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martes, 21 de febrero de 2017

Relato - El sabio de la cueva

Gaal estaba jugando en el bosque con su pequeño amigo Txiligro. El chico siempre iba por la tarde a jugar con él, era su compañero de juegos favorito. Su amistad se hizo más fuerte, tanto que Gaalconsideraba a Txiligro casi un hermano para él. Sin embargo, una pregunta rondaba la cabeza del joven: ¿su mejor amigo tendría más amigos en el gran bosque?
—Oye, Txiligro—dijo Gaal—. ¿Tienes más amigos en el bosque aparte de mí?
—¡Claro!—exclamó la pequeña criatura—. Tengo muchos amigos entre los animales del bosque.
—¿Y humanos?
—Pues de humanos estáis Refireo y tú. Aunque hay otro que se parece más o menos a vosotros, los hombres.
Esta respuesta solo le generó más preguntas al pequeño Gaal. No sabía a lo que se refería Txiligro con que su amigo se parecía a ellos.
—¿En qué se parece a nosotros?
—Bueno—dijo la extraña criatura, pensativa—. Es muy alto y se mantiene sobre dos patas, como vosotros. También es muy amable y sabio, sabe muchas cosas.
—¿Podrías presentármelo?
Txiligro tardó unos segundos en responder. Era como si estuviese pensando detenidamente que responder.
—No sé —dijo finalmente—. Me dijo que no le dijese nada a ningún hombre acerca de él. Aunque claro, tú eres un niño, además eres muy bueno. ¡Seguro que se alegra de conocerte!
La traviesa criatura se adelantó a Gaal.
—¡Es por aquí! Vive en una cueva cerca de un río, aunque está un poco lejos.
—No pasa nada —dijo el muchacho con una sonrisa—. Dime por donde es.
Y así, Gaal y Txiligro se internaron en lo más profundo del bosque para buscar a ese enigmático sabio. Estuvieron caminando hasta el atardecer. Finalmente llegaron a un río  cristalino rebosante de peces de una gran variedad de formas y colores. Sin embrago, los animales que predominaban allí eran las ranas. Su presencia se hacía notar. Todas croaban al unísono, como si fuesen una especie de coro de anfibios cantando una armoniosa y melódica canción que solo ellos entendían.
—¡Gaal, es aquí!—dijoTxiligro mientras señalaba una gran cueva—. Mi amigo vive en esta cueva.
Los dos amigos entraron en la cueva. Era fría y húmeda, sin contar la obvia oscuridad propia de esos sitios. Eso no era un problema para el pequeño Txiligro, ya que él podía ver en la profunda oscuridad. Él guiaba a Gaal para que no chocase con ninguna pared. El pobre chico estaba asustado, no solo por la oscuridad sino por el amigo de Txiligro. No sabía cómo iba a reaccionar ante su presencia.
A medida que se internaban en la cueva, la oscuridad se hacía más tenue. Había una especie de antorchas que señalaban un camino.
Al final del camino estaba una gran sala, llena de utensilios extraños y de recipientes de cristal con distintos líquidos de distintas tonalidades. También había una especie de estantería improvisada esculpida en una de las paredes de la cueva, tenía muchísimos libros. Aunque lo que más llamaba su atención era la figura que daba la espalda a los dos amigos, parecía que no se había percatado de su llegada.
—¡Finabio!—le llamó Txiligro—. Te traigo a un amigo mío que quiere conocerte. Es un niño de la aldea de los hombres.
La extraña figura se giró. Era como una especie de salamandra roja con manchas negras. En su cabeza sobresalían dos grandes cuernos curvos, como los de una cabra montesa Estaba erguida sobre sus dos patas. Además vestía una túnica morada adornada con extraños símbolos rúnicos. Sus saltones ojos negros se posaron en el muchacho.
—¿Un cachorro de la aldea de los hombres? —dijo el sabio con una voz sosegada y calmada—. Dime, pequeño. ¿Cuál es tu nombre?
—Mi nombre esGaal —dijo el chico—. Es un placer conocerte.
—Lo mismo digo, Gaal. Yo me llamo Finabio, y no hace falta que seas tan formal —dijo Finabio con lo que Gaal intuyó como una sonrisa.
—Mi maestro me enseñó a ser educado con los mayores.
—¿Tu maestro?—preguntó extrañado el sabio—. Se llama Refireo, ¿verdad?
—¿Cómo sabes el nombre de mi maestro? —preguntó el niño bastante sorprendido.
—Somos viejos amigos, además me ha hablado bastante de ti.
—Oye, Finabio —interrumpió Txiligro—. ¿Tienes algo para mí?
—Es verdad. Sí, tengo algo. Espera aquí.
El sabio Finabio fue hacia una vasija, de la cual sacó una diminuta rana.
—Aquí tienes —dijo mientras se la ofrecía al travieso Txiligro—. He recogido un montón esta mañana, y verdes cómo a ti te gustan.
—¡Gracias! —dijo antes de devorarla ferozmente.
—También te puedo ofrecer algo a ti, Gaal. ¿Te gusta el zumo de bayas?
—¡Me encanta!—exclamó el niño con una sonrisa.
—Bien, pues te serviré uno.
—Que sean dos, viejo amigo —dijo una voz detrás de Gaal.

