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martes, 21 de marzo de 2017

Relato - El gran colapso Parte 3

Jaén. Sábado, 17 de marzo de 2035

            Son las 5:00, las nubes cubren la luna y las estrellas. Es noche cerrada. En medio de la oscuridad de la noche en un piño de Peñamefecit, Luis Rodríguez revisa su mochila y se asegura de que lleva todo lo necesario. Por un momento duda, mira la pared, en la que hay colgada una bandera española roja y gualda, deshilachada por el viento y el uso, la misma bandera que llevó durante meses en la Sierra de Cazorla, atada al cuello. La misma bandera con la que entró en la ciudad hace unos meses. No puede creer que, después de años de guerra y penurias, tenga que marcharse ahora, justo cuando han entrado “los suyos” en la ciudad.
Cuando toda esta locura empezó él se refugió en el monte, en un viejo cortijo abandonado de la Sierra de Cazorla. Allí había instalado un pequeño huerto e incluso tenía un cultivo de algas por si alguna de las múltiples facciones se hacía con armamento nuclear y la tierra se volvía radiactiva. Era autosuficiente, tenía paneles solares y energía hidroeléctrica para que funcionara su hogar. Con sus conocimientos de herboristería había podido hacerse una farmacopea adecuada para casi todas las dolencias comunes y había tenido la fortuna de no caer presa de ninguna enfermedad grave. Unas cuantas gallinas y un perro que las vigilaba le proporcionaban alimento y la caza, las setas comestibles que conocía bien y las frutas del bosque mediterráneo complementaban su dieta. Armado con su vieja escopeta de caza y con un Land Rover con el depósito listo por si había que huir, nada tenía que temer él de los rojos o de los moros. Sin embargo al conocer las atrocidades que se habían producido en Jaén, algo removió su conciencia y se unió a la guerrilla nacionalista.
Cuando Jaén fue liberada sintió una alegría tremenda. Él estaba en una de las compañías que con más valentía se batió contra los moros. La batalla fue dura y muchos de sus camaradas perdieron la vida. Gente muy aguerrida y bregada en combate, como el mítico Hernán Pérez, que después de tanto tiempo tras las líneas enemigas, caía abatido finalmente cuando se producía el asalto final. Sin embargo después de mucho sufrimiento habían ganado los suyos. Pero... ¿quiénes eran los suyos? Una amalgama de fascistas, nacionalsocialistas, falangistas... y gente sin adscripción política concreta, que se definían simplemente como nacionalistas o patriotas. Con la gente formada y con los idealistas convivían canis, skinheads, hooligans futboleros y gentuza de todas clases unidos sólo por la bandera rojigualda y por el odio al islam. No había mucha consistencia ideológica, era simplemente la gente del palo, como se solían llamar entre ellos. Luis no estaba muy a gusto entre ellos, pero en tiempos de guerra no podía andarse con remilgos.
Tras la “liberación” de Jaén, se había instaurado una nueva dictadura. Jaén pasaba a estar ahora bajo el control de la República Social Española. Tras la etapa comunista e islámica, la gente de Jaén recibió a los nacionalistas como libertadores y de hecho en un primer momento, gracias a los suministros de grano procedentes de Ucrania, la entrada de los nacionalistas supuso un alivio para la situación de miseria de la ciudad. En la nueva España del Líder Manuel Montañés de Saavedra, ningún español sin techo y ningún techo sin pan. La propaganda era clara: “ayudas sociales para los nacionales” y “los españoles primero”, repetían unos y otros como papagayos. Las mujeres quemaron los niqab que la época islámica les había impuesto en la Plaza de Santa María y un sargento nacionalista, que llevaba un parche con el Sagrado Corazón de Jesús sobre la guerrera, subía con un pelotón a la torre más alta de la Catedral derribando la media luna islámica y gritando “Viva Cristo Rey” a la población allí concentrada. Las campanas, que habían sido retiradas durante la época islámica, volvían a colocarse y se tañían con más fuerza que nunca para anunciar la victoria nacional. Jaén volvía a ser tierra cristiana.



