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martes, 21 de febrero de 2017

Relato - El sabio de la cueva

Gaal estaba jugando en el bosque con su pequeño amigo Txiligro. El chico siempre iba por la tarde a jugar con él, era su compañero de juegos favorito. Su amistad se hizo más fuerte, tanto que Gaalconsideraba a Txiligro casi un hermano para él. Sin embargo, una pregunta rondaba la cabeza del joven: ¿su mejor amigo tendría más amigos en el gran bosque?
—Oye, Txiligro—dijo Gaal—. ¿Tienes más amigos en el bosque aparte de mí?
—¡Claro!—exclamó la pequeña criatura—. Tengo muchos amigos entre los animales del bosque.
—¿Y humanos?
—Pues de humanos estáis Refireo y tú. Aunque hay otro que se parece más o menos a vosotros, los hombres.
Esta respuesta solo le generó más preguntas al pequeño Gaal. No sabía a lo que se refería Txiligro con que su amigo se parecía a ellos.
—¿En qué se parece a nosotros?
—Bueno—dijo la extraña criatura, pensativa—. Es muy alto y se mantiene sobre dos patas, como vosotros. También es muy amable y sabio, sabe muchas cosas.
—¿Podrías presentármelo?
Txiligro tardó unos segundos en responder. Era como si estuviese pensando detenidamente que responder.
—No sé —dijo finalmente—. Me dijo que no le dijese nada a ningún hombre acerca de él. Aunque claro, tú eres un niño, además eres muy bueno. ¡Seguro que se alegra de conocerte!
La traviesa criatura se adelantó a Gaal.
—¡Es por aquí! Vive en una cueva cerca de un río, aunque está un poco lejos.
—No pasa nada —dijo el muchacho con una sonrisa—. Dime por donde es.
Y así, Gaal y Txiligro se internaron en lo más profundo del bosque para buscar a ese enigmático sabio. Estuvieron caminando hasta el atardecer. Finalmente llegaron a un río  cristalino rebosante de peces de una gran variedad de formas y colores. Sin embrago, los animales que predominaban allí eran las ranas. Su presencia se hacía notar. Todas croaban al unísono, como si fuesen una especie de coro de anfibios cantando una armoniosa y melódica canción que solo ellos entendían.
—¡Gaal, es aquí!—dijoTxiligro mientras señalaba una gran cueva—. Mi amigo vive en esta cueva.
Los dos amigos entraron en la cueva. Era fría y húmeda, sin contar la obvia oscuridad propia de esos sitios. Eso no era un problema para el pequeño Txiligro, ya que él podía ver en la profunda oscuridad. Él guiaba a Gaal para que no chocase con ninguna pared. El pobre chico estaba asustado, no solo por la oscuridad sino por el amigo de Txiligro. No sabía cómo iba a reaccionar ante su presencia.
A medida que se internaban en la cueva, la oscuridad se hacía más tenue. Había una especie de antorchas que señalaban un camino.
Al final del camino estaba una gran sala, llena de utensilios extraños y de recipientes de cristal con distintos líquidos de distintas tonalidades. También había una especie de estantería improvisada esculpida en una de las paredes de la cueva, tenía muchísimos libros. Aunque lo que más llamaba su atención era la figura que daba la espalda a los dos amigos, parecía que no se había percatado de su llegada.
—¡Finabio!—le llamó Txiligro—. Te traigo a un amigo mío que quiere conocerte. Es un niño de la aldea de los hombres.
La extraña figura se giró. Era como una especie de salamandra roja con manchas negras. En su cabeza sobresalían dos grandes cuernos curvos, como los de una cabra montesa Estaba erguida sobre sus dos patas. Además vestía una túnica morada adornada con extraños símbolos rúnicos. Sus saltones ojos negros se posaron en el muchacho.
—¿Un cachorro de la aldea de los hombres? —dijo el sabio con una voz sosegada y calmada—. Dime, pequeño. ¿Cuál es tu nombre?
—Mi nombre esGaal —dijo el chico—. Es un placer conocerte.
—Lo mismo digo, Gaal. Yo me llamo Finabio, y no hace falta que seas tan formal —dijo Finabio con lo que Gaal intuyó como una sonrisa.
—Mi maestro me enseñó a ser educado con los mayores.
—¿Tu maestro?—preguntó extrañado el sabio—. Se llama Refireo, ¿verdad?
—¿Cómo sabes el nombre de mi maestro? —preguntó el niño bastante sorprendido.
—Somos viejos amigos, además me ha hablado bastante de ti.
—Oye, Finabio —interrumpió Txiligro—. ¿Tienes algo para mí?
—Es verdad. Sí, tengo algo. Espera aquí.
El sabio Finabio fue hacia una vasija, de la cual sacó una diminuta rana.
—Aquí tienes —dijo mientras se la ofrecía al travieso Txiligro—. He recogido un montón esta mañana, y verdes cómo a ti te gustan.
—¡Gracias! —dijo antes de devorarla ferozmente.
—También te puedo ofrecer algo a ti, Gaal. ¿Te gusta el zumo de bayas?
—¡Me encanta!—exclamó el niño con una sonrisa.
—Bien, pues te serviré uno.
—Que sean dos, viejo amigo —dijo una voz detrás de Gaal.