martes, 24 de enero de 2017

Relato - El corazón de un druida

Habían pasado dos semanas desde la aventura nocturna de Gaal en el bosque. Todo transcurría con normalidad en la vida del pequeño. Volvía a hacer incursiones por el bosque, pero esta vez junto al sabio druida. Todo parecía estar como siempre. Sin embargo, un día mientras paseaba en el bosque junto al druida, pasó algo que hizo que el joven aprendiese una valiosa lección.
Era un día corriente. Gaal acompañó a Refireo al bosque. Era casi una rutina que él hacía junto a su maestro, para buscar hierbas y materiales útiles para el druida. De repente escucharon un crujir de ramas, y de la maleza salió un joven de aspecto desaliñado empuñando un  cuchillo de caza. A su espalda llevaba también un arco.
¡Vaya! exclamó el joven—. Pero si son Refireo y el pequeño Gaal. ¿Qué hacéis por el bosque?
Buenos días, Roc le saludó el druida—. Estamos recolectando unas hierbas y raíces que me serán útiles para preparar ungüentos y medicinas.
¿Qué haces tan temprano aquí, en el bosque? preguntó el niño.
Me alegro que me lo preguntes, Gaal. En realidad llevo aquí desde anoche. Estoy persiguiendo a una alimaña.
¿Una alimaña? preguntó Refireo.
Sí, un zorro ladrón. Lo pillé anoche, se coló en el corral de mi padre y se  llevó una gallina. En estos días nos robó a tres. Conseguí darle un flechazo, pero el muy rufián se escapó entre la maleza y le perdí la pista. De todas formas no pudo haber ido muy lejos estando herido.
Vaya, lamento oír eso. Gaal y yo nos vamos, tenemos que terminar y volver a la aldea antes de la hora del almuerzo. Que tengas suerte, Roc.
Adiós. Tened cuidado con los animales hostiles se despidió  el joven.
El joven se fue por su camino en busca de su presa. El joven druida y su aprendiz se internaron más en el bosque, buscando hierbas y raíces. De repente vieron un movimiento entre la maleza. Ambos pensaban  que se trataba otra vez de Roc pero eso era imposible, el joven se había ido por el lado opuesto del bosque. El movimiento procedía de detrás de un arbusto. Con sumo cuidado el druida se acercó al arbusto para ver lo que era. Sin embargo, antes de verlo él ya sabía de qué se trataba.
Era el zorro, aquel que Roc estaba persiguiendo. Estaba herido en una de sus patas traseras, en la cual tenía clavada parte de una flecha, y sangraba bastante. Junto a él estaba el cuerpo del delito, una gallina muerta que le había robado al padre del muchacho. El zorro herido gemía débilmente. El druida se acercó para observar al zorro, estuvo observándolo durante varios segundos.
Sin mediar palabra, Refireo sacó de su zurrón dos cosas. Una de ellas era una bolsa de tela con ungüentos y medicinas, pero la otra era un instrumento que nunca vio Gaal: una daga bien protegida en su vaina de cuero.
Gaal, dijo el druida con un tono de voz demasiado serio te voy hacer una pregunta. ¿Qué harías en esta situación?
El chico no sabía qué responder. Nunca había estado en una situación como esta, y nunca había visto a Refireo tan serio.
¿Q-qué quieres decir, maestro? preguntó el chico con voz temblorosa.
Este zorro robó tres de las gallinas del padre de Roc. Su padre puso todo su empeño en criarlas, además Roc estuvo toda la noche en el bosque buscando la pista de este animal y si lo dejamos vivo quizás vuelva a robarles. Por otra parte yo, como druida, tengo que velar por la vida de los animales del bosque, por eso traigo siempre estos ungüentos.
