tres hombres llegan a una puerta de hierro incrustada en la roca, sellada por decenas de cerrojos. Es la entrada de la cámara de los secretos.
— ¿Dónde está la llave de esta cámara, Haimarik? —pregunta el rey, que no se deja impresionar por la sacralidad del lugar.
—No hay llave, mi señor… nadie ha abierto este lugar nunca, desde hace siglos, desde que nuestros antepasados llegaron a Spania, los ojos de un rey jamás han visto lo que hay dentro de esta cámara —responde el conde del tesoro, que siente como una fuerte presencia sobrenatural protege aquella gruta.
—Entonces habrá que abrirla de otra forma… —responde Roderick, al tiempo que saca un martillo de guerra, dispuesto a romper los cerrojos.
— ¡Deteneos, insensato! ¡Con vuestro sacrilegio vais a traer la ruina a todo el Reino y a todas las gentes de Spania! —grita furibundo Berthwulf.
— ¿Cómo te atreves a hablarle así a tu rey? ¿Sabes que podría mandarte azotar por esta insolencia? —responde Roderick, lleno de ira.
— ¡De buen grado prefiero unos azotes si con eso impido lo que estáis a punto de hacer! ¿Es que no sabéis nada? Si profanáis este lugar los anseis dejarán de protegeros a vos… y a todos nosotros, pues sois nuestro rey —dice fuera de sí Berthwulf.
— ¡Viejo loco! ¡Aparta de mi camino! —responde con absoluto desprecio el monarca, al tiempo que empuja a Berthwulf.
—Alteza, creo que no deberíais… —intenta advertirle el conde del tesoro, que sí conoce las viejas leyendas y además se ha quedado sobrecogido ante la reacción del anciano.
— ¿Tú también, Haimarik? ¡Son solo supercherías paganas! —le interrumpe riendo Roderick.
—Puede ser… pero ningún rey ha osado abrir esta puerta, respetar el misterio, el conocimiento oculto, es lo que da al rey el poder soberano para reinar, mi señor —trata de convencerle Haimarik.
— ¡Tonterías! Si ningún rey ha abierto este lugar es porque ninguno se ha atrevido a hacerlo, pero yo estoy destinado a ser el rey más grande que jamás hayan conocido los godos, yo descubriré el conocimiento antiguo que se encuentra aquí y con él, nuestro Reino tendrá una edad de oro —responde presuntuoso y altivo el monarca.
Movido por la ambición y la codicia, sin comprender los profundos misterios de sus antepasados y las energías que está apunto de liberar, Roderick blande su martillo y golpea incesante contra las cerraduras. Uno por uno, los cerrojos empiezan a partirse y la puerta a ceder, hasta que finalmente el último se rompe y la puerta deja de estar sellada. Después de siglos de misterio, después de generaciones velando aquel lugar, los ojos de un rey van a contemplar qué se encuentra en la Torre Encantada.
La puerta se abre y la cámara se presenta vacía ante los ojos del rey. Sólo hay un cofre en medio de la sala. Berthwulf y Haimarik no se atreven a entrar, pero Roderick deja caer su martillo y se aproxima despacio hacia el centro de la estancia, donde se encuentra el cofre. Sólo un cofre, nada más. “¿Tanto revuelo por un simple cofre?”, piensa el rey en voz alta. Al llegar a él, Roderick ve que unos extraños símbolos rúnicos brillan con el resplandor del trueno, incluso el arrogante rey siente como una gran energía emana del cofre, como si le empujase a retirarse. Un grabado con la forma de un martillo centellea en el centro del cofre, como si se tratase de la última advertencia al inconsciente monarca.
— ¿Qué pone aquí, anciano? —pregunta sobrecogido Roderick.
—Es el martillo de Þunars, que protege este lugar. Por última vez, mi señor, os ruego que… —intenta convencerle, con lágrimas en los ojos Berthwulf.
—La inscripción rúnica, anciano. ¿Qué dice? —sigue preguntando el rey, desoyendo las advertencias.
—Que perderéis vuestro reino y que con vos llegará el final del dominio de los godos en Spania —responde Berthwulf.
—Necio anciano… mañana mismo abandonaréis la Corte, y dad gracias a que no os mando quemar en la hoguera como el pagano que sois —responde lleno de desprecio Roderick, al tiempo que se dispone a abrir el cofre.
Nada más abrir el cofre, una tremenda luz ilumina toda la estancia. Una descarga de energía, como un rayo, empuja a Roderick y lo manda varias varas hacia atrás. Tendido en el suelo y confuso, el rey observa como las paredes de la estancia comienzan a volverse borrosas. Las imágenes cobran vida y Roderick ve a sus mesnadas derrotadas junto a un río, sonidos de lanzas chocando con escudos inundan la estancia, gritos, alaridos de dolor, y un ejército de hombres de tez morena, con turbantes y extrañas espadas curvas avanza sin parar. Llevan el símbolo de una media luna en su estandarte de batalla y los lejanos gritos se vuelven cada vez más nítidos, cada vez más claros. Hablan una lengua extraña, el rey no comprende nada de lo que dicen, pero un alarido se clava en su corazón, un grito de batalla que repiten incesantes: ¡Allahu Akbar!
La visión se desvanece y el cofre se cierra de golpe, quedando la estancia en total oscuridad. Roderick ha visto su destino, ha visto el final de su reinado, el final de su estirpe. No sabe muy bien lo que ha ocurrido, pero un terror que jamás había sentido hiela su corazón de guerrero. Los tres hombres se marchan del lugar y a la mañana siguiente el viejo Berthwulf abandona la Corte. Después de años de estudio, el rey manda quemar sus grimorios y viejos códices, pues dice que están malditos y que aquel anciano tiene tratos con los demonios. Sólo unos cuantos se salvan, los que el anciano puede llevar consigo en su camino al destierro. El rey perdona la vida a Berthwulf, en parte por miedo a desatar aún más la ira de los antiguos demonios a los que el anciano reza. Demonios, así llama a los dioses de sus antepasados el arrogante monarca de los godos. Como un mendigo, aterido de frío y viviendo sólo de la caridad, el viejo Berthwulf no ve terminar el invierno y muere poco después.