martes, 24 de enero de 2017

Relato - El corazón de un druida

Habían pasado dos semanas desde la aventura nocturna de Gaal en el bosque. Todo transcurría con normalidad en la vida del pequeño. Volvía a hacer incursiones por el bosque, pero esta vez junto al sabio druida. Todo parecía estar como siempre. Sin embargo, un día mientras paseaba en el bosque junto al druida, pasó algo que hizo que el joven aprendiese una valiosa lección.
Era un día corriente. Gaal acompañó a Refireo al bosque. Era casi una rutina que él hacía junto a su maestro, para buscar hierbas y materiales útiles para el druida. De repente escucharon un crujir de ramas, y de la maleza salió un joven de aspecto desaliñado empuñando un  cuchillo de caza. A su espalda llevaba también un arco.
¡Vaya! exclamó el joven—. Pero si son Refireo y el pequeño Gaal. ¿Qué hacéis por el bosque?
Buenos días, Roc le saludó el druida—. Estamos recolectando unas hierbas y raíces que me serán útiles para preparar ungüentos y medicinas.
¿Qué haces tan temprano aquí, en el bosque? preguntó el niño.
Me alegro que me lo preguntes, Gaal. En realidad llevo aquí desde anoche. Estoy persiguiendo a una alimaña.
¿Una alimaña? preguntó Refireo.
Sí, un zorro ladrón. Lo pillé anoche, se coló en el corral de mi padre y se  llevó una gallina. En estos días nos robó a tres. Conseguí darle un flechazo, pero el muy rufián se escapó entre la maleza y le perdí la pista. De todas formas no pudo haber ido muy lejos estando herido.
Vaya, lamento oír eso. Gaal y yo nos vamos, tenemos que terminar y volver a la aldea antes de la hora del almuerzo. Que tengas suerte, Roc.
Adiós. Tened cuidado con los animales hostiles se despidió  el joven.
El joven se fue por su camino en busca de su presa. El joven druida y su aprendiz se internaron más en el bosque, buscando hierbas y raíces. De repente vieron un movimiento entre la maleza. Ambos pensaban  que se trataba otra vez de Roc pero eso era imposible, el joven se había ido por el lado opuesto del bosque. El movimiento procedía de detrás de un arbusto. Con sumo cuidado el druida se acercó al arbusto para ver lo que era. Sin embargo, antes de verlo él ya sabía de qué se trataba.
Era el zorro, aquel que Roc estaba persiguiendo. Estaba herido en una de sus patas traseras, en la cual tenía clavada parte de una flecha, y sangraba bastante. Junto a él estaba el cuerpo del delito, una gallina muerta que le había robado al padre del muchacho. El zorro herido gemía débilmente. El druida se acercó para observar al zorro, estuvo observándolo durante varios segundos.
Sin mediar palabra, Refireo sacó de su zurrón dos cosas. Una de ellas era una bolsa de tela con ungüentos y medicinas, pero la otra era un instrumento que nunca vio Gaal: una daga bien protegida en su vaina de cuero.
Gaal, dijo el druida con un tono de voz demasiado serio te voy hacer una pregunta. ¿Qué harías en esta situación?
El chico no sabía qué responder. Nunca había estado en una situación como esta, y nunca había visto a Refireo tan serio.
¿Q-qué quieres decir, maestro? preguntó el chico con voz temblorosa.
Este zorro robó tres de las gallinas del padre de Roc. Su padre puso todo su empeño en criarlas, además Roc estuvo toda la noche en el bosque buscando la pista de este animal y si lo dejamos vivo quizás vuelva a robarles. Por otra parte yo, como druida, tengo que velar por la vida de los animales del bosque, por eso traigo siempre estos ungüentos.
Gaal no sabía cómo reaccionar. Nunca había visto a Refireo así.
¿Qué harías tú? le volvió a preguntar el druida.
El pequeño estaba muy asustado, no sabía que opción escoger. Después de unos segundos el druida le dio un consejo.
Gaal, para este tipo de situaciones es inútil usar la razón. En elecciones como esta debes usar tú corazón para escoger una opción.
Q-quiero que viva. No puede morir el zorro, Refireo dijo el aprendiz finalmente.
Pues así será.
El druida volvió a guardar la daga y se dispuso a extraer el fragmento de flecha y sanar su herida.
Sujétalo bien, Gaal.
El niño lo sujetó para que no se moviese el zorro. Este le dio una lamida en su brazo, parece que sabía que el chico le había salvado la vida.
Ya está, ya puedes estar tranquila dijo sonriendo al animal mientras este agarraba a la gallina y se iba lentamente.
¿Tranquila? preguntó el chico algo extrañado.
En realidad es una hembra, ya la había visto hace algún tiempo. Pero cuando la vi estaba embarazada y a punto de dar a luz. Supongo que  robaba gallinas porque en el bosque no podía cazar mucho para alimentar a sus crías. Los lobos se han adueñado del bosque, lo que le complicaba mucho la caza.
Refireo, ¿por qué no me lo dijiste antes?
Quería saber que elección tomarías, aunque ya sabía que querías que ella viviese. En este mundo te vas a tener que enfrentar a situaciones como esta. Situaciones en las que no hay decisiones correctas ni erróneas; solo decisiones y consecuencias. Muchas veces me han ocurrido situaciones incluso más difíciles que esta.
Maestro, dijo Gaal ¿tú has tenido que tomar elecciones difíciles?
Sí, muchas veces. Te voy a contar una historia que me pasó hace diecisiete años.
»Ya sabes que yo también ayudo en los partos, y estuve en el momento en el que todos vinisteis a este mundo. Mi misión era ayudar con el parto, y cuando nacieseis daros la bendición para que crecieseis sanos y fuertes. Sin embargo, no todos los partos salen bien.
»En una ocasión se complicó mucho, estuvimos todo un día en la cabaña de las madronas. La situación llegó a un momento tenso. No podíamos salvar a la madre y al niño a la vez, ya que los dos morirían. Sólo podíamos salvar a uno.
»En ese momento, todos me pidieron la opinión. Ya que sabían que la elección que yo tomaría, supuestamente, sería la correcta. Pero en ese momento no había decisiones erróneas ni correctas. Tenía que sacrificar una vida para salvar otra. Finalmente tomé una decisión, pero no la tomé con la cabeza si no con el corazón»
¿Qué decisión fue? preguntó el pequeño Gaal.
¿Sabes cómo iba a llamar la madre a su hijo? Roc. Exactamente,  el amable y jovial Roc que todos conocemos. Muchas veces siento tristeza por no haber podido salvar también a la madre. Pero al ver a ese muchacho sonreír y ayudando a los demás me doy cuenta de que su sacrificio no fue en vano.
El viejo druida se incorporó y metió los ungüentos en el pequeño saco de tela y los introdujo en su viejo zurrón.
Bueno, ¿nos vamos ya? ¡Tengo tanta hambre que me comería un árbol entero! dijo Refireo mientras carcajeaba y se daba palmadas en su gran tripa.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Relato - Procesión funebre