Gaal no sabía cómo reaccionar. Nunca había visto a Refireo así.
¿Qué harías tú? le volvió a preguntar el druida.
El pequeño estaba muy asustado, no sabía que opción escoger. Después de unos segundos el druida le dio un consejo.
Gaal, para este tipo de situaciones es inútil usar la razón. En elecciones como esta debes usar tú corazón para escoger una opción.
Q-quiero que viva. No puede morir el zorro, Refireo dijo el aprendiz finalmente.
Pues así será.
El druida volvió a guardar la daga y se dispuso a extraer el fragmento de flecha y sanar su herida.
Sujétalo bien, Gaal.
El niño lo sujetó para que no se moviese el zorro. Este le dio una lamida en su brazo, parece que sabía que el chico le había salvado la vida.
Ya está, ya puedes estar tranquila dijo sonriendo al animal mientras este agarraba a la gallina y se iba lentamente.
¿Tranquila? preguntó el chico algo extrañado.
En realidad es una hembra, ya la había visto hace algún tiempo. Pero cuando la vi estaba embarazada y a punto de dar a luz. Supongo que  robaba gallinas porque en el bosque no podía cazar mucho para alimentar a sus crías. Los lobos se han adueñado del bosque, lo que le complicaba mucho la caza.
Refireo, ¿por qué no me lo dijiste antes?
Quería saber que elección tomarías, aunque ya sabía que querías que ella viviese. En este mundo te vas a tener que enfrentar a situaciones como esta. Situaciones en las que no hay decisiones correctas ni erróneas; solo decisiones y consecuencias. Muchas veces me han ocurrido situaciones incluso más difíciles que esta.
Maestro, dijo Gaal ¿tú has tenido que tomar elecciones difíciles?
Sí, muchas veces. Te voy a contar una historia que me pasó hace diecisiete años.
»Ya sabes que yo también ayudo en los partos, y estuve en el momento en el que todos vinisteis a este mundo. Mi misión era ayudar con el parto, y cuando nacieseis daros la bendición para que crecieseis sanos y fuertes. Sin embargo, no todos los partos salen bien.
»En una ocasión se complicó mucho, estuvimos todo un día en la cabaña de las madronas. La situación llegó a un momento tenso. No podíamos salvar a la madre y al niño a la vez, ya que los dos morirían. Sólo podíamos salvar a uno.
»En ese momento, todos me pidieron la opinión. Ya que sabían que la elección que yo tomaría, supuestamente, sería la correcta. Pero en ese momento no había decisiones erróneas ni correctas. Tenía que sacrificar una vida para salvar otra. Finalmente tomé una decisión, pero no la tomé con la cabeza si no con el corazón»
¿Qué decisión fue? preguntó el pequeño Gaal.
¿Sabes cómo iba a llamar la madre a su hijo? Roc. Exactamente,  el amable y jovial Roc que todos conocemos. Muchas veces siento tristeza por no haber podido salvar también a la madre. Pero al ver a ese muchacho sonreír y ayudando a los demás me doy cuenta de que su sacrificio no fue en vano.
El viejo druida se incorporó y metió los ungüentos en el pequeño saco de tela y los introdujo en su viejo zurrón.
Bueno, ¿nos vamos ya? ¡Tengo tanta hambre que me comería un árbol entero! dijo Refireo mientras carcajeaba y se daba palmadas en su gran tripa.