Río Guadalete. Han transcurrido solo unos meses desde aquel aciago día en el que el rey Roderick decidió profanar el secreto de sus antepasados y abrir la puerta sellada de la Torre Encantada. Cubierto de barro y humillado, Roderick contempla el campo de batalla. Sus fieles gardingos dieron hasta la última gota de su sangre para cubrirle la retirada. Su caballo, herido, agoniza en medio del fango. Aún tiene la sangre de sus leales impregnando sus ropas, no reunió el valor suficiente para derramar la suya propia hasta la muerte. Los musulmanes han invadido el Reino y han derrotado a sus mesnadas y quien fuera señor de toda Spania, no tiene ya una almena que pueda decir que es suya. Pesaroso, solitario y cubierto de barro, se dirige hacia la Lusitania, donde terminará sus días como un vagabundo. La profecía se ha cumplido.

viernes, 30 de diciembre de 2016

Poesía - Coloquium desamoris

Maldita ignorancia que vituperaba
que eras un efímero sueño,
de aquellos que hieren el recuerdo
y malinterpretan la torpeza del alma.

Cómo se desgarran viles nauseas
de mi aliento hecho pedazos, 
para después vislumbrar mil odiseas
en cada uno de mis débiles abrazos.

Más, quizás la añorada calma,
a mi atormentada alma llegue
para ocupar el espacio de mi nada.

Insensato de mi, ¿por qué piensas eso?
No tienes música que describan sus ojos,
ni letras que pinten sus besos,
ni galas en tus mejores despojos,
ni sinceridad en tus mejores aprecios.

Nada tengo y nada en mi alma soy,
tan solo la brisa de su pelo,
el recuerdo de un mar en celo
y una clase de conciencia
que jamás me aturdió.

Burdo, ignorante, parásito, imberbe
mi noble persona es,
que osa sin dudar adormecerse
cuando es necesario despertar con nitidez.