Caía la lluvia incesante en aquel pequeño pueblo del norte. En una rústica casa, el viejo Santiago contaba historias a sus nietos al calor de la hoguera. A Santiago le encantaba contar historias de su juventud a sus nietos, Tomás y Laura.
—Abuelo, —dijo Tomás el nieto mayor—. ¿Tú crees en fantasmas?
—Claro que creo en fantasmas, como aquel mismo que tiene Laura detrás de ella.
La pequeña  se giró con cierto miedo para ver si había uno, pero para su alivio no había nada.
— ¡Abuelo! —replicó la pequeña Laura—. No me gastes esas bromas. Además yo sé que los fantasmas no existen, me lo dijo mamá.
El viejo Santiago soltó una pícara sonrisa.
—Bueno, entonces si sois tan valientes no os asustareis de un pequeño cuento de fantasmas, ¿verdad? —dijo el anciano con tono desafiante.
Los niños respondieron con silencio, y una mirada fija en su abuelo que reflejaba la curiosidad de la niñez. Aquella expresión era la favorita del viejo Santiago. Sin más dilación comenzó a contar su relato.
—Esta historia pasó en mi niñez, cuando tenía más o menos la misma edad que Tomás. Era verano, un verano bastante caluroso. Yo estaba deseoso de empezar mis juegos con mi hermano, Jeremías,  pero él no se encontraba muy bien. Pasaron los días y su salud empezó a empeorar, tanto que una noche tuvimos que traer de emergencia al médico del pueblo. El hombre les dijo a mis padres que Jeremías tenía tuberculosis, una enfermedad muy grave y difícil de curar, sobre todo en aquellos lejanos años.
»Con el transcurrir del verano la salud de mi hermano pequeño empeoró, y no daba mucho resultado el tratamiento que le impuso el médico. Algo que noté era que el médico tenía muy mal aspecto Estaba muy pálido, ojeroso y cansado. Era como si no hubiera dormido en muchos días. También estaba muchísimo más delgado. Efectivamente el aspecto de aquel hombre era casi tan enfermizo como el de mi hermano.
»Yo hacía todo lo posible por mi hermano para que estuviera feliz. Le contaba cuentos por la noche, le traía insectos del campo, le hacía compañía… Su salud no mejoraba con esto, pero al menos volvía a sonreír como antes.
»Una noche, cuando yo estaba a punto de dormir noté un olor en el aire, un olor a cera de vela encendida. Procedía de afuera así que me fui a la ventana para ver lo que pasaba. Lo que vi me dejó sin aliento. Era una procesión, una procesión de fantasmas con túnicas negras. Apenas eran visibles. Formaban dos hileras y cada uno llevaba consigo una vela encendida, de ahí procedía el olor a cera. Me quedé paralizado de terror, no sabía cómo reaccionar. Iban con paso lento y susurrando oraciones que yo no entendía. Me fijé en quién encabezaba la procesión, y me quedé más impactado aún. Era el médico del pueblo, aquel que había visitado a mi hermano. Su  aspecto era mucho peor que en el día, parecía un muerto viviente. Llevaba con él una gran cruz y una especie de caldero.
»La procesión avanzaba muy lentamente, parecía que se dirigía hacía mi ventana, pero en realidad se pararon en la ventana de al lado, la ventana del cuarto de mi hermano enfermo. Se pararon a pocos metros de esa ventana y seguían rezando con un tono de voz muy sombrío y escalofriante. Estaba asustadísimo, el corazón parecía que se me iba a salir del pecho, estaba paralizado por el miedo.
»Me desperté en mi cama, todo había sido un sueño. En ese momento oí unos llantos procedentes de la habitación de mi hermano. Mis padres y la criada estaban llorando, mi hermano acababa de morir esa misma noche. En ese entonces el médico fue a confirmar la muerte de Jeremías.
El viejo Santiago miró a sus nietos. Los dos, tanto Tomás cómo Laura, estaban mudos, pálidos y temblando. En ese momento el abuelo se arrepintió de contarles esa historia a sus pequeños nietos.
—Pero solo fue un sueño —dijo, intentando rectificar su error—. No os lo toméis tan enserio. Venga a dormir si no queréis verlos.
Entonces los dos nietos se fueron, le dieron las buenas noches a su abuelo y marcharon hacia la cama. El anciano también estaba sucumbiendo al cansancio, así que se acomodó en el sofá para dormir.
—Huele a cera… —dijo antes de caer en el más profundo y largo sueño.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Relato - El taxista

