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martes, 4 de abril de 2017

Relato - Candyvoice parte 1

—Ulises, ¡5 minutos!
—Va, cierra la puerta al salir y… ¡Vic! Gracias por darnos esta oportunidad.
—Tú asegúrate de dar un buen espectáculo y quizás no sea el último que deis con nosotros —señaló Victoria.
Una vez salió de la habitación, Victoria dejó la puerta entornada.
«Joder, ¿qué parte no se entiende de “cerrar la puñetera puerta al salir”? Bien, Ulises. No pasa nada, céntrate. Es tu primera vez con Revenge of The Tubby Custard Machine, pero no eres nuevo en esto. Sal ahí y canta cómo si fuese el último día de tu vida».
Un familiar subidón de adrenalina se apoderó de Ulises mientras subía al escenario. Un silencio sepulcral imperaba en la sala. La calma que precede a la batalla.
El tañido de los platillos, quedó ensordecido por los clamores de un enfurecido público. Los amplificadores rugían como las bestias en un coliseo.
Como una exhalación, Ulises entró en la contienda.
—¡BUENAS NOCHES, MÁLAGA! ¡SOMOS REVENGE OF THE TUBBY CUSTARD, Y VAMOS A ECHAR EL GARITO ABAJO!

—Eso es, cargad esa preciosidad con cuidado. Ulises, aseguraos de que esté todo. Nosotros nos hacemos responsables de los robos, no de las pérdidas.
—El ampli de Panda lo tienen que venir a recoger, el resto va en la furgo.
—Va, pues toma. Los 100 euros pactados y otros 12 de gasolina. Buen bolo, chicos. Estamos en contacto.
—Gracias. ¡Por cierto, Vic! Los chicos dicen de pillar unas cervezas y de irse al puerto a celebrar el éxito de hoy. Te… —Ulises tragó saliva—. ¿Te quieres venir?
—Te lo agradezco, chico, pero me van más mayores. No obstante, si algún día decido visitar la guardería te avisaré —dijo Victoria guiñando un ojo.
De repente, una de las puertas laterales de la furgoneta se deslizó. Desde dentro, una voz profundamente nasal bramó:
—Ulises, vamos, que son las 1:45 y para las 2:30 cierra Hakim la tienda.
—Ya voy, Manu. Id encendiendo el motor.
La puerta lateral de la furgoneta volvió a cerrarse. Con un candente rubor tiñendo su rostro, Ulises se volvió hacia Victoria.
—V-va, seguimos en contacto pues —señaló Ulises entre balbuceos.

Una vez se despidieron del resto de la banda, los hermanos Von Krieg se dirigían a casa. Situado en el asiento del copiloto, con aire taciturno, Ulises contemplaba la rapidez con la que se sucedían los elementos del paisaje. Un paisaje compuesto por chiringuitos y arena, escena que, ya fuese por el gran parecido entre sí de las numerosas terrazas que colindaban con la playa, o por el hecho de haber tomado unas cuántas cervezas de más, parecía repetirse. Una ligera sensación de mareo a la que no dio importancia comenzó a acuciarlo.
—Uli, no te he dicho nada pero, oye, hoy te has portado.
—Gracias. Igualmente, Gus, y no te rayes por lo de la púa, ¿va? Tocando tan rápido es normal que alguna vez se os escape.
—Hombre, el bolo ya está dado. Ya por mucho que me caliente la cabeza… no puedo hacer nada.
—Claro, tío. Además, eres bajista. Tú no te preocupes si no se te oye.
—Serás mamón…
Gustavo subió la capucha de Ulises y se la puso por encima de la cara. Ambos rieron a carcajadas.
Al cabo de un rato, la ligera sensación de mareo dio paso a unas imperiosas ganas de regurgitar.
—Gustavo, no me encuentro bien —imploró Ulises—. Creo que voy a vomitar.
—¿Puedes aguantar hasta que lleguemos a casa? —preguntó Gustavo inquisitivo—. Ya queda poco.
—No lo sé.
—Pero hombre, haber dicho algo antes.
—Ya, pero es que antes si me encontraba bien.
Gustavo aceleró. Tomó la curva rápido, demasiado rápido. Gustavo frenó. La furgoneta perdió el control, rompió el borde del quitamiedos. La furgoneta se precipitó al vacío.