viernes, 2 de septiembre de 2016

Relato - El secreto de Refireo

El viejo druida se encontraba adormecido en su cabaña. Había pasado toda la noche en vela, esperando la llegada del pequeño Gaal. De repente un fuerte aleteo sobre su cabeza lo despertó. Era su fiel compañero alado, Orzuelo, que había vuelto del bosque después de haber estado vigilando todos los movimientos del pequeño en el bosque. Refireo se desperezó y fue a la percha donde estaba la lechuza blanca.
— ¡Por fin vienes! —dijo el viejo druida—. ¿Está bien el niño?
—Sí, está bien —respondió Orzuelo—. Ya viene de camino, y con todos los ingredientes.
El anciano se desplomó en su gran sillón y soltó un gran suspiro
—Menos mal. Estaba bastante preocupado por él
La lechuza blanca se posó en el respaldo del sillón, mientras le dirigía al druida una mirada fría y severa.
—Entonces, —dijo— ¿vas a tomar al chico como tu aprendiz?
—Posiblemente, tiene madera de Druida. Lo supe desde el momento en el que salió de las entrañas de su madre.
—Vaya, vaya. ¿Y en qué lo transformarás a él? ¿En un zorrillo, o en un pequeño lince quizás? —preguntó Orzuelo con un tono sarcástico
Refireo miró a su plumífero compañero mientras se reía entre dientes.
—Creo que alguien está un tanto rencoroso. ¿Me equivoco?
La mirada de la lechuza blanca se endureció toda vía más, si es que eso era posible.
— ¡Llevo como sesenta años esperando una pócima para librarme de esto, Refireo! —exclamó enfadada la lechuza—. Y aunque haya pasado tanto tiempo, echo de menos mi antigua forma.
—Bueno, tan de menos no la echarás
— ¿Qué quieres decir?
—Ya sabes a lo que quiero decir, Orzuelo. Muchas veces las muchachas me han dicho que te vieron mientras ellas se bañaban en el río.
El ave se ruborizó, como si fuera un niño que le descubrieron cometiendo una travesura.
—Hermano, llevas tanto tiempo llamándome “Orzuelo” que casi he olvidado mi nombre real.
—Normal —dijo Refireo mientras se mesaba la barba—. Si llevas sesenta años siendo una lechuza.
Orzuelo permaneció callado durante unos segundos, parecía bastante pensativo, cosa que el druida lo notó inmediatamente.
— ¿Te pasa algo? —preguntó Refireo con tono de preocupación—. Es muy raro verte tan callado.
—Solo estoy pensando en cómo saldrá esto. Ya sabes lo que pasó la última vez, ¿recuerdas? Imagina que le pasa algo a Gaal. Sabes muy bien que uno de cada tres aprendices muere durante su ceremonia de iniciación. Si llegase a ser ese  el caso de nuestro chaval… —Orzuelo se estremeció—. Tiemblo de solo pensar en  lo que pueda llegar a pasar.
El viejo Druida cerró los ojos y recordó,  por un momento, lo que pasó aquella vez hace sesenta años. Desde ese momento se prometió a sí mismo no volver a intentar conseguir un sucesor a su oficio. Pero con Gaal era muy distinto. Desde aquella noche de luna llena, en la que nació supo que ese niño sería su sucesor, el que heredaría todos sus conocimientos y sabiduría, con el fin de que aquella aldea prosperase.
De repente, una voz le sacó de aquellos pensamientos. Era la voz del pequeño Gaal deseoso de contarle al viejo Refireo toda la aventura que vivió en el bosque, y de cómo conoció a aquel misterioso ser llamado Txiligro.