Fernando iba en su taxi, recorriendo la oscura carretera. La oscuridad de la noche le impedía ver nada, pero el ya estaba acostumbrado a ese itinerario. Había terminado su jornada laboral, ya lo único que le quedaba era dejar el taxi en la central y volver a casa con su esposa.
Todo parecía normal, como todos los días, hasta que vio a una joven parada en la carretera. Iba desaliñada, con una blusa blanca bastante sucia. Parecía que se había perdido. Sin pensárselo dos veces el taxista paró el auto.
Sin decir nada la chica subió al auto, empapando la tapicería trasera en el proceso, consiguiendo así que Fernando pusiera una ligera expresión de desagrado.  Al subirse la joven, el conductor le preguntó lo mismo que les preguntaba a todos los clientes que subían a su taxi, una rutina que llevaba repitiendo muchos años.
— ¿A dónde quiere que nos dirijamos, joven? —preguntó Fernando, con su habitual tono desenfadado que le caracterizaba.
—Mi casa está en la próxima ciudad —dijo la joven secamente—. Allí le diré donde me tiene que dejar.
Sin decir nada más, el conductor arrancó el taxi. En dirección a la ciudad donde tenía previsto dirigirse. El viaje fue muy silencioso, cosa que inquietaba a Fernando, el cual gustaba de charlar con sus pasajeros. Echó una mirada fugaz a  la chica que llevaba en el asiento trasero. Se veía como distante, con la mirada perdida. Esto preocupó al taxista.
—Oye, muchacha. ¿Te encuentras bien? No tienes muy buena cara.
—No se preocupe. Estoy bien —le respondió la chica con una casi imperceptible sonrisa.
El viaje continuó sin problemas. Hasta que, sin previo aviso, la misteriosa joven dijo una frase que helaría la sangre a cualquier persona normal. Habló con una inquietante voz trémula.
—Tenga cuidado. En esa curva morí yo.
Después de oír eso Fernando disminuyó la velocidad del taxi, y tomó la curva con mucho cuidado.
—Es cierto, guapa. Las curvas en esta carretera son muy traicioneras. Menos mal que yo me la conozco —dijo Fernando despreocupadamente con una sonrisa.
La chica le miró con una gran expresión de sorpresa. En todos los años en los que llevaba haciendo su “trabajo” nunca le había pasado algo como eso. Tenía que preguntarle, seguramente lo entendió mal.
— ¿No lo ha entendido? ¡Hace muchos años yo morí en esa misma curva! ¿No le aterra llevar un fantasma en su auto?
En respuesta, Fernando soltó una risotada.
—Ja, ja,ja. Mira, cielo. En todo el tiempo, y te puedo decir que ha sido bastante, que llevo en el oficio he escuchado historias mucho más raras que la tuya. Ya estoy curado de espanto.
El fantasma de la chica se había quedado con la boca abierta de la impresión Siempre que hacía su “trabajo” o afición (según como se vea) nunca le había pasado esto. Sus víctimas siempre caían víctimas del miedo y del terror. Lo que hacía descontrolar sus coches, y morir en la misma curva donde ella murió tiempo atrás.
«Definitivamente, ya es hora de que me tome un pequeño descanso» pensó el fantasma. Y sin decir nada, desapareció del asiento trasero del taxi, dejando sólo al único hombre que le había vencido.

lunes, 31 de octubre de 2016

Relato - El amable leñador

El sol empezaba a ponerse. El bosque estaba siendo engullido por la creciente oscuridad del crepúsculo. En lo más profundo del bosque, un leñador robusto cortaba un gran árbol. Era un hombre de enorme estatura, de por lo menos dos metros, su piel estaba curtida por el paso del tiempo y por los rayos de sol, en las jornadas de duro trabajo en el bosque. Tenía una larga, espesa y descuidada barba negra como el carbón.
Su nombre era Ignacio, aunque después de treinta años viviendo en aquella carcomida cabaña, casi no  recordaba su nombre ni su vida pasada más allá de ese lapso de tiempo. La soledad era el precio que tuvo que pagar por su pasado, un pasado casi olvidado.
Sin embargo, la vida para Ignacio no fue tan mal. A pesar de vivir en lo más profundo del bosque, él iba muy de vez en cuando a un pequeño  y apartado poblado para comprar diversos recursos que necesitaba. Ignacio pagaba todo esos recursos con su trabajo como leñador. Todo el poblado conocía y quería a Ignacio, aunque no supiesen nada acerca de su pasado antes de llegar allí. Era un hombre amable que siempre ayudaba a aquel que necesitase su ayuda. Muchas veces él ayudaba a viajeros que se perdían en aquel inmenso bosque, y los mantenía hasta que consiguiesen contactar con sus familias.
Efectivamente, por esto y por otras muchas cosas buenas que él realizó, Ignacio se consiguió una gran reputación. Haciendo que las gentes del pueblo lo viesen como un humilde héroe. Pero este héroe escondía un secreto, un oscuro secreto que había ocultado durante treinta años.
Un día como otro cualquiera, Ignacio decidió acabar con aquello que le recordaba su pecado años atrás. Cerca de su vieja cabaña, había un enorme árbol. Aquel árbol lo había plantado el viejo leñador hace treinta años, cuando él llegó al bosque. Al principio no era más que un pequeño brote, pero con los años acabó por convertirse en un majestuoso y gran árbol. Ignacio había esperado treinta largos años para cortar aquel árbol. Aquel árbol que era el memento de sus pecados.
Fue una larga tarde, pero al fin pudo tirarlo abajo. Estaba deseando que todo aquello acabase. El viejo leñador llevó un poco de la madera del árbol a su cabaña, ansioso por quemarla.
Ignacio puso unos leños en la madera, y los prendió con unas cerillas que siempre llevaba consigo. Cuando el fuego empezaba a crecer en la chimenea a Ignacio se le llenaba el corazón de sentimientos como alivio, alegría… Por fin pudo librarse de su pecado, después de tantos años.
Sin embargo, de aquel fuego comenzó a salir una negrísima humareda que fue directa a la cara del leñador. Él intentó taparse la boca pero no pudo hacer nada, el humo negro se introdujo en su boca y se abrió camino hasta sus pulmones. Ignacio tosía fuertemente, el ardiente humo negro le estaba quemando los pulmones. Se retorcía mientras tosía una sustancia oscura y espesa. Cada vez que tosía, el ardor que sentía en el interior de su cuerpo se hacía más fuerte. Sus ojos estaban enrojecidos y llenos de lágrimas, no podía ver nada. Intentó ponerse en pie para huir, pero perdió el equilibrio y acabó cayendo en las llamas de la chimenea. Intentó gritar pero era inútil. Su piel, sus ojos y toda su cabeza estaban siendo quemados por el fuego. Su piel se desprendía chamuscada de sus músculos faciales, sus ojos explotaron, su sangre cayó en el calor de las mortales brasas. Las llamas se expandieron en todo su cuerpo, el cual permanecía sin vida, y acabó por devorar toda la cabaña donde él vivió durante tantos años.
El fuego se extinguió al poco tiempo. Ya solo quedaban los restos carbonizados de la cabaña y los del cuerpo del viejo leñador. Ahora,  los espíritus de las personas que mató Ignacio, y que reposaban en aquel gran árbol, podían descansar en paz; excepto el alma del leñador, que a partir de ahora ardería en el Infierno por toda la eternidad.