Tan solo mi sentido común, 
afirma que solo soy un cobarde
con ínfulas de versificador
que canta, en balde
a la vital agonía del amor.

martes, 27 de diciembre de 2016

Relato - La última noche

Solo se oían pasos en aquella estancia que ni siquiera había podido contemplar. Lo último que recordaba era una figura que había entrado como una exhalación a su dormitorio, la había golpeado para después cubrir su cabeza con un saco de arpillera.
El trayecto en coche había sido frenético. Y ahora se encontraba allí. A juzgar por como resonaban las pisadas de la otra persona la habitación debía ser pequeña. No parecía haber más personas además de ella y su captor.
De pronto sintió que los pasos se aproximaban y tensó el cuerpo. Fue una mala idea. Atada como estaba, de pies y manos, le dolieron todos los músculos al intentar moverse.La persona, que se había situado tras ella, le quitó el saco. La poca luz de la sala hirió sus ojos, que ya se habían acostumbrado a la oscuridad.
Estaba en una habitación pequeña, minimalista en materia de decoración. Parecía la habitación de un motel de baja categoría.
Fue entonces cuando la persona que la había secuestrado se mostró, situándose ante ella.Cuando vio su cara, pasaron muchas cosas por la mente de esa mujer atada en aquel dormitorio.
La sorpresa duró solo unos segundos y luego dio paso a una resignación tan acusada que casi le dio por reír puesto que, junto con todos los pensamientos que atravesaron su cabeza, se mezcló también una certeza aplastante.
«No voy a salir con vida de aquí»
—Ha pasado mucho tiempo —su captor comienza a pasear de nuevo por la habitación, hablando con calma—. Casi no recuerdo la última vez que te vi. Sentí mucho lo de tu marido. Siempre pensé que conseguiría hacer acopio del valor suficiente para abandonarte. Pero, desafortunadamente, fuiste tú la que logró despojarlo de toda felicidad hasta que, finalmente, se marchitó. Siempre he admirado esa habilidad tuya de envenenar todo lo bueno y puro que te rodea.
La mujer del suelo no puede hacer más que mirar el paseo de la otra figura y escuchar sus palabras, en silencio. Para ella, la persona que habla está loca y decirle algo para defenderse de tan desgarradoras afirmaciones solo empeoraría las cosas.
Es por eso que la persona que tiene ante ella sigue hablando, como si nada.
—Vaya, no recuerdo haberte visto en silencio nunca tanto rato. Me recuerdas a ella, ¿sabes? Siempre que discutíamos se quedaba callada, con ese desprecio en sus ojos, como si no valiese la pena discutir, como si yo no mereciese su respeto. Pero, después de muchos años, volví a encontrarla y la traje aquí… y la maté. Pobrecita, la pobre pensó que yo no la había superado y que lo que buscaba eran sus habilidades de zorra fácil en la cama. Pero sí que la he superado. Borrón y muerta nueva. Y ahora tengo que superarte a ti.
Mientras esta explicación sale a la luz, esta persona ha ido sacando diversos objetos de una mochila para ir colocándolos con esmerado orden sobre la cama.
Entre dichos objetos se hallan una fusta, cuerdas, un látigo de cuero trenzado, velas del color de la sangre seca, un trozo de tela y otros artilugios de muy variados tamaños, formas y materiales que la mujer atada no logra distinguir y que nunca antes había visto. Hay también varias herramientas de metal y ninguna se parece a nada que conozca.
— ¿Para qué es todo eso? —la persona que aguarda en el suelo no puede finalmente alargar más el mutis.
—Oh, disculpa. Había olvidado tu intransigencia hacia cualquier tipo de libertad sexual.
Tras esta frase el captor se desnuda dejando a la vista sus voluptuosos pechos. Saca varias prendas de ropa de la mochila hasta quedar vestida con unos ajustados pantalones de cuero, una camiseta blanca de tirantes y una cazadora de cuero.
—Estás mal de la cabeza —escupe la mujer del suelo.
—Lo sé. Hace años no quería creer que era cierto cuando me lo decían. Ahora sé que es verdad, que finalmente el influjo de tu poder sobre mí funcionó.
—Yo no tengo nada que ver en esto —la mujer capturada no puede mirar a la otra.
—Mírame. Soy todo lo que siempre me has negado. Me llamaste zorra y te atreviste a destrozar y censurar todo lo que yo amaba, convirtiéndolo en algo deleznable. Para ti yo nunca fui lo bastante buena. Tú, Doña Perfecta, condenada a vivir con una persona como yo. Una tortura, ¿verdad? Nunca te pusiste en mi lugar. Ya va siendo hora de que sufras en tus carnes lo que sufrí yo y de la forma que mejor se me da. Te voy a enseñar que sirvo para algo, mamá.
Sin previo aviso y de repente, la mujer vestida de cuero hace restallar el látigo con vertiginosa precisión. El instrumento azota el suelo a milímetros de su madre.
—Yo solo quería lo mejor…
—Para ti —termina la hija— y no te culpo. Pero esto me lo enseñaste tú y fue una de las lecciones más valiosas: O comes o eres comido.
—Yo te quería. Siempre te he querido.
—Tú querías una muñeca de la que presumir o una marioneta a la que manejar, no una hija.
Antes de que pueda seguir defendiéndose, la hija la amordaza. Del bolsillo saca una navaja, corta las ataduras y tras un breve forcejeo consigue apresar a su madre a la cama y la encadena de las muñecas y los tobillos. Acto seguido, con premura, corta también la ropa hasta hacerla jirones dejando a la mujer en ropa interior a su merced.
—Siempre me he preguntado quién castró a quién —murmura la hija para sus adentros—. Pero ahora, después de tantos años, vamos a darle un homenaje a esa carne arrugada y marchita, ¿eh?
Con una sonrisa saca un paquete de cigarrillos del bolsillo interior de la chaqueta y lo enciende. Se sienta en una silla frente a la cama y fuma, contemplando su obra sin pestañear siquiera. Su madre la mira con los ojos muy abiertos desde la cama.
—Oh, pero qué modales los míos. Dónde está mi buena educación. Todavía fumas, ¿no? Déjame ofrecerte.
La joven sin titubear se levanta y apaga la colilla en el empeine del pie derecho de la otra mujer, que solo puede emitir un jadeo ahogado y un lloroso gemido. Empieza a debatirse contra las cadenas en un desesperado intento por huir.
 