Pero en los primeros días de la “liberación” de Jaén, además de himnos patrióticos y de banderas rojigualdas colgadas en los balcones, se vivieron momentos no tan heroicos como la propaganda decía. El barrio de Peñamefecit había sido un bastión controlado por las bandas latinas, ni los rojos ni los moros habían podido someter a Osvaldo Mendoza, el capo colombiano de la droga que se había hecho con el control. Pero los nacionalistas se habían propuesto “hacer limpieza” así es que varios escuadrones entraron en el barrio a sangre y fuego. Luis iba en uno de esos escuadrones y no se contentaron con matar a los latinkings, cualquier sudamericano con rasgos indígenas era un objetivo. Gente que llevaba décadas viviendo y trabajando en Jaén, sin meterse con nadie, fue linchada y asesinada. Kevin Hernández, un cubano mulato que había venido a España huyendo del régimen castrista, que había tenido que esconderse durante el gobierno comunista porque estaba señalado como gusano y después había sido detenido y torturado, estando a punto de morir, durante la dominación islámica por practicar la santería, había acudido con ilusión a recibir a los “libertadores” nacionalistas. Alguien como él, anticomunista y perseguido por los musulmanes ¿qué tenía que temer? Sin embargo para los “libertadores” él era sólo un “sudaca de mierda” y le dieron una paliza que le dejó en silla de ruedas. La misma suerte corrió Bashir Benhassan, un cristiano caldeo que vino huyendo de Iraq cuando los integristas del Califato se dedicaron a perseguir nazarenos, que había tenido problemas durante el régimen comunista por ser un nacionalista árabe convencido y que durante la ocupación islámica había tenido que ocultarse de nuevo. Ahora, después de tantas penurias, esperaba que los nacionalistas que “liberaban” el barrio lo recibieran como un camarada, pero ni siquiera tuvo tiempo de contar su historia. En cuanto el primer patriota social lo vio, disparó a bocajarro y exclamó: “me he cargado otro moro”.
Luis no era como toda esa gentuza y estaba harto de ellos. Él era un nacionalista convencido pero no odiaba a los negros, ni a los moros ni a nadie, simplemente defendía lo suyo. Estaba cansado de compartir trinchera con farloperos que se metían rallas delante de carteles de propaganda con la frase “Juventud Libre de Drogas”, de “patriotas” preocupados porque la cultura española estaba amenazada que sin embargo no sabían escribir el castellano sin faltas de ortografía y a duras penas podían señalar los ríos y los montes de España en un mapa, de nacional-delincuentes que no se diferenciaban mucho de sus enemigos salvo por la simbología. Luis había leído a José Antonio Primo de Rivera, a Ramiro Ledesma Ramos, a Benito Mussolini, a Adolf Hitler, a Oswald Spengler, a Julius Évola, a Ramón Bau... pero sus camaradas sólo leían el Marca, con suerte. Era evidente que no pintaba nada allí.
Sus opiniones y sus críticas habían llegado a oídos de sus superiores, que habían mirado para otro lado. Luis comprendió que todo era propaganda y que al final “los suyos” era unos pandilleros más que en medio del caos se habían visto con poder. Sus jefes, esos moralistas ultraconservadores, se drogaban y se iban de putas cada fin de semana. En el burdel no tenían reparos en follar con negras o con “panchitas”, como llamaban despectivamente a las sudamericanas. Después de décadas hablando de la corrupción de la democracia, el nuevo alcalde desviaba fondos para pagar las obras de sus chalet. La República Social Española no era el ideal nacional que él se había imaginado, sino un retorno a la caspa, a la España de pandereta, de sacristía y Semana Santa. Para él, que era pagano, resultaba incomprensible ver a tanto camarada al que se le llenaba la boca con su odio a los judíos, rezándole precisamente a un carpintero judío. Los gitanos, a diferencia de las demás minorías étnicas, no habían sido molestados. Las nuevas autoridades se habían entendido con ellos a cambio de la paz y los consideraban gitanos españoles. Tal vez tuviera algo que ver en ello que muchos patriarcas fuesen los camellos de más de un dirigente nacionalista o tuvieran negocios turbios con ellos. Casi un siglo después, poco se diferenciaba aquello de la España de Franco. Parecía que los españoles estuvieran condenados a repetir siempre la historia y a cometer los mismos errores una y otra vez.