miércoles, 8 de junio de 2016

Relato - La secuoya milenaria

Gaal avanzaba por el bosque, siguiendo las risas del pequeño Txiligro, que estaba saltando de árbol en árbol. El último ingrediente de la lista del druida Refireo era una rama de secuoya. Así que los dos amigos tenían que ir a la gran secuoya milenaria, el árbol más antiguo y alto de todo el bosque. El viejo druida le contó a Gaal que ese gran árbol era uno de los más antiguos de todo el bosque, tal vez el más antiguo de todos los árboles del bosque.
— ¡Ya hemos llegado! —dijo Txiligro pegando pequeños brincos—. Esta es la gran secuoya milenaria.
Gaal miró hacia arriba para ver la grandeza del árbol. Ciertamente la secuoya era gigantesca, tanto que Gaal casi no podía ver su copa.
—Txiligro, —dijo Gaal preocupado— ¿seguro que podrás llegar a la copa?
—Ya te lo dije. ¡Soy el mejor trepador del bosque!
—Sí, pero… Este árbol no es como los otros del bosque, es muchísimo más alto. ¿Cómo lo vas a hacer?
—Con cuidao —respondió Txiligro mirando al niño con una gran sonrisa.
Sin decir nada más, la pequeña criatura saltó del suelo al tronco de la secuoya milenaria y comenzó trepar con una asombrosa rapidez hasta la copa de la gigantesca secuoya.
Gaal miró como Txiligro se perdía entre la espesura de la secuoya hasta desaparecer de la vista del niño. Le preocupaba la seguridad de Txiligro.
« ¿Y si se resbala y se muere por la caída? Yo sería en parte culpable, por pedirle que trepase tan alto para conseguir la rama de secuoya» pensaba el niño con mucha inquietud y preocupación por la vida de su nuevo amigo.
De nuevo estaba el muchacho solo, sin nadie. Se sentía bastante indefenso. De día aquel bosque era hermoso y vivo, ya que gracias a los rayos del sol se podía ver todo lo que moraba en el bosque; sin embargo por la noche todo era oscuro y misterioso. Gaal podía percibir por el rabillo del ojo sombras que danzaban. Estaba muerto de miedo, temblaba como una hoja.
De repente Gaal oyó el sonido de algo que se movía con mucha rapidez, su corazón parecía que se le iba a salir del pecho, pero suspiró aliviado al ver que se trataba del pequeño y risueño Txiligro. Este se le acercó con una rama de la gran secuoya milenaria.
— ¡La misión ha sido un éxito! —dijo mientras esgrimía la pequeña rama como si fuera una espada.
—Muchas gracias, Txiligro. Ahora la lista está completa.
—Una pregunta, Gaal. ¿Para qué quieres la rama de la secuoya?
—No lo sé —respondió el muchacho—. Solo estoy recolectando unas cosas que me pidió el druida Refireo.
— ¿El druida Refireo? —preguntó Txiligro—. ¿Te refieres a ese humano tan grande que tiene la cabeza del revés?
— ¿La cabeza del revés? —preguntó Gaal bastante extrañado.
— ¡Sí! Porque en la parte de arriba no tiene pelo, pero en la parte de abajo tiene una melena gris muy larga. Lo conozco, viene muy a menudo a pasear por el bosque de noche.
Tras oír este comentario Gaal soltó una gran risotada.
—No, Txiligro, esa no es su melena. Es su barba
— ¿Y tú por qué no tienes?-preguntó la pequeña criatura
—Todavía soy un niño. Pero cuando sea adulto tendré una barba muy larga, como la de Refireo.
— ¡Vaya! —exclamó Txiligro decepcionado—. Entonces mi teoría no era cierta.
— ¿Qué teoría?
— ¡La teoría de que cuando los humanos crecéis  la cabeza se os pone del revés!
En respuesta, Gaal volvió a reír y  el pequeño Txiligro también. El miedo que sentía el muchacho se había disipado gracias a su nuevo amigo.
—Oye, Txiligro —dijo Gaal—. ¿Tú no sabrás el camino de regreso a mi aldea?
— ¡Claro que lo sé! —respondió Txiligro—. Voy  a tu aldea muy a menudo, me gusta ver la vida cotidiana de vosotros, los humanos. ¡Sígueme, amigo!
Y así, después de haber completado la lista de materiales para recolectar, Gaal junto a Txiligro reanudaron el camino hacia la aldea. El camino de regreso era más llevadero que el de ida. Ya que, esta vez, el miedo del muchacho a la noche se había ido gracias a las cabriolas y bromas que hacía con Txiligro de camino a su hogar.
Finalmente llegaron a un lago, un lago que Gaal conocía muy bien, ya que era el lago que estaba a pocos minutos de la aldea. Los rayos de los primeros rayos del sol se reflejaban en la superficie del lago. Su tío Kendal  lo llevaba a veces de caza a ese mismo lago, hasta que hace dos años  desapareció de forma misteriosa. La madre de Gaal no le dijo a donde se había ido su tío Kendal ni por qué.
—A partir de aquí sé el camino de regreso a la aldea —dijo el chico, mientras se giraba para ver a su pequeño nuevo amigo—. ¡Muchísimas gracias por todo, Txiligro!
Gaal se dispuso a irse hasta que oyó la voz de Txiligro detrás suya
— ¡Espera, Gaal! —le chilló Txiligro—. Antes de irte prométeme una cosa
— ¿Qué cosa? —preguntó el chico.
— ¡Que volveremos a jugar pronto! Jijujuji.
Claro que volveremos a jugar. Al fin y al cabo, somos amigos —dijo Gaal con una gran sonrisa de alegría—. Adiós, Txiligro, amigo. Nos volveremos a ver de nuevo, te lo prometo.
—Adios, Gaal —respondío Txiligro con otra gran sonrisa—. ¡Seremos amigos para siempre!
Con esto, los dos amigos se fueron a sus respectivos hogares. El joven Gaal a su aldea y el travieso Txiligro a la profundidad del gran bosque.