 
-Deja de llorar. Mira, te voy a explicar una cosa: Vas a morir. Aquí. Esta noche. Y no hay nada que puedas hacer para evitarlo. Así que cuanto antes lo asumas mejor. Puedes o no aceptarlo. Pero cuanto más te resistas más dolerá. Si te pones así con un cigarrillo las velas te van a volver loca- ríe entre dientes-. Después te enseñaré con todo lujo de detalles por qué siempre he estado tan bien acompañada. Tengo muchos talentos además de los que te mostraba y tú no querías ver.
A la madre la recorre una arcada mientras contempla como la hija se relame.
 
-Relájate, mamá- canturrea-. Prometo que haré que esta noche sea inolvidable. Por eso he escogido esta camiseta blanca. Espero que se torne del color de tu expiación y guardarla siempre. Será un magnífico recuerdo- susurra.
 
 
 

jueves, 22 de diciembre de 2016

Poesía - Efímero

Rauda es la empatía humana
que mira con decadentes ojos
sus inefables y vehementes despojos
que no dejan luz al mañana.

Lenta es la avaricia rancia
que arranca fieramente el débil aliento
y como indecente culpable absuelto
epitetiza su ruina cual gran ganancia

El necio insiste en su esclavitud
llena de consentimientos y conformismo,
ignora que el sabor de la vida es efímero
y que el suspiro de nuestra muerte
es nuestra noble virtud