Pero no era sólo el desencanto lo que motivaba a Luis a marcharse. En un intento por cambiar las cosas había “tocado los huevos” a demasiada gente y las puñaladas entre camaradas eran bastante más comunes que con enemigos. Muchos habían empezado a acusarle de traidor, le llamaban falanguarro y le acusaban de haberse vuelto un rojo. Querían quitárselo de en medio. Volverse al monte era lo más sensato.
Al salir a la calle, una pintada con una cruz céltica y la leyenda zona nacional le recordaba que este barrio había sido tomado por “los suyos”. Los restos de sangre de la acera, en el lugar en el que sus camaradas habían dejado paralítico a Kevin Hernández, le recordaba que aquella gentuza, desde luego no eran nada suyo. Callejeó por el barrio y llegó a la Avenida de Barcelona. Un grupo de camaradas rapados, con camisetas que rezaban Defend Europe (muy patriotas, pero el nombre estaba en inglés) patrullaban las calles con un brazalete rojinegro con el yugo y las flechas. No había dado tiempo a recomponer la policía y eran skinheads los que patrullaban las calles y hasta dirigían el tráfico. Al verlo le dieron el alto y le pidieron la documentación. Cuando enseñó su cartilla militar, que el acreditaba como alférez provisional, aquellos hombres lo saludaron con el brazo en alto y le dejaron continuar con un “Arriba España” como único comentario. Luis llegó a uno de los callejones cercanos al parque de Las Flores, frente a las ruinas de la antigua iglesia del Salvador, convertida en cenizas durante la dominación musulmana.
Luis se coloca el casco y se sube a su Ducati de 125. No es exactamente suya, era de un ecuatoriano, uno de los hombres de Osvaldo Mendoza que puso pies en polvorosa al llegar los nacionales. Botín de guerra. A estas horas apenas hay tráfico, por lo que en poco tiempo llega al barrio de La Alcantarilla. Una última mirada a la ciudad que deja atrás y a la España nacional y toma la vieja Carretera de Otíñar hacia el Puente de la Sierra. Mientras conduce piensa que algún día acabara toda esta locura que le ha tocado vivir, pero que para cuando eso pase tal vez él sea ya demasiado viejo.

jueves, 23 de febrero de 2017

Relato - El gran colapso Parte 2

Medina Yayyan. Yawmath-thalatha' 11 Shawwal del año 1452 de la Hégira

Son las 7:15 a.m., los gritos del almuédano llamando a la primera oración del día resuenan en el Bulevar desde la mezquita del barrio, la antigua iglesia dedicada a San Juan Pablo II. La Shurta, la policía islámica, patrulla las calles para mantener el orden. A penas un año y medio había durado la ciudad de Jaén en poder de la República Popular Española cuando otra de las múltiples facciones que se disputaban el territorio de lo que antes era España se hizo con el control de la misma. Las guerrillas islamistas en España apenas habían tenido relevancia más allá de aprovechar el caos para llevar a cabo algún atentado, pero el gobierno español había mirado para otro lado cuando el capital saudí financiaba mezquitas salafistas y eran nombrados imanes radicales. Ningún gobernante, en aquella España dominada por la corrección política, quería ser tachado de racista o islamófobo.Para cuando se dieron cuenta de lo que sucedía, era demasiado tarde.