viernes, 3 de febrero de 2017

Relato - Acoprox el Nauseabundo

Ximenus el Indolente, noble caballero de la orden de la Espalda Chepada, blandía su maza de guerra toallitia contra aquel engendro. Solo él podría salvar Letrinia.
Letrinia era un reino antaño próspero, sus campos fértiles, las cosechas abundantes y el ganado cuantioso, pero con la llegada a dichas tierras del infame hechicero Acoprox, conocido como el Nauseabundo, la desesperación más absoluta se apoderó de aquel feudo.
Su aparición fue latente: primero, un viento hediondo, conocido por los aldeanos como Flato, resultó ser ponzoñoso para el ganado, causando grandes pérdidas en este.
Poco después, al Flato le siguió la llamada caída del Cielo, una lluvia acompañada de fragmentos de algún material que parecían no formar parte del mundo conocido, y que al caer en los campos, los convertía en eriales.
Pero fue con la llegada del impío mago cuando los peores presagios de los aldeanos se confirmaron. Su aparición vino acompañada de la Peste, una extraña enfermedad que comenzó a diezmar al campesinado.
El rey Pulcro I, conocido por su amado pueblo como el Impecable, desolado al ver tan dantesca situación, hizo venir a los más selectos magos de diversos reinos con el fin de encontrar una solución a su funesto problema, y fue gracias a Scobilius el Magnánimo, mago y consejero privado del rey del lejano reino de Retretia, que pudo encontrarse una solución.
Scobilius declaró haber leído en antiguos códices sobre ciertas criaturas denominadas en estos residua, bestias parásitas con capacidad metamórfica y de crear enfermedades, hediondas e inmortales, cuya única posibilidad de victoria era encerrándolas en una prisión eterna hecha de esencia pura.
Para ello, se acordó el sacrificio de trece toallitias enfermas, sacerdotisas de la religión papelista, doctrina en auge en aquellos momentos y dedicada al culto del dios Papelius, siendo el reino de Letrinia uno de ellos.
Una vez realizada la santa ofrenda a los dioses y obtenida la esencia, se forjó el llamado Abismo de la Sentina, presidio en el que el abyecto permaneció enclaustrado durante cincuenta años.
Por fin, después de un largo tiempo sumidos en aquella perniciosa vorágine, aquella aciaga tierra pareció recobrar la antaña fortuna anteriormente arrebatada. Poco a poco, los eriales fueron dando paso a verdes y fértiles praderas, la prosperidad favoreció a que pronto incontables reses volvieran a inundar los verdes pastos, y con todo esto, la población, antes diezmada a menos de la mitad, comenzó a crecer de forma desmesurada. Incluso otros reinos buscaban enlaces con el territorio letrinesco, dando lugar al enlace del primogénito del rey Pulcro, Atildado II el Fragante con Incólume la Perfumada, princesa del reino de Sanitaria.
Eran tiempos de bonanza para aquella región. Hasta que un día, a Pattus, hechicero mayor de Letrinia y consejero privado del rey, le fue encargada la ardua tarea de reforzar los sellos mágicos que sostenían el Abismo de la Sentina.
Una vez allí, una voz aterciopelada se instaló en su cabeza:
«Oh, Pattus, noble hechicero de la corte de Letrinia, tú que eres clemente con los oprimidos, te ruego me liberes de esta lacerante prisión que tanto turba esta alma menesterosa» imploró la voz.
Una desbordante misericordia comenzó a apoderarse de Pattus. En aquel momento, Pattus se acordó del consejo de su amado rey: «Pattus, esa bestia primigenia que habita en las profundidades de este castillo es muy astuta, no escuches sus palabras. ¡Se servirá de la lisonja y de tu carácter compasivo para salir de su cautiverio! »
¡Atrás, bestia inmunda! ¡Ya me advirtió mi rey de tus viperinas y perniciosas palabras, que solo traen desdicha y perdición a aquel que cede ante ellas! ¡Aquí permanecerás hasta el final de los tiempos! —inquirió Pattus.
Al oír estas palabras, aquella seductora voz dio paso a una escalofriante carcajada y a una lóbrega voz que le heló hasta el tuétano de los huesos.
« ¡Ya es tarde, mortal! ¡Ahora eres mi títere! Abrirás esta prisión y me dejarás libre. ¡Prepárate para dejar este mundo!»
De repente, una fuerza invisible se adueñó del cuerpo de Pattus. Ofreció una resistencia encarnizada, pero al final acabó sucumbiendo ante la cautivadora voz. La vida del desdichado individuo fue apagándose, hasta convertirse en un ser inerte.
La bestia había sido liberada. La desesperanza colmaba el reino de Letrinia, sumido en el caos. Las calles eran un reguero de pestilencia y muerte, los cadáveres se aglutinaban. Los infelices aldeanos intentaban escapar del mal que se regía en el feudo, algunos incluso arrojándose de los puentes.
El rey, al ver esta situación, fue preso de un abismal temor. Otra vez su amado pueblo se veía amenazado por aquella abominación. Una profunda aflicción se apoderó de él. Cincuenta años antes, aconsejado por Scobilius, mandó forjar una maza con la misma esencia con la que se construyó El Abismo de la Sentina, pero su avanzada edad le impedía hacer frente al infame Acoprox.
Mandó reunir a los caballeros de la orden de la Espalda Chepada, orden de la que había formado parte en su juventud, y allí le encomendó a Ximenus el Indolente la difícil tarea de volver a enclaustar a la bestia y le ofreció la maza de guerra toallitia, sin ella sería imposible llevar a cabo tan ardua tarea.
No la encontró muy lejos de las mazmorras. Debido a la envergadura de esta, el avance era lento y tortuoso, que facilitó las acometidas del templado caballero.
Ximenus blandió la maza contra la bestia, que adoptó una forma de menor tamaño para poder hacer frente a los envites del noble guerrero, ya que solo podía defenderse de estos.
Confiado por su superioridad en la lucha, Ximenus comenzó a arremeter contra el engendro con mayor violencia, y en un descuido, Acoprox lo desarmó.
De repente, aquel engendro adoptó su verdadera forma, una enorme masa amorfa marrón que no paraba de reír.
            —Te has confiado mortal, y ello te costará la vida —señaló Acoprox.
En aquel momento, Ximenus pudo vislumbrar que el portón del Abismo no había sido cerrado, y con un último envite, aprovechó para empujar al maligno contra la prisión y cerrar la puerta, pero Acroprox en un último segundo lo tomó contra su pecho, quedando encerrados ambos para toda la eternidad.