martes, 4 de octubre de 2016

Relato - Abandonado

Reginald vagaba por las calles, solitario y triste, con los recuerdos felices que jamás volvería a vivir. Habían pasado cinco días desde aquel fatídico día. Él no estaba sólo por aquel entonces, tenía a Jenny a su lado, una chica pelirroja, con el cabello pelirrojo y rizado; y siempre con una sonrisa en el rostro.
Reginald y Jenny vivían en un diminuto pueblo, llamado Milton. Habían sido muy felices los dos juntos. Ambos se querían el uno al otro. Reginald siempre la despertaba con una lluvia de besos y ella se los recompensaba con un montón de abrazos. Los dos hacían bastantes cosas: salían a pasear juntos, comían juntos… A veces por las tardes lluviosas veían la televisión en la comodidad de su hogar, aunque a él le aburría bastante aquella caja de ruidos.
Todos los recuerdos felices que tenía el pobre de Reginald eran junto a su querida Jenny, pero todos esos recuerdos jamás volverán a su vida.
Sucedió dos semanas atrás, en una mañana de otoño. Reginald fue junto a Jenny a dar un paseo, como solían hacer, pero aquella vez notó algo extraño. Ese paseo era muchísimo más largo que lo habitual. Jenny lo llevó a sitios que él nunca había visitado. Además, Reginald notó a su compañera mucho más callada y pensativa que otras veces, siendo raro ya que Jenny era una chica un tanto despreocupada y alegre. De repente se pararon, Jenny miró a los ojos a Reginald y le dijo con voz apesadumbrada.
—Lo siento, Reginald, pero no podemos seguir juntos. Espero que me perdones.
Sin decir nada más, la muchacha pelirroja salió corriendo por la misma dirección en la que vinieron. Reginald la persiguió durante un buen rato, pero le perdió el rastro.
Reginald no sabía lo que pasaba, le costaba bastante asimilar lo que había pasado. Pero lo que le marcó y le rompió el corazón fue la frase “pero no podemos seguir juntos”. Después de tanto tiempo junto a ella, compartiendo momentos tan felices, no podía creer lo que estaba pasando. Jenny lo había abandonado a su suerte, en un lugar desconocido.
El pobre Reginald deambuló durante días, como otros que corrieron la misma suerte que él. Vagaba solo, con los ojos llenos de lágrimas y con el corazón roto en mil pedazos.
En su camino se encontró con otros callejeros. “Cuantas vueltas da la vida”, se dijo a si mismo, “y pensar que yo siempre decía que nunca acabaría como ellos”. Esto solo le hizo volver a llorar con más ganas, ya que él se había convertido en uno de ellos
Paseó por lugares que él desconocía, pero después de tanto caminar desconsolado, llegó a un lugar que él sí conocía, ya que había ido con Jenny muchas veces.
Ese sitio era el puente llamado Overtoun Bridge. Era un puente de piedra, bastante antiguo. Estaba rodeado de una frondosa  vegetación.  Siempre que Reginald iba con su compañera a ese puente, ella siempre le advertía que no se acercase mucho  a los lados del puente. Esta advertencia hacía que Reginald sintiese más curiosidad sobre lo que había  allí.
Se armó de valor y se asomó por uno de los lados del puente. Vio muchísimos árboles y un río que surcaba en el fondo del puente, pero había algo más. Reginald sintió una fuerza bastante fuerte, que lo atraía intensamente. Estaba tan hipnotizado por algo que pensó que nunca habría hecho.
Reginald saltó al vacío, sufriendo la misma suerte que otros muchos como él que fueron víctimas de la maldición del puente Overtaun Bridge, también tétricamente conocido por muchos como “el puente de los perros suicidas”.

viernes, 2 de septiembre de 2016

Relato - El secreto de Refireo

El viejo druida se encontraba adormecido en su cabaña. Había pasado toda la noche en vela, esperando la llegada del pequeño Gaal. De repente un fuerte aleteo sobre su cabeza lo despertó. Era su fiel compañero alado, Orzuelo, que había vuelto del bosque después de haber estado vigilando todos los movimientos del pequeño en el bosque. Refireo se desperezó y fue a la percha donde estaba la lechuza blanca.
— ¡Por fin vienes! —dijo el viejo druida—. ¿Está bien el niño?
—Sí, está bien —respondió Orzuelo—. Ya viene de camino, y con todos los ingredientes.
El anciano se desplomó en su gran sillón y soltó un gran suspiro
—Menos mal. Estaba bastante preocupado por él
La lechuza blanca se posó en el respaldo del sillón, mientras le dirigía al druida una mirada fría y severa.
—Entonces, —dijo— ¿vas a tomar al chico como tu aprendiz?
—Posiblemente, tiene madera de Druida. Lo supe desde el momento en el que salió de las entrañas de su madre.
—Vaya, vaya. ¿Y en qué lo transformarás a él? ¿En un zorrillo, o en un pequeño lince quizás? —preguntó Orzuelo con un tono sarcástico
Refireo miró a su plumífero compañero mientras se reía entre dientes.
—Creo que alguien está un tanto rencoroso. ¿Me equivoco?
La mirada de la lechuza blanca se endureció toda vía más, si es que eso era posible.
— ¡Llevo como sesenta años esperando una pócima para librarme de esto, Refireo! —exclamó enfadada la lechuza—. Y aunque haya pasado tanto tiempo, echo de menos mi antigua forma.
—Bueno, tan de menos no la echarás
— ¿Qué quieres decir?
—Ya sabes a lo que quiero decir, Orzuelo. Muchas veces las muchachas me han dicho que te vieron mientras ellas se bañaban en el río.
El ave se ruborizó, como si fuera un niño que le descubrieron cometiendo una travesura.
—Hermano, llevas tanto tiempo llamándome “Orzuelo” que casi he olvidado mi nombre real.
—Normal —dijo Refireo mientras se mesaba la barba—. Si llevas sesenta años siendo una lechuza.
Orzuelo permaneció callado durante unos segundos, parecía bastante pensativo, cosa que el druida lo notó inmediatamente.
— ¿Te pasa algo? —preguntó Refireo con tono de preocupación—. Es muy raro verte tan callado.
—Solo estoy pensando en cómo saldrá esto. Ya sabes lo que pasó la última vez, ¿recuerdas? Imagina que le pasa algo a Gaal. Sabes muy bien que uno de cada tres aprendices muere durante su ceremonia de iniciación. Si llegase a ser ese  el caso de nuestro chaval… —Orzuelo se estremeció—. Tiemblo de solo pensar en  lo que pueda llegar a pasar.
El viejo Druida cerró los ojos y recordó,  por un momento, lo que pasó aquella vez hace sesenta años. Desde ese momento se prometió a sí mismo no volver a intentar conseguir un sucesor a su oficio. Pero con Gaal era muy distinto. Desde aquella noche de luna llena, en la que nació supo que ese niño sería su sucesor, el que heredaría todos sus conocimientos y sabiduría, con el fin de que aquella aldea prosperase.
De repente, una voz le sacó de aquellos pensamientos. Era la voz del pequeño Gaal deseoso de contarle al viejo Refireo toda la aventura que vivió en el bosque, y de cómo conoció a aquel misterioso ser llamado Txiligro.