En un primer momento, los comunistas consideraron a los muyahidines como “aliados antifascistas”, sobre todo en Andalucía, donde una gran parte de la izquierda era nostálgica del pasado andalusí. Los grupos independentistas andaluces se habían integrado dentro de la confluencia popular, pero una parte de ellos, formados por conversos al islam de la Liga Morisca, se radicalizaron cada vez más y su líder, Ahmed Benjumea, que presumía de ser descendiente de los Omeyas, había solicitado ayuda a grupos armados del norte de África. Cuando el islamismo radical se hizo con el poder en Marruecos se establecieron “amistades peligrosas” entre los grupos independentistas andaluces y los islamistas y finalmente, tras una insurrección en Granada, se proclamó al rey de Marruecos como emir de al-Ándalus, provocando que un ejército expedicionario cruzase el estrecho de Gibraltar. Esas tropas habían llegado finalmente a tomar Jaén. La bandera de la República ha sido arriada en la Plaza de Jaén por la Paz y en su lugar ondea una siniestra bandera negra con la Shahada.


Como cada mañana Hernán Pérez salía a la calle a buscar algo de comida. Apenas quedaban suministros en la ciudad y los pocos que llegaban iban a parar a los soldados marroquíes y los guerrilleros andalusíes (españoles conversos al islam) o procedentes de Oriente Medio, que habían acudido a la Jihad. Ahmed Benjumea había sido nombrado hachib de al-Ándalus, jefe del gobierno a las órdenes del emir, y la Shariah había sustituido a la Constitución. En Jaén, ahora llamada Medina Yayyan, había sido nombrado zalamedina Ibrahim Benyusuf, que gobernaba la ciudad con mano de hierro apoyado por las tropas magrebíes. Hernán Pérez era un joven nacionalista, había tenido que permanecer oculto durante el gobierno de los rojos y ahora debía ocultarse también de los moros. En su juventud había sido un “bala perdida”, un ultra del Real Jaén, detenido en varias ocasiones por participar en peleas, vinculado a la extrema derecha. Ahora era uno de los que, en territorio enemigo, intentaba liberar España de la ocupación.
Hernán mira a ambos lados de la calle, se desplaza silencioso, cubriendo su rostro con unas bragas y la capucha de la sudadera Lonsdale que lleva bajo el abrigo. El frío es su aliado. Bajo su sudadera, el correaje militar de su pistola HK USP de 9 mm Parabellum sobre el polo Fred Perry. Pantalones vaqueros y zapatillas Addidas por si hay que correr o pelear. En el cuello, camuflada entre la ropa, una medalla de la Virgen de Zocueca, patrona de Bailén. Hernán tiene un sexto sentido para detectar a la Shurta, la huele a kilómetros con la experiencia de quien ha sido hooligan y delincuente antes que soldado. Gracias a eso, aún sigue con vida. Nadie le ha visto, sube a su furgoneta y pone rumbo al Polígono de los Olivares.
En una de las calles del polígono industrial, Hernán queda cada martes con Fermín Cortés, un gitano que se dedica al estraperlo, a las órdenes de Francisco Heredia. Los gitanos siempre han vivido al margen de la Ley, pero desde que se produjo el Gran Colapso esto se ha intensificado todavía más. Ni los rojos, ni ahora los moros, se meten en sus negocios, a cambio de que los patriarcas mantengan el orden en sus barrios. El zalamedina sabe que se dedican al contrabando, que venden drogas y alcohol, lo cual está terminantemente prohibido en la ciudad desde que los soldados de Alá la tomaron. Sin embargo hace la vista gorda, prefiere que haya cierto comercio clandestino antes de que la gente se vea obligada a robar y él tenga que aplicar todo el rigor de la Ley Islámica con los ladrones. Demasiados mutilados hay ya.