sábado, 7 de mayo de 2016

Relato - La extraña criatura del bosque

Aquella extraña sombra saltaba de árbol en árbol con una velocidad increíble, mientras  soltaba esa extraña risa, «jijujuji». El pequeño Gaal apenas podía seguirla con la vista. Finalmente, la criatura saltó al suelo y se detuvo. Estaba mirando fijamente al niño con aquellos enormes ojos felinos verdes y aquella gran sonrisa de dientes afilados, manchados en sangre.
Gaal creía que estaba perdido, que esa enigmática criatura lo mataría y pasaría a formar parte de las demás almas errantes de los niños que se atrevieron a internarse en el bosque de noche. Sin embargo, aquella sombra sonriente hizo algo que Gaal nunca imaginó: comenzó a hablar.
— ¡Ho-la! —dijo la criatura con una voz infantil—. ¿A qué se debe tanto llanto?
La criatura saltó un par de veces hacia adelante, dejando que la luz de la luna  revelara su verdadera forma. Era un animal misterioso, podía caminar a dos patas como un mono, pero con características propias de un felino. Su pelaje era negro. Tenía unas enormes orejas puntiagudas, alargados bigotes y grandes ojos verdes, propios de un felino. También poseía una alargada y peluda cola anillada de color gris y negro, con un  espeso mechón negro en la punta. Sus patas tenían pequeñas garras y en una de sus patas delanteras (que más que patas eran manos) llevaba una ardilla medio devorada, con sangre aun goteando. Eso explicaba la sangre en su gran sonrisa de colmillos afilados.
Al ver que Gaal no decía nada, el pequeño animal terminó de devorar la ardilla medio comida y  siguió hablando.
—Yo me llamo Txiligro. Tú eres un cachorro de la aldea humana, ¿verdad? ¿Cómo te llamas?
—Gaal —dijo el muchacho mientras se secaba las lágrimas—. M-me llamo Gaal.
Txiligro empezó a brincar y saltar alrededor del niño, mientras soltaba esa risa que lo caracterizaba.
— ¡Genial! —exclamó Txiligro con alegría—. Siempre quise hacerme amigo de un cachorro humano, jijujuji. Y dime, Gaal, ¿qué haces deambulando en este bosque de noche?
—Yo estaba buscando materiales que me había pedido el druida de la aldea cuando…
Gaal no pudo terminar la frase. Lágrimas empezaron a cruzar sus mejillas y rompió a llorar con intensidad. Esta reacción inquietó y preocupó al pequeño Txiligro. Se acercó cuidadosamente al niño y le dio unas palmadas en el muslo.
—Gaal ¿te pasa algo, amigo? ¿Te duele algo? —preguntó Txiligro preocupado por su amigo.
El joven muchacho poco a poco cesó de llorar, su expresión se  volvió triste y melancólica.
—Me he perdido —dijo Gaal sollozando—. Nunca volveré a mi aldea, y si vuelvo, volveré con la lista de ingredientes incompleta. No sé cómo conseguir una rama de secuoya. La rama de secuoya debe de tener semillas y no puedo recoger las ramas caídas al suelo. La secuoya es un árbol demasiado alto y yo no puedo trepar tan alto. Nunca lo conseguiré.
Tras decir esto, el niño volvió a romper en llanto. El pequeño animal, que ahora se consideraba su nuevo amigo se le subió al hombro, y dijo:
—Yo te puedo ayudar. ¡Soy el mejor trepador de árboles del bosque! Yo puedo subir a lo más alto del árbol y conseguir esa rama de secuoya.
— ¿De verdad? —dijo Gaal secándose las lágrimas.
Txiligro saltó del hombro del niño al suelo y dijo con una gran sonrisa.
— ¡Por supuesto! Eres mi nuevo amigo ¿verdad?
—Gracias, Txiligro —dijo Gaal sonriendo—. Ojalá yo pudiese hacer algo por ti… ¡Oh! Ya sé.
El niño sacó de la vaina de cuero que llevaba del cinturón un pequeño y extraño  tubo de madera con orificios. Txiligro se acercó movido por la curiosidad.
— ¿Qué es, Gaal? ¿Qué es¿ —preguntó Txiligro con mucha curiosidad e impaciencia.
—Es una flauta. Cuando la uso puedo crear música
El pequeño nuevo amigo de Gaal empezó a brincar entusiasmado e impaciente por ver que hacía ese extraño objeto que llevaba su amigo.
— ¡Úsala, úsala! —dijo Txiligro entusiasmado.
Gaal se puso la boquilla en sus labios y comenzó a soplar mientras sus dedos danzaban en los orificios de la flauta. Una alegre melodía inundó aquel claro donde estaba él y Txiligro, su pequeño nuevo amigo, empezó a brincar y bailotear alrededor de Gaal, movido por aquella jovial y alegre melodía que producía el instrumento de viento. Después de un momento, el muchacho paró de tocar la flauta.
— ¡Me encanta! ¡Es asombroso, amigo mío! Jijujuji.
—Sí que lo es. Me la fabricó el druida de la aldea… ¡Oh! —exclamó Gaal, como si hubiese recordado algo—. Tengo que ir a por la rama de secuoya. ¿Me ayudarás, Txiligro?
— ¡Claro! Yo siempre ayudo a mis amigos. Vamos, sígueme. Sé dónde está la Secuoya Milenaria.
Y con esto, Gaal y su nuevo  amigo, Txiligro, se internaron en lo más profundo del bosque. Hacia la gran Secuoya  Milenaria, a por el último ingrediente de la lista del misterioso druida Refireo.