martes, 20 de diciembre de 2016

Relato - Juguete roto

Enhorabuena, hijos míos, lo habéis logrado. Habéis logrado libraros de mí, pero todavía sigo sin saber cual ha sido el motivo que os ha llevado a hacer esto.
Me dijisteis que llevaríamos por primera vez a la pequeña Agatha a un parque de atracciones, algo muy emocionante para mí, nada me hacía más ilusión que ver su sonrisa angelical, pero en el momento en el que llegamos a aquella residencia, supe que algo iba mal.
Dijisteis que era lo mejor para mí, ya estaba mayor y vosotros solos no podríais cuidarme, pero no necesitaba ningún cuidado, porque yo me encontraba perfectamente. De hecho, cada vez que íbamos al doctor Nobody, siempre decía que ojalá estuviese tan bien como yo cuando llegase a mi edad, y que superar una depresión así, siendo tan mayor, era algo que muy poca gente lograba, y más aún cuando la causa de esta fue la muerte de vuestra madre.
Una muerte que puso final a su sufrimiento, hacía mucho tiempo que la Astrid que conocíamos había dejado de existir. Empezó dando pequeñas muestras de ello, perdiéndose en el bosque al que iba a coger moras todos los veranos. Algo raro, lo hacía desde que era una niña.
Unos meses después vinísteis a celebrar las fiestas navideñas a nuestra casa. Siempre suscitaba una gran alegría en ella, pues después de mucho tiempo, sus tres hijos, aunque solo por unos días, estarían de nuevo en casa. Sin embargo, una vez llegásteis y ella fue a saludaros, le costó hacerlo, no se acordaba de vuestros nombres, lo que la entristeció profundamente.
El día en el que se miró al espejo y durante unos instantes no se reconoció, supe que algo iba mal.
Pedimos ayuda, y afortundamente Crystal, la mujer de nuestro vecino Sam, nos recomendó ir a la consulta del doctor Aiden, un neurólogo muy bueno. Tras una serie de pruebas, nuestros peores presagios se confirmaron, vuestra madre tenía Alzheimer.
La medicación no le hizo el efecto que debería, y la enfermedad avanzó tanto, que vuestra madre ya no sabía ni hablar. Pero si algo me dolió de verdad fue vuestra indiferencia, desde las últimas navidades solo me visitásteis una vez, para llevar a la pequeña Agatha al parque de atracciones.
A los dos meses me llamó vuestro hermano Nathan, y la única conclusión a la que pude llegar es que me dejásteis allí porque para vosotros solo era un estorbo.

Fotocopia de la nota de suicidio encontrada en el cuerpo de la víctima.
Experimento número 25
Resultado: FALLIDO