martes, 20 de diciembre de 2016

Relato - Juguete roto

Enhorabuena, hijos míos, lo habéis logrado. Habéis logrado libraros de mí, pero todavía sigo sin saber cual ha sido el motivo que os ha llevado a hacer esto.
Me dijisteis que llevaríamos por primera vez a la pequeña Agatha a un parque de atracciones, algo muy emocionante para mí, nada me hacía más ilusión que ver su sonrisa angelical, pero en el momento en el que llegamos a aquella residencia, supe que algo iba mal.
Dijisteis que era lo mejor para mí, ya estaba mayor y vosotros solos no podríais cuidarme, pero no necesitaba ningún cuidado, porque yo me encontraba perfectamente. De hecho, cada vez que íbamos al doctor Nobody, siempre decía que ojalá estuviese tan bien como yo cuando llegase a mi edad, y que superar una depresión así, siendo tan mayor, era algo que muy poca gente lograba, y más aún cuando la causa de esta fue la muerte de vuestra madre.
Una muerte que puso final a su sufrimiento, hacía mucho tiempo que la Astrid que conocíamos había dejado de existir. Empezó dando pequeñas muestras de ello, perdiéndose en el bosque al que iba a coger moras todos los veranos. Algo raro, lo hacía desde que era una niña.
Unos meses después vinísteis a celebrar las fiestas navideñas a nuestra casa. Siempre suscitaba una gran alegría en ella, pues después de mucho tiempo, sus tres hijos, aunque solo por unos días, estarían de nuevo en casa. Sin embargo, una vez llegásteis y ella fue a saludaros, le costó hacerlo, no se acordaba de vuestros nombres, lo que la entristeció profundamente.
El día en el que se miró al espejo y durante unos instantes no se reconoció, supe que algo iba mal.
Pedimos ayuda, y afortundamente Crystal, la mujer de nuestro vecino Sam, nos recomendó ir a la consulta del doctor Aiden, un neurólogo muy bueno. Tras una serie de pruebas, nuestros peores presagios se confirmaron, vuestra madre tenía Alzheimer.
La medicación no le hizo el efecto que debería, y la enfermedad avanzó tanto, que vuestra madre ya no sabía ni hablar. Pero si algo me dolió de verdad fue vuestra indiferencia, desde las últimas navidades solo me visitásteis una vez, para llevar a la pequeña Agatha al parque de atracciones.
A los dos meses me llamó vuestro hermano Nathan, y la única conclusión a la que pude llegar es que me dejásteis allí porque para vosotros solo era un estorbo.