viernes, 19 de agosto de 2016

Relato - Lo que se esconde bajo el caserón

Querida Karen:

Seguro que te habrá sorprendido el no encontrarme contigo en la cama. No puedo más con esto, cariño. Tengo que marcharme. Sé que desde hace unos días llevaba decaído, y tú lo notabas cada día que yo me despertaba a tu lado, preguntándome se había dormido bien, diciéndome que visitásemos a un doctor para que me tratase. Pero me temo que eso es inútil. Ningún doctor puede curarme de este suplicio, de esta angustia y miedo que siento cada día. En el pasado fui reticente a contártelo, pero tú mereces saber toda la verdad. El por qué dejé el trabajo, el por qué de mi conducta extraña, el por qué ya no puedo permanecer a tu lado
Sucedió hace dos meses. Me dirigía de camino hacia el lugar donde me aguardaba mi nuevo caso, un viejo caserón situado a las afueras de un pueblo alejado de la ciudad. Allí me encontraría con mi viejo amigo de la facultad, el oficial de policía Michael Brown, quién me daría la información acerca de los sucesos ocurridos en aquel caserón. Me lo encontré en las puertas, aguardando mi llegada con impaciencia.
¡Vaya, Al! Por fin llegas, ya iba a entrar yo por ti me dijo con tono de reproche.
Perdona por la tardanza, Mickey. El camino estaba bastante embarrado por la lluvia —le dije—. ¿Qué me cuentas de la “misión” que me aguarda?
Nada del otro mundo. Los lugareños están un tanto preocupados por los sonidos que se escucha del caserón este.
¿Solo eso? pregunté extrañado—. Podrían ser unos chavales del pueblo haciendo de las suyas o animales salvajes que se han colado por una abertura.
Mi compañero negó con la cabeza.
Lo dudo bastante. Los sonidos ocurren entre las dos y las tres de la madrugada, horas en las que los pequeños diablillos del pueblo están bien acurrucados en sus camas, y  por otra parte las gentes afirman que ningún animal de la zona podría emitir sonidos tan espantosos como los que se escuchan a dichas horas.
Pensé por unos segundos acerca de esos dos hechos
Vale, veré lo que puedo hacer dije con cierta inseguridad.
El caso está en tus manos, detective. Hasta más ver, Al
Hasta más ver.
Nos despedimos con un amistoso apretón de manos.
El caserón era bastante tétrico, similar al de una mansión embrujada de una vieja película de terror americana. El ambiente tétrico, que encajaba con las nubes grises que amenazaban una fuerte tormenta, despertó en mí el espíritu aventurero que me caracterizaba desde mi niñez.
Abrí la gran puerta, el interior estaba invadido de una densa penumbra. Eché mano de mi fiel linterna que guardaba en el bolsillo de mi chaqueta. Pude vislumbrar la el corredor principal. Entré en una gran habitación situada en la derecha del corredor. Por su tamaño e inmobiliario pude deducir que era el salón. Estaba adornado con dos sillones llenos de polvo y una gran chimenea, la cual tenía pinta de no haber sido usada en décadas. Mi vista se detuvo en una gran estantería llena de libros de todas las ramas del saber: obras literarias, históricas, científicas, filosóficas, místicas... “Sin duda el difunto propietario era un hombre bastante culto”, pensé.
            A la izquierda de la estantería se encontraba un gran carrillón de madera de caoba. Sus agujas se quedaron paradas en las tres en punto, su péndulo dorado también estaba inmóvil. Baje mi linterna a los pies del reloj y vi unas marcas de arañazos sobre el suelo. Movido por la curiosidad lo desplacé, con gran esfuerzo, siguiendo las marcas del suelo. Lo que vi me dejó helado.
Había una abertura que daba cómo a una especie de sótano. La profundidad de aquel sótano era increíble, apenas podía ver el fondo. Era como si tuviera varios kilómetros de profundidad, como si fuese una entrada hasta el mismísimo centro del planeta Por suerte había una escalera de cuerda que conducía al fondo de ese abismo. Sin pensármelo dos veces me introduje en esa entrada subterránea.
Estuve varios minutos bajando aquellas escaleras. Finalmente mis pies tocaron tierra firme. El ambiente era húmedo y frío, como el de una especie de cueva. Mientras avanzaba por esa caverna sentía en mis entrañas una extraña sensación que me inquietaba. Fue como si sintiese la presencia de una influencia maligna. En el corredor vi algo que me cortó el aliento. Eran unos bajorrelieves en los que aparecían unos extraños seres monstruosos que jamás vi. Su presencia tan espeluznante era lo que me inquietaba. Bajo estos seres se encontraban unos signos criptográficos desconocidos para mí.
 A medida que avanzaba por ese cavernoso pasillo, bajo la mirada de esos monstruos, oía una especie de murmullo, cómo de miles de voces entonando unos cánticos en un idioma extraño y desconocido para mí. Instantes más tarde observe las figuras que emitían esa especie de cánticos. Era un grupo de figuras ataviadas con túnicas rojas, iluminadas bajo la pálida luz de velas negras que cada uno llevaba. Decidí que eran una secta nunca antes vista por mí, además por sus vestimentas descarté que fuese satánica, ya que no poseían ningún símbolo que lo relacionasen con el Diablo. Seguí de manera sigilosa a este grupo para saber con qué finalidad transitaban estas cavernas subterráneas.
Finalmente se pararon en una gran cámara, la cual yo intuía que debía ser el final de esa caverna. En esa cámara les aguardaba expectante una persona vestida con una túnica de un color rojo más oscuro del que tenían las túnicas de los que yo perseguí furtivamente durante varios minutos. Por su vestimenta diferente al resto, más por los símbolos extraños que la ornamentaban, pude deducir que se trataba del jefe o maestro de aquel misterioso grupo.
Formaron un círculo, dirigiéndose a una especie de pared de un mármol extraño y decorado con una simbología similar a la que el maestro de aquella secta llevaba en su túnica. Empezaron a emitir sus cánticos, pero esta vez esos cánticos eran más perturbadores y de mayor volumen que los que emitían con anterioridad. Era imposible que esos sonidos fuesen emitidos por una garganta humana, suponía que esos cánticos eran los que espantaban a sus vecinos a altas horas de la noche.
 A medida que escuchaba esos horribles cánticos mi cabeza empezó a dolerme con un fuerte dolor agudo. Comencé a tener horribles visiones relacionadas con los seres que yo vi en los bajorrelieves de las paredes de la caverna, solo que esta vez esos seres estaban vivos y eran muchísimos más espeluznantes y monstruosos. Los había con grandes colmillos capaces de masticar metal, otros con cuernos de más de dos metros de envergadura. Los había de todo tipo. Estaban masacrando  a  hombres, mujeres, niños, ancianos… A todos, esos monstruos parecían no tener piedad con ningún ser humano. A algunos les sacaban las tripas, a otros los desmembraban con la misma facilidad que se rompe un muñeco de papel. Uno de esos seres agarró a dos niños de no más de ocho años y los mató, haciendo chocar sus cabezas, sosteniendo así entre sus garras un amasijo de piel, pelo, sangre, materia gris y hueso; dejando caer los inertes cuerpos descabezados de aquellos dos pequeños.
Era el mismísimo infierno en la tierra, que solo los más viles demonios podían llevar a cabo. A causa del impacto que me dejaron aquellas infernales visiones me desmayé.
Me desperté, solo para ver que mis espeluznantes visiones se hicieron realidad. Los acólitos de aquella secta de la que fui testigo estaban todos desmembrados, los que tenían suerte. Algunos les faltaban partes de su anatomía, cómo medio torso o la cabeza. Los que más mala suerte tuvieron acabaron convirtiéndose en una masa sanguinolenta y pulposa de carne y huesos.
Estaba completamente aterrado, me costó varios minutos reaccionar. Cuando tuve el completo control de mi cuerpo, corrí todo lo que mis piernas me permitieron. Solo quería salir de aquel horrible lugar para no volver jamás.
Después de esa traumática experiencia dejé el cuerpo, sin dar explicaciones a nadie. Ni siquiera a Mickey. Necesito tomar un descanso bien largo, por lo menos por el día. Ya que por la noche tengo pesadillas sobre las visiones que tuve de aquellos infernales seres aniquilando a seres inocentes. Cada día se repiten. Ya no puedo más, mi cordura se está agrietando con cada pesadilla que sufro.
Te escribo esto, Karen, para que me entiendas. No puedo seguir compartiendo techo contigo ni con los niños. No me busques, es mejor así. Tengo miedo, mucho miedo de que estas visiones acaben volviéndome loco y acabe haciéndoos mucho daño a vosotros, mi querida familia. Te mandaré dinero todos los meses, para que podáis seguir adelante. Sé fuerte, cariño, hazlo por ti y por nuestros hijos.
Siempre tuyo, Al.