miércoles, 6 de abril de 2016

Relato - Incursión nocturna

Llegó la noche, y el druida Refireo y su pequeño estudiante, Gaal, estaban en la entrada del bosque. A Gaal no le costó que su madre le diera permiso para que él realizara la tarea que Refireo le había mandado, ya que, al igual que su hijo, su madre también fue alumna de Refireo y confiaba bastante en la sabiduría del anciano.
El druida le dio a Gaal una pequeña bolsa de cuero para que llevase en ella todos los ingredientes que tenía que recolectar. El druida le dijo al muchacho:
—Bueno, hijo, ya ha llegado el momento. ¿Tienes la lista con todo lo que tienes que recolectar?
El niño sacó de su bolsillo un pequeño papel y se lo mostró al anciano.
—Así me gusta. Bien, Gaal… —Refireo se fijó en la cintura del muchacho y vio una pequeña funda de cuero que le colgaba del cinturón que le hizo su madre. Soltó una pequeña risa
— ¡Vaya! Veo que todavía conservas lo que te regalé en tu octavo cumpleaños. ¿Has practicado con ella?
—Sí, practico con ella casi siempre que puedo —dijo Gaal con una gran sonrisa.
— ¡Me alegro! —Dijo Refireo—. Quién sabe…puede que esta noche te sea útil, recuerda que es mágica. Por cierto, Gaal…
El druida sacó un pequeño frasco con un líquido rojizo y traslúcido en su interior. Después se lo ofreció a su joven alumno.
—Tómatelo, seguro que te gusta.
Sin decir nada, el niño tomó el frasco y se lo bebió rápidamente. De repente una gran sonrisa de felicidad se le dibujó en el rostro.
— ¡Caramba! —Exclamó Gaal—. Estaba delicioso, ¿qué era?
—Un brebaje hecho a partir de bayas, para que cumplas esta misión con energía y no te duermas en el bosque. ¡Ni a tu madre ni a mí nos gustaría que te pasase algo malo! Venga, ponte en marcha.
Y así el joven Gaal se adentró en el bosque, sin echar la vista hacia atrás. Cuando el druida lo perdió de vista, este silbó haciendo que apareciera su vieja lechuza. Se posó sobre su hombro.
—Orzuelo —le dijo el viejo druida—. Ve y vigila a Gaal mientras esté en el bosque. Si le pasase algo al chico, nunca me lo perdonaría.
Y con esta orden, la gran lechuza voló en dirección al bosque.
El bosque estaba en penumbra, los árboles se alzaban majestuosos. A medida que Gaal avanzaba por el oscuro y antiguo bosque podía oír el sonido de la naturaleza nocturna: el ulular de los búhos, el correteo por la hierba de los ágiles zorros… Pero, a pesar de estos ruidos autóctonos del bosque, seguía centrado en la tarea que le había sido encomendada; recolectaba lo que el druida le pidió: bayas silvestres, algunas raíces, alguna que otra hoja extraña… No le resultó muy difícil al principio. Sin embargo en la lista aparecían algunos ingredientes que el difícilmente podría conseguir, ya que crecían en los árboles más altos del bosque.
Gaal no sabía qué hacer, le resultaba imposible trepar por los árboles tan altos. «Refireo no es ningún viejo gruñón, seguro que si le explico la situación él me perdonará» pensó Gaal. El chico se dispuso a regresar a la aldea, con la tristeza y el abatimiento de no haber podido cumplir su misión, pero no le resultaba tan fácil como él creía. En su camino de vuelta se percató de que los árboles dibujaban terroríficas sombras con la luz de la luna, sombras que parecían estar acechando a Gaal. Oía el sonido de la espesura agitarse; no era el viento, era como si algún animal estuviera siguiéndolo y acechándolo a través de la espesura. De vez en cuando oía una especie de risa muy aguda en las copas de los árboles «jijujuji». Parecía como si alguien o algo estuviera riéndose de él, burlándose del terrible destino que le esperaba.
El pequeño no pudo aguantarlo más y corrió, corrió por el bosque, tropezándose varias veces en su huida de aquel siniestro lugar y rasguñándose sus rodillas con cada caída. Finalmente vio un claro, no podía correr más así que decidió descansar ahí.
Gaal lloró por su nefasta suerte y su terrible destino. No podía creer que ya nunca volviese a ver a su madre, ni a sus amigos, ni al viejo druida… Moriría presa de cualquier animal salvaje del oscuro bosque y nadie podría encontrarle. No sería el primer habitante de la aldea que sufriría ese destino, muchos niños como él se habían internado en el bosque de noche y jamás salieron. No pudieron encontrar sus pequeños cadáveres, muchos habitantes piensan que fueron devorados por algún depredador como los lobos, la aldea sabía que había una gran manada de lobos sanguinarios en las cercanías del bosque. Por otro lado, los más ancianos especulaban de la existencia de un grotesco y malvado monstruo, que se alimentaba de los niños desobedientes que se atrevían a ir al bosque de noche. También decían que, si se ponía la suficiente atención, se podían oír las almas de los niños llorando y lamentándose por nunca poder regresar a la aldea que los vio nacer, condenados a vagar por siempre, en la oscuridad del bosque.
Se pasó una hora llorando en aquel claro cuando volvió a oír esa agitación en la espesura de los árboles... Y a esa aguda y estridente risa «jijujuji», que parecía estar riéndose burlonamente de él y de la trágica muerte que le esperaba. A pesar de su visión nublada por las lágrimas, pudo ver en la espesura algo que le heló la sangre y lo paralizó de terror.
En la copa de uno de los numerosos árboles, que rodeaban el claro donde se encontraba, pudo ver dos enormes ojos verdes, parecidos a los de un felino, mirándolo fijamente, como acechándolo. Debajo de esos penetrantes ojos se dibujó una brillante sonrisa de colmillos afilados como cuchillas y lo peor… teñida de sangre.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Relato - Preparación