Fotocopia de la nota de suicidio encontrada en el cuerpo de la víctima.
Experimento número 25
Resultado: FALLIDO

martes, 18 de octubre de 2016

Relato - Puro

Ya se han ido. El sonido de las sirenas se hace cada vez más débil. El ser al que he llamado hijo durante 18 años va en una bolsa de lona. Pensé que dejarlo en tus manos podría ayudarle a seguir adelante, pero sin saberlo lo arrojé a los brazos de la muerte.

Desde que tengo uso de razón, siempre que me he encontrado en un momento difícil de mi vida he recurrido a Dios, como cuando mi madre murió atropellada frente a mis ojos siendo yo una niña, y tengo claro que si no lo hubiese hecho, posiblemente hoy no sería quien soy. Así que pensé que si gracias a Él, yo había podido superar infinidad de problemas, alguien que tuviera una relación más estrecha podría ayudar a mi pequeño a superar este bache que le había hecho sufrir tanto. De modo que, aprovechando que un nuevo año académico comenzaba, lo apuntamos a las sesiones de catequesis que impartías en la iglesia de al lado de nuestra casa.

Cuando te conocimos, hacía poco tiempo que lo había dejado con una chica, tras tres años sumido en una relación infernal que lo redujo a ser un ente vacío y abúlico. No sabía qué decir, qué pensar, ni qué hacer, él solo quería agradar a todo el mundo.

Pasaron las semanas y parecía encontrarse mejor. Su autoestima aumentó, hablaba continuamente de ti, de cómo le estabas ayudando a salir de aquel pozo en el que estaba metido, incluso un día llegó muy contento a casa y nos enseñó el rosario bendecido por el Papa que le regalaste y que guardabas como una reliquia. Por primera vez en mucho tiempo pudimos respirar tranquilos, Dios parecía haber escuchado nuestras plegarias. Ahora, una de sus ángeles cuidaba de nuestro chiquillo. Pero nada es para siempre, y después de aquel retiro espiritual nunca volvería a ser el mismo.

En un principio no notamos ningún cambio, de hecho, llegamos a pensar que aquel viaje le había sentado genial. Nos explicó la rutina que seguíais en vuestro convento: Os reuníais tres veces al día, a continuación el padre abría la Biblia, señalaba un evangelio, un capítulo y una serie de versículos, se estudiaba lo que quería decir y luego se sacaba una conclusión común.

Reiteradamente nos comentaba cuánto le había abierto ese retiro los ojos, y ahí fue cuando me di cuenta de que aquel viaje lo había destrozado, de cómo tu presencia resultaba cada vez más nociva para él.

Un día, mientras íbamos a comprarle un traje para la comunión de un familiar, por primera vez en mucho tiempo comenzó a hablar de su relación, de cuánto daño le había hecho estar con esa chica, y que ella le dejase había sido lo mejor que le podía haber pasado nunca. Se refería a sí mismo como un juguete roto que gracias a la ayuda de Dios podría repararse, y nos dijo que si tú, su salvadora, no hubieses estado allí con él aconsejándole, nunca hubiera podido darse cuenta de la gravedad de sus pecados, “Caerse del caballo” lo llamaba.
Poco a poco esa obsesión por los pecados se fue disparando y con ella fue decayendo su estado de ánimo. Cada domingo iba a misa un par de horas antes para confesarse y pedirte consejo, ya que según él “así lograría mantener su alma limpia y pura, y sólo así  sería digno de entrar en el Reino de los Cielos” en caso de que el Señor lo llamase a su presencia.

La obsesión por no pecar se apoderó de él hasta tal punto que dejó de salir con sus amigos o de escuchar la música que a él le gustaba porque habían visto en catequesis que incitaba al pecado, pero en el momento en el que descubrí unas libretas con el nombre “Cartillas de ayuno”, supe que debía cortar vuestro mortal vínculo.
Cada una de ellas correspondía a un mes del año. En su interior se podía ver una serie de días tachados que parecían señalar períodos de 3 a 40 días, siendo este último período el correspondiente al de la Cuaresma, que abarca desde el Miércoles de Ceniza hasta el Domingo de Resurrección. Al final de cada una de ellas había una serie de hojas dedicadas a la reflexión del individuo, y con pavor pude comprobar de lo que se trataba. Cada cierto tiempo, tomando como referencia una regla creada por Santa Teresa en el siglo XVI para sus monjas y adaptándolo a la época actual, los chicos a tu cargo competían por ver quien ayunaba mayor número de días seguidos, siendo mi pequeño el ganador de las tres últimas competiciones. Para que no nos diésemos cuenta de que estaba involucrado en este macabro juego, todas las noches, cuando ya dormíamos, vomitaba todo lo que había comido a lo largo del día, y una noche, cuando fui al baño, me lo encontré tirado en el suelo, inundado en un charco de vómito, con una de tus dichosas libretas en la mano.