jueves, 15 de diciembre de 2016

Relato - Procesión funebre

Caía la lluvia incesante en aquel pequeño pueblo del norte. En una rústica casa, el viejo Santiago contaba historias a sus nietos al calor de la hoguera. A Santiago le encantaba contar historias de su juventud a sus nietos, Tomás y Laura.
—Abuelo, —dijo Tomás el nieto mayor—. ¿Tú crees en fantasmas?
—Claro que creo en fantasmas, como aquel mismo que tiene Laura detrás de ella.
La pequeña  se giró con cierto miedo para ver si había uno, pero para su alivio no había nada.
— ¡Abuelo! —replicó la pequeña Laura—. No me gastes esas bromas. Además yo sé que los fantasmas no existen, me lo dijo mamá.
El viejo Santiago soltó una pícara sonrisa.
—Bueno, entonces si sois tan valientes no os asustareis de un pequeño cuento de fantasmas, ¿verdad? —dijo el anciano con tono desafiante.
Los niños respondieron con silencio, y una mirada fija en su abuelo que reflejaba la curiosidad de la niñez. Aquella expresión era la favorita del viejo Santiago. Sin más dilación comenzó a contar su relato.
—Esta historia pasó en mi niñez, cuando tenía más o menos la misma edad que Tomás. Era verano, un verano bastante caluroso. Yo estaba deseoso de empezar mis juegos con mi hermano, Jeremías,  pero él no se encontraba muy bien. Pasaron los días y su salud empezó a empeorar, tanto que una noche tuvimos que traer de emergencia al médico del pueblo. El hombre les dijo a mis padres que Jeremías tenía tuberculosis, una enfermedad muy grave y difícil de curar, sobre todo en aquellos lejanos años.
»Con el transcurrir del verano la salud de mi hermano pequeño empeoró, y no daba mucho resultado el tratamiento que le impuso el médico. Algo que noté era que el médico tenía muy mal aspecto Estaba muy pálido, ojeroso y cansado. Era como si no hubiera dormido en muchos días. También estaba muchísimo más delgado. Efectivamente el aspecto de aquel hombre era casi tan enfermizo como el de mi hermano.
»Yo hacía todo lo posible por mi hermano para que estuviera feliz. Le contaba cuentos por la noche, le traía insectos del campo, le hacía compañía… Su salud no mejoraba con esto, pero al menos volvía a sonreír como antes.
»Una noche, cuando yo estaba a punto de dormir noté un olor en el aire, un olor a cera de vela encendida. Procedía de afuera así que me fui a la ventana para ver lo que pasaba. Lo que vi me dejó sin aliento. Era una procesión, una procesión de fantasmas con túnicas negras. Apenas eran visibles. Formaban dos hileras y cada uno llevaba consigo una vela encendida, de ahí procedía el olor a cera. Me quedé paralizado de terror, no sabía cómo reaccionar. Iban con paso lento y susurrando oraciones que yo no entendía. Me fijé en quién encabezaba la procesión, y me quedé más impactado aún. Era el médico del pueblo, aquel que había visitado a mi hermano. Su  aspecto era mucho peor que en el día, parecía un muerto viviente. Llevaba con él una gran cruz y una especie de caldero.
»La procesión avanzaba muy lentamente, parecía que se dirigía hacía mi ventana, pero en realidad se pararon en la ventana de al lado, la ventana del cuarto de mi hermano enfermo. Se pararon a pocos metros de esa ventana y seguían rezando con un tono de voz muy sombrío y escalofriante. Estaba asustadísimo, el corazón parecía que se me iba a salir del pecho, estaba paralizado por el miedo.
»Me desperté en mi cama, todo había sido un sueño. En ese momento oí unos llantos procedentes de la habitación de mi hermano. Mis padres y la criada estaban llorando, mi hermano acababa de morir esa misma noche. En ese entonces el médico fue a confirmar la muerte de Jeremías.
El viejo Santiago miró a sus nietos. Los dos, tanto Tomás cómo Laura, estaban mudos, pálidos y temblando. En ese momento el abuelo se arrepintió de contarles esa historia a sus pequeños nietos.
—Pero solo fue un sueño —dijo, intentando rectificar su error—. No os lo toméis tan enserio. Venga a dormir si no queréis verlos.
Entonces los dos nietos se fueron, le dieron las buenas noches a su abuelo y marcharon hacia la cama. El anciano también estaba sucumbiendo al cansancio, así que se acomodó en el sofá para dormir.
—Huele a cera… —dijo antes de caer en el más profundo y largo sueño.

martes, 13 de diciembre de 2016

Relato - Madre Europa

Oigo un susurro en el viento, la tenue llamada de una madre que agoniza, el brillo de un Sol que se abre paso con dificultad entre las negras nubes que desde hace demasiado tiempo lo cubren, el lento crepitar de un fuego milenario que está a punto de apagarse. Violada, saqueada, ultrajada, humillada, traicionada, vencida y conquistada, la vieja Europa llama a sus hijos. Sus templos destruidos, sus filósofos asesinados, sus poetas, bardos y escaldos censurados, sus sabios druidas proscritos, sus sorguiñas, seidkonas, vestales… quemadas en la hoguera. Mi sangre me llama a través de milenios y mi corazón palpita con el recuerdo de mis antepasados, de los héroes que elevaron megalitos, dólmenes, altares, estatuas… que a duras penas se han salvado del genocidio perpetrado por la espada de Sion.
Desarraigados, tus hijos te han olvidado. Tus arboledas sagradas fueron taladas, tus santuarios profanados, los viejos dioses denostados. Pero algo late dentro de todos nosotros, grabado a fuego en nuestra memoria genética. Algunos te hemos encontrado, Sagrada Madre, algunos hemos vuelto a ti. Pese al poder de sus mentiras, pese a la maldad de sus crímenes, no han podido conseguir que sus hijos olviden por completo a su madre.
Aún no estás vencida del todo, aún quedamos algunos que te somos fieles y estamos dispuestos a luchar por ti. Tu legado no se perderá, tu fuego no se apagará, te abrirás paso de nuevo entre las tinieblas.Renacerás. Una tormenta se avecina, la furia de tus hijos se desatará tarde o temprano. Los lobos proscritos vuelven a emerger del bosque, Wotan ensilla de nuevo su caballo y prepara su Hueste Salvaje. La decadencia llegará a su fin, la traición será vengada, tu sagrado suelo será de nuevo libre. La Cruz Solar resplandecerá de nuevo. Son tiempos difíciles, pero tu pueblo se resiste a morir. Aunque sea en una cabaña destartalada en medio del bosque, en las ruinas de un viejo templo destruido, en las montañas alejadas del pestilente ambiente de las ciudades, en los ríos, los lagos… tu legado ha sobrevivido hasta nuestros días.
Sagrada Madre, esclavizada durante siglos, escucha mi juramento de fidelidad. Toma mi mano y deja que te ayude a levantarte. Juro que los expulsaremos al desierto otra vez, juro que te liberaremos. Escúchame, Madre Europa, no vas a morir. Somos pocos, pero somos los más fuertes. El corazón de nuestros enemigos se estremecerá con el aullido de los últimos lobos europeos.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Relato - Cicatrices