En la aldea el ambiente estaba tranquilo. Los niños pequeños estaban jugando  bajo la atenta mirada de sus madres, los niños mayores jugaban y de vez en cuando hacían alguna travesura, los hombres trabajaban  para hacer prosperar la aldea… Lo típico y usual de cada día.
Un chico corría alegremente con algo en sus manos hacía la cabaña más grande y más extraña de la aldea para ver a su amigo. El interior de la cabaña estaba iluminado por unas pocas velas y  en sus estantes estabas puestos diversos frascos de los más variados colores y formas. Olía un olor extraño, pero relajante por los múltiples inciensos.  También había un enorme caldero que rezumaba un líquido burbujeante y humeante de un extraño color anaranjado.
En el fondo de la misteriosa cabaña había una percha, donde reposaba una enorme lechuza blanca que le miraba con sus grandes ojos. El chico fue hacia ella.
— ¡Hola, Orzu! —dijo con una animada voz infantil—. Te he traído un regalo.
El chico abrió sus manos revelando su contenido,un pequeño cadáver de un ratón gris, que el mismo había cazado recientemente con su pequeña cerbatana.
La vieja lechuza lo miró y lo agarró con su pico, después inclinó un poco hacia abajo su cabeza, como si estuviera agradeciendo el obsequio. Inmediatamente se dispuso a comérselo tranquilamente.
De repente el infante oyó una puerta de la cabaña abrirse y unos pausados pasos acompañados de una afable voz que sonaba en tono de reproche.
—Gaal, muchacho. Si le sigues dando de comer tanto  al viejo Orzuelo, le voy a tener que conseguir una percha más resistente —dijo la voz.
Gaal miró hacia la puerta que daba al exterior  de la cabaña. Apareció un anciano de ancha estatura, de alegre rostro que lucía una larga y grisácea barba que le llegaba casi hasta su cintura. Vestía una túnica de un color azul marino atada con un cordel,  en el cual llevaba una hoz de oro y un pequeño saco de tela marrón. Tenía un racimo de muérdago en la mano.
—Aunque claro… Yo tampoco soy nadie para hablar de eso —dijo el anciano alegremente, entre risas, mientras se daba palmadas en su gran barriga.
El chico lo miró con una gran sonrisa y corrió hacia él.
— ¡Hola, Druida Refireo! —exclamó el niño—. Te estaba buscando.
El pequeño Gaal esperó pacientemente a que el druida dejase en una vieja mesa loque había recolectado en el bosque y se sentara en su sofá, soltando un sonoro suspiro de agotamiento.
—Lo siento, hijo, fui a recoger muérdago y otras cosas. Porque en días como este el muérdago…
—…es un poderoso contraveneno —continuó Gaal  la frase antes de que Refireo pudiese acabarla.
El anciano soltó una carcajada y esbozó una pequeña sonrisa.
—No esperaba menos de mi mejor alumno y ayudante.
Efectivamente, el druida era unos de los pocos sabios ancianos de la aldea que daban clase a los niños. Por su parte, él era el encargado de enseñar a los niños a leer y escribir aparte de las enseñanzas más básicas sobre la naturaleza. Refireo siempre defendía la idea de que vivir en una aldea no significa forzosamente que sus habitantes tengan que ser unos bárbaros sin cultura. La labor de los sabios de la aldea era enseñar a los niños nociones de la vida, por si querían marcharse de la aldea cuando fuesen adultos para buscar su propia suerte.Esto era beneficioso para la aldea, ya que los habitantes que se marchaban,a veces volvían de visita con recursos como alimento que no podían conseguir, telas exóticas, juguetes para los más pequeños, libros (objeto que Refireo apreciaba bastante), etc.
De todos los niños a los que el viejo Refireo daba clase,Gaal era el más aventajado, por eso a veces le ayudaba al druida acompañándole al bosque, para reunir ingredientes para sus brebajes y medicamentos.
El viejo Refiero, aparte de maestro de los pequeños, era a la vez el druida de la aldea. Su misión no era otra que crear pócimas y medicamentos para curar a los aldeanos o cualquier otra cosa.
El anciano habló al cabo de unos segundos de silencioso descanso.
—Oye, hijo. En unos días cumples diez años, ¿verdad? —dijo Refireo.
—Sí, sí —dijo el pequeño—. ¿Qué me tienes preparado, druida Refireo?
 Después de unos segundos en silencio, el druida miró atentamente a Gaal y dijo:
—Una tarea muy importante —dijo finalmente el anciano.
Gaal soltó un enorme resoplido de decepción. Iba a protestar pero, antes de que pudiese hacerlo, el druida levantó su mano y rió entre dientes.
—Un momento, muchacho. Antes de que me muerdas, te diré algo. Esta tarea tiene recompensa y una muy especial.
— ¿Qué es? ¿Qué es? —dijo el pequeño brincando en el sitio.
—Te la mostraré cuando realices esta tarea. Esta noche ven a mi cabaña y te daré instrucciones. Pero primero pídele permiso a tu madre, tampoco tengo la intención de asustarla… Oye, Gaal, ¿eres un chico valiente? —le dijo Refireo, echándole una mirada desafiante.
— ¡Podría vencer a cualquier malvada bestia sin esfuerzo! —dijo Gaal, hinchando el pecho de orgullo y con soberbia.
—Pues venga, ve y prepara tus cosaspara la aventura de esta noche —dijo el druida con un gesto.
El chico se marchó de la cabaña, corriendo para llegar pronto a su casa y pedirle la autorización a su madre. El druida le vio marcharse y con un fuerte suspiro se dijo a sí mismo:
—Confío en que salga bien…