Lo llevamos al hospital y, tras un par de días en observación, lo ingresamos en la planta de salud mental. Allí nos atendió el doctor Nobody. Pronto acabó siendo casi un miembro más de nuestra familia, se sintió muy identificado con nuestro caso, ya que de joven había estudiado en un colegio de monjas y sabía lo radicales que algunas podíais llegar a ser.

Tras un par de meses bajo tratamiento parecía estar mejor, ya no vomitaba lo que comía, se había dado cuenta de que el camino que le habías marcado no era el correcto y de cuánto lo dañaste, así que decidió cambiar de iglesia, pero nunca logró librarse de ti.

Hace unos días el médico le dio grandes noticias: Si todo iba bien… ¡Esta semana volveríamos a casa! Por fin se acabaría el dolor, por fin podríamos continuar con nuestras vidas, pero esta mañana tuviste que aparecer….

Aprovechando el horario matinal de visitas fuiste a verle, con tu sonrisa angelical le dijiste que debía recuperarse lo antes posible, para así poder ir al retiro espiritual que la próxima semana iba a tener lugar en vuestro convento. Este coincidía con la celebración de la Cuaresma, sería una experiencia que nunca olvidaría, pero él rehusó tu oferta, te pidió que no volvieras a contactar con él, y cuando le pediste explicaciones te dijo que eras una persona que solo le hacía daño. En ese momento firmaste vuestra sentencia de muerte, le echaste en cara todo lo que habías hecho por él, cómo se había aprovechado de tu hospitalidad y que nunca sería digno de entrar en el Reino de los Cielos.

Llegamos a casa, descansamos un rato y cuando fui a despertarlo no estaba. El armario estaba abierto de par en par y el baúl donde tenía guardado la escopeta y los cartuchos estaba vacío. Fui a la iglesia corriendo lo más rápido que pude. Debía impedir que llevase a cabo su siniestro plan, entré en la iglesia y el padre, con una mueca de espanto, me dijo que lo había visto ir hacia tu despacho, pero cuando llegué fue demasiado tarde. Lo encontré frente a la puerta, y con una inefable expresión de odio te dijo:

—Rézale a Dios todo lo que sepas, nos veremos en el infierno.

El tiempo pareció congelarse, y cuando ya me di cuenta de lo que pasaba, os vi tendidos en el suelo. Tenía el rostro desfigurado por el disparo, y tú, la causante de tanto dolor, yacías en el suelo pidiendo ayuda. La Biblia que sujetabas con la mano estaba situada sobre tu pecho.   


Experimento número 15
Resultado: FALLIDO

miércoles, 18 de mayo de 2016

Relato - Lo siento

Nunca quise llegar a esto. Nunca quise tener las manos manchadas de ti. Creí que algún día todo volvería a ser como antes y seríamos felices de nuevo, craso error.

Debí darme cuenta aquel día en el que llegué tarde y casi me dejas por primera vez, pero hasta ese momento todo había sido tan bonito, que nadie prevería que todo fuese a ir a peor.

A aquella vez le siguieron más, siendo cada una más absurda que la anterior, empezando por llegar tarde y acabando por no tener dinero suficiente para comprar un helado. Sin embargo, poco rato después me llamabas llorando y me pedías perdón, a lo que yo, ingenuo de mí, lo dejaba estar, pues pensaba que un fallo lo tenía cualquiera.

Las muestras de cariño comenzaron a disminuir. Los besos que tanto te gustaban en un principio fueron reemplazados por bocados para que parase, pues decías que te agobiaba, haciéndome a veces sangre, aunque nunca lo dijese. Dejé de escribir aquellas poesías que hicieron que te enamorases de mí y que ganaron un premio en el concurso del instituto, pues decías que era demasiado empalagoso, aunque delante de los demás alardeabas de lo dulces que eran.

Poco a poco dejamos de salir con amigos para salir solos. En un primer momento me encantó, pues pensé que así tendríamos más tiempo para nosotros, pero lo que no sabía era que lo peor estaba por llegar.

El primer bofetón nunca se olvida. Era el día de Navidad, nos quedamos solos jugando a la segunda parte de Paper Wario, y justo cuando estábamos apunto de pasar la primera pantalla del último mundo, me mataron. Acto seguido me pegaste, y esta no sería la última vez que lo harías.