viernes, 5 de agosto de 2016

Relato - Jugando solo al escondite

Sucedió una noche como otra noche cualquiera. Pudiera parecer un tópico, pero fue de verdad así. Estaba solo en casa, mis padres y mi hermana no estaban en casa. Se habían ido a una boda, y como yo no soy muy aficionado a este tipo de celebraciones me quedé en casa. Además, había algo que siempre quise probar, y para hacerlo necesitaba estar completamente solo. No era nada ilegal. Era que quería realizar un tipo de “juego”, del cual leí mucho por internet. Se llamaba “el juego de las escondidas de un solo hombre”. ¿Por qué decidí jugar ese juego? Por simple curiosidad. Simple, maldita y estúpida curiosidad.
El juego era simple, se necesitaba principalmente un peluche o muñeco relleno de algodón. Para esto escogí una muñeca que tenía mi hermana. Era una muñeca de trapo, que mi madre le regaló por su quinto cumpleaños hace seis años. Mi madre hizo esta muñeca para mi hermana, para que ella no tuviera pesadillas. Aunque a decir verdad, a pesar de que a mi hermana le encantaba la muñeca, a mi me inquietaba. La muñeca tenía la boca cosida en forma de sonrisa, unas coletas hechas de hilos de lana amarilla, un vestido verde con estampado de flores hecho con los restos  de una vieja cortina de tela; entre otras cosas. Pero lo que más me perturbaba de esa maldita muñeca eran sus ojos. Eran unas esferas cristalinas y rojas que pertenecían a un peluche de cuando yo era muy pequeño. Esos ojos de cristal le daban una espeluznante mirada que me daba escalofríos.
En fin, escogí esa vieja muñeca para realizar el juego. Extraje todo el algodón de su interior, lo rellené con arroz, me corté una de mis uñas y la coloqué dentro de la muñeca. Después cosí la abertura con hilo rojo y até el resto del hilo alrededor de la muñeca, simbolizando así una arteria, sellando así al espíritu que invoqué. Tenía que ponerle un nombre a la muñeca, así que la llamé por su nombre real, el mismo que le puso mi hermana: Coletitas, por sus dos pequeñas coletas hechas con hilo de lana amarillo. Luego llené la bañera con agua y puse una taza de agua salada en mi cuarto, que fue donde me escondí.
Esperé a las tres de la madrugada para comenzar el juego.  Le dije a la muñeca; “Pablo es el primero”. A continuación me fui al baño y puse a la muñeca en la bañera con agua. Apagué todas las luces de mi casa y encendí el televisor de mi cuarto, tal y como indicaban las instrucciones del juego. Cerré los ojos, conté hasta diez, y apuñalé a la muñeca con un cuchillo. “Tú eres la siguiente, Coletitas”, y la dejé en el cuarto de baño junto al cuchillo que usé para apuñalarla y que ella usaría. Me fui corriendo a mi cuarto. Había roto el sello, el espíritu dentro de la muñeca estaba muy enfadado y me estaba buscando, para apuñalarme a mí.
Estaba escondido en mi cuarto, mi televisor estaba encendido y estaba produciendo estática. Sin embargo, gradualmente el televisor hizo otros ruidos que no era estática. Escuchaba a través del aparato voces y gritos en un idioma extraño y horrible que no entendía. Estaba aterrado, las voces del televisor estaban a un volumen demasiado alto. Intenté bajar el volumen pero era inútil, al contrario, los gritos y las voces de aquellos demonios aumentaron, hasta tal punto que me producía un gran dolor de cabeza tan agudo que me hizo gritar. El dolor era tan intenso que pensaba que la cabeza me iba a reventar. Finalmente me desmayé.
Desperté al día siguiente, el televisor estaba apagado. Me sentí mareado y me costó reincorporarme. Bajé abajo, para ver si Coletitas había producido algún destrozo, pero lo que encontré era mucho peor que el mayor destrozo material que pudiese haber provocado aquella maldita muñeca. Me encontré a mis padres y a mi hermana en el salón de la casa. Estaban muertos, apuñalados y con los ojos de sus cuencas arrancados, sin la presencia de estos. Tras ver este macabro escenario me volví a desmayar del tremendo horror que sentí.
Esa es la historia. Sé muy bien que no me creerán pero es verdad, fue lo que pasó en realidad. Yo no maté a mi familia, fue aquella maldita muñeca. Da igual si deciden meterme en la cárcel o en algún manicomio. Solo les pido que no dejen que me encuentre esa diabólica muñeca. Ella sigue allí, buscándome, determinada a hacerme lo mismo que yo le hice, y  terminar el juego.