Ni el euro, ni la peseta acuñada por el gobierno comunista ni ninguna otra divisa valen ya absolutamente nada en esta situación de caos. La moneda oficial en el emirato es el dinar andalusí, pero tampoco circula. La gente intercambia con sal, gasolina o con metales preciosos, sobre todo oro y plata. Las viejas monedas de plata conmemorativas son ahora moneda de uso corriente. El valor nominal no importa, sólo su peso en plata.
—Ya pensaba que no vendrías —dijo sonriendo el gitano al ver llegar a Hernán.
—Perdona, quería asegurarme de que nadie me seguía, ya sabes que la cosa está revuelta… —respondió Hernán.
—Ya ves, ¡cualquiera se fía de los malajes estos de los moros! —respondió el estraperlista, para al que tanto daba estar regido por unos o por otros mientras él pudiera hacer sus negocios.
—Sí… ¿tienes lo mío? —dijo Hernán sin más dilaciones, pues no tenía mucha más simpatía por los gitanos, los mismos que de pequeño le habían atracado más de una vez, que por los moros. Pero más valía malo conocido.
—Si hombre, como siempre —dijo el gitano al tiempo que sacaba un par de bolsas con fruta, pasta, galletas y latas de conservas.
—Parece que está todo —afirmó Hernán revisando las bolsas.
—¡Ay no verlo! Pos claro que está to, ¡que yo soy de fiar! —respondió haciéndose el indignado Fermín.
—Ya… aquí tienes lo acordado —dijo Hernán sacando del bolsillo un par de monedas de plata de 100 pesetas de la época de Franco.
—Bueno, me vas a tener que dar otra monedica, payo, que es que el género está más caro que antes —trató de regatear el gitano.
—Te voy a dar una polla que te comas, dijimos dos monedas y eso es lo que hay, a ver si ahora no vas a tener palabra —respondió Hernán, mirando fijamente al gitano a los ojos, demostrando que a estas alturas ya no tenía miedo de un simple estraperlista, por mucho que fuera un hombre de uno de los patriarcas más peligrosos de Jaén.
—Bueno, bueno, no te pongas asín… -dijo el gitano finalmente, aceptando el trato.
—No podemos quedarnos de cháchara, la primera oración de los moros acabará pronto y la Shurta hará la ronda por los polígonos, esto se va a llenar de follacabrasde un momento a otro, ya hablaremos esta semana —dijo finalmente Hernán, extendiendo su mano.
—Ve con Dios, payo —respondió Fermín, estrechándole la mano.
Fermín Cortés se quedó mirando las monedas que le había dado Hernán. Francisco Franco Caudillo de España por la Gracia de Dios. 1966. Con Franco, con Juan Carlos I, con Felipe VI, con Pablo Iglesias o ahora con los moros, los tipos como él siempre acababan haciendo negocio. Poco le importaba a él esta guerra entre payos. Él vivía en el Polígono del Valle y el barrio estaba bajo el control de su patriarca y era un refugio para toda la escoria que había escapado de Jaén-2 cuando entraron los moros, porque no todos eran presos políticos de los rojos. Otra buena parte de la chusma había acabado en Peñamefecit, donde Osvaldo Mendoza, un capo colombiano de la droga, se había hecho con el control. Francisco Heredia y Osvaldo Mendoza se respetaban y cada uno tenía su zona, ni los rojos ni ahora los moros se metían en aquello, no por falta de ganas, sino más bien de efectivos. Fermín Cortes servía de enlace entre los payos y los payos ponys, como solían decir en su jerga.
Hernán metió las bolsas de comida en su furgoneta y siguió conduciendo. Tenía una nave en el polígono, aparentemente abandonada, en la que los nacionalistas solían reunirse de manera clandestina por la noche para planificar qué acciones de sabotaje o subversión debían llevarse a cabo en la ciudad. Hernán era el jefe de los insurgentes y recibía las órdenes directamente desde Alcalá de Henares, la ciudad en la que los nacionalistas se habían hecho fuertes y donde estaba su líder, Manuel Montañés de Saavedra. Mientras conducía, Hernán recordaba el horror de la ocupación mora de la ciudad hacía unos meses.