Cualquier cosa que no se ajustase a tu manera de actuar era propicia para ganarme un bofetón, a veces bastaba con levantar la mano, pegándome solo cuando decías que me lo merecía de verdad, pues según tú, lo hacías por mi bien.

Más tarde comenzaste a hacerlo en lugares públicos. Sabías que no pasaría nada, pues cada vez que lo hacías la gente se limitaba a vernos y a reírse, incluso a veces me llamaban nenaza o mariquita y te animaban a que me pegases más. Esto me molestaba muchísimo, pues si hubiese sido una chica no habrían dejado que eso pasase, pero por desgracia había nacido con el género equivocado.

El sexo tampoco era un tema ajeno a esto, usando en este caso el chantaje emocional para hacerlo cada vez que te apetecía, sin tener en cuenta si yo quería o no. Todavía recuerdo aquel día en el que estábamos en tu casa y al ver que no quería, se lo dijiste a tu hermano, el cual acto seguido empezó a burlarse de mí, diciendo que si no era lo suficientemente hombre para tirarme a su hermana, de modo que tuve que demostrarle que no era así.

Tanto te reías de eso que poco a poco comencé a obsesionarme con dicho tema, y en consecuencia entré en una depresión de la cual no me he recuperado a día de hoy, aunque desde que fui al doctor Nobody, el psiquiatra que encontré en aquel panfleto rosa chillón, parecía ir algo mejor.

Me planteé dejarte un par de veces, pero pensé que nadie sería capaz de sentir afecto por mí, si ni yo mismo lo sentía. De hecho, no sentía como propia aquella mirada vacía.

Mis amigos me lo dijeron miles de veces, pero yo pensaba que volverías a ser la que eras, así que no les hice caso. Sin embargo, esta mañana me di cuenta de que esa imagen era una falsa ilusión formada en mi cabeza.

Habías venido temprano, llevabas el pelo recogido en una cola de caballo. Te notaba más seria que de costumbre, y me dijiste que teníamos que hablar.

Nos sentamos en el sofá y comenzaste a decirme que no podíamos seguir juntos, pues te habías dado cuenta de que me habías hecho demasiado daño. No podía creerlo, había hecho todo cuanto me pedías, así que no entendía porque esto llegaba a su fin.

Rompí a llorar, y entre sollozos te pedí que te quedases conmigo. No quería que lo único que me quedaba se fuese de mi lado. Esto te molestó muchísimo, y tuviste que soltar esas palabras: "¡¿Por qué lloras, maricón de mierda?!". Enfurecido y llorando te dije que no lo estaba haciendo, a lo que me dijiste que eso era lo que debía hacer, echarle narices y no llorar tanto.

Ese fue el momento en el que desapareció la poca cordura que me quedaba. Me fui con paso firme a la cocina, cogí el cuchillo de trinchar la carne y me dirigí a ti sin pensarlo dos veces. Tenías que pagar por todo lo que habías hecho. Intentaste escapar, pero te cogí del pelo y te tiré al suelo.

Los llantos y los gritos del dolor dejaron paso al silencio y al sonido del cuchillo clavándose repetidamente en tu pecho. Quería parar, pero no podía. Melvin Burst necesitaba saciar su sed de justicia, así que te apuñalé hasta que mis manos se quedaron sin fuerzas. Lo siento, cariño. Nunca quise llegar a esto.

Fotocopia de la nota encontrada en el cuerpo de la víctima

Experimento 65
Resultado: FALLIDO

lunes, 25 de abril de 2016

Relato - Adiós, mamá. Adiós, papá. Hasta siempre

Queridos Papá y Mamá:

Perdonadme por hacer esto, pero sabía que una vez que hiciese lo que debía hacer, no habría vuelta atrás. Seguramente os preguntéis porqué, pues últimamente, todo parecía ir un poco mejor, estaba más centrado en el instituto, se respiraba un ambiente más tranquilo en casa, mis episodios de insomnio habían disminuido, incluso había empezado a salir con Rose, la hija de los vecinos del cuarto y de la que siempre había estado enamorado, pero nada más lejos de la realidad.

Como descubristeis hace dos meses, llevo desde que entré al instituto sufriendo acoso escolar, pero, lo que os he contado, solo es una mínima parte de esa cámara de tortura a la que tenía que asistir cinco días a la semana.