viernes, 15 de julio de 2016

Relato - El señor Cabeza

El verano había llegado, y con él las voces alegres de los niños en aquel pequeño pueblo. En las calles se podían escuchar a los niños jugando alegremente, libres de sus obligaciones escolares. Todos los niños habían esperado ansiosos la llegada del verano.
Sin embargo, lo que más les entusiasmaba del verano no eran los juegos o el poder quedarse despiertos hasta muy tarde, sino la llegada de un singular personaje. Todos, tanto niños como mayores, iban por las noches al espectáculo de un misterioso hombre que llegaba al pueblo para entretener a sus habitantes de la mejor manera posible. Ya fuera contando historias o haciendo trucos de magia, él siempre conseguía hacer que su público estuviese satisfecho.
¿Quién era este misterioso personaje? Bueno, se conocía en todo el pueblo con el nombre de “el señor Cabeza“. Su nombre viene de un número que siempre hacía antes de empezar. El señor Cabeza era un hombre elegante, vestido siempre con un traje negro formal, como si fuera un hombre de negocios; pero lo que más le caracterizaba era la gran caja gris que le cubría todo el rostro. Su espectáculo comenzaba depositando la gran caja que llevaba sobre sus hombros en una gran mesa envuelta con un mantel rojo, como las típicas mesas que utilizan los magos. Su cuerpo, una vez descabezado, habría una puerta de la enigmática caja. Y en ella se podía ver su rostro. Era el rostro de un hombre de mediana edad, de tez oscura y de rasgos asiáticos. Tenía un singular bigote, bastante parecido al que tenía el famoso pintor Salvador Dalí.
Con su cabeza una vez descubierta, empezaba el show. El señor cabeza tenía una voz serena y apacible. Los números que realizaba el señor cabeza eran bastantes variados, desde realizar trucos de magia hasta contar fantásticas historias que encandilaban a jóvenes y mayores por igual. El espectáculo del señor Cabeza nunca había faltado, todos los veranos iba al pueblo sin falta.
Sin embargo, un año ocurrió algo que hizo que el señor Cabeza no se volviese a ver, ni en ese pueblo ni en ningún otro.
El Señor Cabeza terminó su actuación y se disponía a irse  para volver la tarde del día siguiente. Siempre le pedía al público que cuando acabara la función nadie le molestase cuando fuera a recoger sus cosas. Todos obedecían aquella norma; pero un día, un joven llamado Manu, movido por la curiosidad y por presumir ante sus amigos, les dijo que iría y descubriría el gran truco secreto del misterioso mago.
El joven fue bastante sigiloso, esperó a que acabase el espectáculo y con cuidado de que el mago no le descubriera, aprovechó que estaba ocupado organizando su maletín para meterse debajo de la mesa. Manu esperaba encontrarse con alguna persona debajo, que era lo que él creía; pero no había nadie. No pasaron ni diez segundos cuando el niño sintió que dos grandes y fuertes manos le arrastraban fuera de la mesa. Era el cuerpo decapitado del señor Cabeza. Levantó al niño y lo puso delante de la mesa, donde estaba la cabeza cercenada del mago. Pero la expresión de su cara no era la del mago alegre y siempre sonriente que conocía, sino una expresión deformada por la rabia y el odio absoluto. Se dirigió al niño con una voz aterradora y cavernosa.
—Así que querías descubrir mi secreto, ¿verdad, chico? Bueno, pues te va a costar muy caro. Recuerda siempre esta frase: Un mago tiene como norma nunca dejar que su truco sea revelado. Y soy alguien que siempre respeta las normas, no como tú, pequeño desgraciado.
Al día siguiente nadie volvió a ver al señor Cabeza, ni nunca jamás lo volvieron a ver, convirtiéndose así en una leyenda del pueblo. Pero lo más inquietante fue que tampoco se supo más del pequeño Manu, quién nunca volvió del último espectáculo del gran señor Cabeza.