¿Qué que me pasa?
No estoy enfadada, no estoy triste.
Quizá sea simplemente que me eres indiferente, que ya no eres esa herida en lo más profundo de mí de la que brotaba la cálida y espesa sangre a borbotones. Cuando cada gota dolía como si un hierro candente estuviese permanentemente adherido a mi piel y la temperatura no disminuyera.
Ahora es la calma apacible que provoca el hecho de que seas una cicatriz. Ahora el dolor es constante, algo a lo que acostumbrarse hasta hacerlo más soportable.
Pero el problema de las cicatrices es que son indelebles. Están ahí arraigadas y no se pueden borrar aún con el paso del tiempo. El problema es precisamente ese, que te has hecho algo duradero en mi vida, y ya no me resulta fácil ignorarlo.
Y no sé cómo manejarlo. No sé qué hacer, porque nunca imaginé que cuando esto cicatrizara, el dolor constante superaría con creces la dolencia anterior.
Pero claro, nunca te podré decir que eres esa marca grabada en mi piel.
Nunca podré admitir que te has ganado a pulso el hecho de ocupar cada uno de mis sueños y pesadillas. Y nunca podré mirarte a los ojos, ser tan valiente como tú y reclamar un beso de tus labios como mío.
Porque perdí ese derecho cuando me enamoré de ti. Y ahora ya todo se basa en formalismos, en una cortesía tan fría como tu piel antes de abrazarte durante la noche.
Todo se rompió. Digamos que mi herida fue obligada a cauterizarse a marchas forzadas por causas ajenas, digamos que fui obligada a curarme de ti a base de cosas que yo no habría elegido.
Y ya no somos las mismas. Tú también has cambiado aunque no lo notes, no seas consciente o lo hayas hecho adrede. Quizá haya sido lo mejor según tú.
Pero después de todo esto siguen lloviendo sobre mí las preguntas sobre mi estado de ánimo.
¿De veras son necesarias?
Es simplemente la lucha de una cicatriz que se ha formado y trata de contener un torrente de sentimientos que antes me desangraba.
No sé si decirte que cuanto trato de superar mi adicción, lo hago con las personas menos indicadas.
Así que concluyo mi alegato diciendo que ya no sé qué me duele.
Si el hecho de que no me hieras como antes, o precisamente que echo de menos aquel tiempo en el que te importaba tanto como para no hacerme daño.
Quizá nuestras mutuas indiferencias son tan afiladas como el filo de un puñal y se me clavan en el alma, tan certeras como un fragmento de hielo que me quema por dentro.
Quizá simplemente te echo de menos, o simplemente no quiero echarte de menos. O echo de menos las ganas de echarte de menos.
O tal vez lo que me suceda es que estoy perdida y ya no sé cuántos puntos de sutura le he dado a mi corazón y a mi mente.
Quizá solo me haga falta salir a la superficie para respirar.