Esta pesadilla empezó unos meses antes de acabar sexto de primaria. Jake, el gracioso de la clase y al que yo consideraba mi amigo, empezó a llamarme con un mote al que en un primer momento no daba importancia. Lo consideraba algo irrelevante, es más, cuando el resto de compañeros también dejaron de llamarme Ernest para llamarme Sombra, les seguía la corriente, cuando cantaban esas canciones en las que me llamaban por mi mote, yo también las cantaba, pues en un primer momento hasta me resultaban graciosas, pensaba que sería algo pasajero, y se acabarían cansando, qué gran error.

Poco tiempo después llegó Septiembre y, con ello, el cambio del colegio al instituto. Allí coincidí con algunos compañeros de clase y, al ser un sitio desconocido para nosotros, nos apoyamos en aquellos que conocíamos para adaptarnos al cambio de lugar, lo que me hizo creer que me iban a tratar como a alguien más, pero simplemente había sido una tregua.

De repente Bastian, uno de los que era para mí de mis mejores amigos en el colegio, empezó a juntarse con Eric y Lamar, dos chicos que estaban repitiendo curso. Estos eran los payasos de clase, y un día, mientras esperábamos al profesor que nos tocaba en aquella clase, Bastian comentó en voz alta el mote que tenía en el colegio. Para mi desgracia, este mote les hizo mucha gracia, y cada vez que podían hacían alguna referencia a este, incluso comenzaron a comentarlo con gente de otras clases. Tanto se divulgó que, poco tiempo después, medio instituto me llamaba así, incluso ni gente que conocía.

Lo peor vino cuando empezaron a pegarme. Un día en el recreo estábamos jugando al fútbol y fallé un pase, lo que cabreó bastante a Bastian. Entonces, se acercó a mí y me dio un cabezazo, para que, según él, “estuviese más atento a la próxima”. Al ver que no respondí a lo que hizo, lo volvió a hacer cada vez que se enfadaba con alguien. Un día casi me parte la nariz por sacar más nota que él en un examen.

Pensé varias veces en pediros que me cambiaseis de instituto, pero ni siquiera tenía fuerzas para ello. El curso pasaba, y me seguía juntando con el grupo de Bastian y sus amigos, a los que en un principio les caía bien, pero luego empezaron a tratarme igual que él. Pensé en aquel entonces que si lo hacían debía ser porque había hecho algo mal y que tenía que pagar por ello hasta que me perdonasen, aunque no sabía porqué. Más tarde Dylan, el chico que siempre iba con Bastian, me contaría lo que decía de mí a mis espaldas, lo que me cabreó bastante, así que fui a pedirle explicaciones.

Al día siguiente, justo antes de que viniera el profesor con el que teníamos la primera clase de la mañana, fui a hablar con él. Una vez que lo vi, me dirigí a él con una mezcla entre rabia y miedo. Comenzamos a discutir y a gritos le dije que esa sería la última vez que hacía eso, que si tenía algo que hablar conmigo lo hiciese a la cara. Sin embargo, se quedó bastante sorprendido y, entre risas, lo comentó con el resto de compañeros, que simplemente se limitaron a darle la razón, así que no sirvió para nada. Bueno sí, para llevarme varios puñetazos que me dejaron un gran moratón en el estómago, aunque esto ya lo sabíais, pues fue un par de días más tarde cuando, movido por la desesperación, acudí a vosotros.

Recibí gran ayuda por vuestra parte, y eso es algo que nunca podré dejar de agradecer. Expulsaron a Bastian un tiempo, obligaron a Dylan y los demás a pedirme perdón y fueron amonestados y, siguiendo el consejo de Eve, la psicóloga del instituto, me llevasteis a la consulta del Doctor Nobody. La medicación que me mandó me ayudó bastante, incluso comencé a centrarme más en los estudios.

Todo parecía ir bien pero, hace un par de semanas, mientras iba por la calle, un grupo de muchachos de los cuales solo conocía a uno, empezaron a insultarme. En aquel momento no les hice ningún caso, pero esa noche, mientras volvía a casa, me los encontré de nuevo. Los insultos volvieron a repetirse, y en ese momento me di cuenta de que tenía que empezar a hacerme respetar, no podría tolerar que gente que no conocía me insultase.

Me quité el cinturón y me lo até a la mano, iba dispuesto a pegarle al que no se callaba. En ese momento se dirigió hacia mí y me soltó un par de puñetazos en la cara, con tal mala suerte que los brackets me desgarraron parte de la boca. Ahí fue cuando os llamé para ir a la policía a denunciar a los que conocía, porque no pude ver la cara del que me dio. Pensé que al tener incluso un parte de lesiones acabarían cantando. Ya era hora de que alguien empezase a pagar por lo que había hecho. Sin embargo, la semana pasada llegó una nota del juzgado, pensé que al fin se haría justicia, pero una vez que vi el veredicto, todo se vino abajo.

El caso había sido archivado: ¡Inocente! ¡INOCENTE! ¡¡No habían sido acusados de nada!! ¡Todo lo que había hecho no servía para absolutamente nada! ¡De nuevo había alguien que hacía lo que quisiera conmigo, y de nuevo los culpables no iban a ser castigados!

Debía hacer algo, no sabía cómo, pero algo debía hacer. En ese momento me di cuenta de que Bastian volvía esta semana al instituto. Era el momento perfecto, podría acabar con el que había hecho que este año fuera una pesadilla horrible. Fui al sótano, cogí la pistola que tiene papá y varias balas, pocas pero suficientes para acabar con este virus mortal.

Hoy será el gran día, en el que por fin Ernest Doe hará justicia. Adiós, Papá, Adiós, Mamá. Hasta siempre.

Fotocopia de la nota de suicidio del experimento 89
Resultado: FALLIDO

lunes, 11 de abril de 2016

Poesía - Amor carcelero, placeres prohibidos

Desde que no estás,
la tristeza en mi cuerpo se manifiesta,
como un derroche de esmegma.
Te extraño, sobre todo esas noches
de amor en el cuarto de baño.
Quiero tu amor carcelero,
tu flujo de miel, mis ganas de beber,
porque sé que si no me das
me quedo en ná. El jabón sólido cambió,
en líquido se transformó, antes todo se basaba en
una acuosa solución,
pero desde que estás en otro módulo,
todo eso se acabó.
Este blues carcelero va para ti,
mi dulce princeso.

viernes, 19 de febrero de 2016

Poesía - Eso dijo ella

La has clavado
Tío, que hachazo
Un poco más y lo alcanzarás
Es que si no revienta
Lo veo duro
¿De veras crees que vas a aguantar?
En verdad él no hacía nada, lo hacían todo ellas
Es que me ha salido solo
No me he podido contener
Son terriblemente sensitivos y sensuales:
Los clásicos nunca fallan
Al diccionario hay que acariciarlo y
Que abrirlo con cariño
No metas a Cernuda en esto, mete a Lorca
Te vas a hinchar, literalmente:
Con la mente que tienes, lo vas a acabar esta noche
Ea, pues venga tírale
Corre que no llegas
Tío, ¿dónde está? Decía que le quedaban 5 minutos
Pide ilusión, y el otro no llega, se queda corto
Sigue, levanta. Date prisa que arranca
Mándamelo por favor
Lo estás dando todo para conseguir este premio
Son categorías distintas, y lo sabes
La voy a reventar, la voy a reventar
Tío, es que voy muy rápido
Es que es algo prodigioso
Se da entre dos personas el tema
Casi se cae,
La abrió y casi se sale un poco, le dije:
¿Quieres un pañuelo?
No, gracias. Esto se sorbe:
La próxima vez que hagas eso, me lo dices y me voy p’alante
Dios, qué barbaridad:
Venga, sigue, sigue:
Lo vas a hacer ná más que en uno largo, ¿o en varios cortos?
No sé si saldrá
Oh, comida. Tengo hambre
No se puede, pero tú lo haces
Hostia, hostia

lunes, 4 de enero de 2016

Poema

Las Sombras de un Destino
incierto me persiguen,
sé que no podré huir de ellas,
atropellado por un Convoy,
mi hora llega a su fin.
Agonizando me di cuenta
de tantos Sueños Perdidos
a lo largo del camino, y que
Después de Todo,
El Camino Libre,
Únicamente Lo Podrás Hacer,
Transformando
Ilusiones en Realidades,
Muere o Vive Otro
Destino Insólito
Antes del Fin
Dejado este cuerpo,
me dirijo al Reino del Hades
dónde moran criaturas de diversa
índole, alejadas de toda
comprensión,
100.000 Bakalas, entre otros,
Kammerjäger llaman al peor

jueves, 19 de noviembre de 2015

Presentación - Masacre

Me llamo Dani, pero todos me dicen Masacre. Empecé escribiendo poesía con 16 años, ganando uno de los accésit del concurso que tuvo lugar en el instituto Auringis.
Años después, a raíz de la fundación de la banda de Thrash Metal Kammerjäger, en la que soy cantante y letrista, escribo gran parte de los temas inspirándome en los cantares de gesta medievales.
Actualmente me encuentro escribiendo una novela. Subiré principalmente relatos al blog.