Al no tener defensas, tras unas cuantas escaramuzas entre los milicianos y los muyahidines, Jaén se había declarado ciudad abierta. Esta rendición no sirvió para aplacar la brutalidad de los islamistas, que entraron en la ciudad matando a todo aquel que estuviese en la calle y saquearon el Museo de Arte Ibérico y el Museo Arqueológico Provincial. Después de eso asaltaron y quemaron el Camarín de Jesús y destrozaron la imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno. La popular figura del Abuelo era para ellos un ídolo de los kafir y debía ser destruido. La imagen de la Virgen de la Capilla fue arrastrada por las calles de Jaén y ultrajada. El Palacio Episcopal también fue asaltado y reducido a cenizas. El obispo de Jaén, encarcelado durante el gobierno comunista, logró escapar camuflado entre los refugiados que marchaban hacia el norte. Todas las iglesias que no fueron quemadas, fueron consagradas al culto islámico. La Catedral se convertía ahora en la Mezquita Aljama.
Miles de mujeres fueron violadas, incluso niñas. Cualquier hombre que trató de impedirlo fue decapitado. Las sedes de las principales cofradías cristianas fueron asaltadas e incendiadas, pero también las tascas, los bares, los pubs, las discotecas… así como los casinos o cualquier lugar en el que se llevaran a cabo actos considerados haram. La fábrica de Cruzcampo fue incendiada, los estancos fueron asaltados y se destruyeron todas las botellas de alcohol y los paquetes de tabaco que se encontraron en una gran hoguera. Muchos homosexuales fueron torturados y asesinados, arrojándolos desde los edificios más altos o ahorcándolos en grúas.Las mujeres fueron forzadas a salir con niqab y siempre acompañadas de un varón. Las que se negaron fueron lapidadas o azotadas hasta la muerte. Pocos días después de la ocupación de la ciudad una mujer había muerto después de recibir cien latigazos. ¿El motivo? Haber tenido la osadía de conducir para llevar a su hijo enfermo al hospital. Cientos de perros habían sido sacrificados, pues el islam prohíbe tenerlos. Cuando, con lágrimas en los ojos, algunos intentaron evitar que los soldados se llevaran a sus mascotas, fueron asesinados sin compasión.Las feministas como Consuelo Guerrero tuvieron que exiliarse, la Universidad de Jaén es ahora una madraza y los Estudios de Género han sido sustituidos por Estudios Islámicos.
La brutalidad no había cesado tras la ocupación, hacía unos pocos días diez personas fueron decapitadas en la Plaza de Santa María, ahora llamada Plaza de Maryam, por celebrar San Antón. El vino y la carne de cerdo ofenden al Profeta y no pueden tolerarse.Al recordar todo aquello, Hernán sentía una profunda rabia interior. Merecía la pena luchar, a pesar del riesgo, a pesar del tremendo peligro que corría. No sabía nada de su familia desde hacía meses, desde que los rojos los habían detenido. Puede que los hubieran matado, pero él seguía creyendo que aún vivían, que se encontraban en alguno de los Centros de Reeducación, como eran llamados los campos de concentración comunistas. Pero ni todas las atrocidades juntas que había llevado a cabo el gobierno de Pablo Iglesias se podían comparar con las que estaban produciéndose ahora.
Sumido en aquellos pensamientos, Hernán llega a una vieja gasolinera abandonada de la Carretera de La Guardia. Ahí le está esperando un hombre de aspecto peligroso, AlekseyPetrenko, un agente de los servicios secretos ucranianos. Desde el Gran Colapso, Europa Occidental es un gran tablero de ajedrez en el que varios gobiernos extranjeros mueven a las distintas facciones como a sus peones. El gobierno comunista recibe apoyos de Cuba, Venezuela, Bolivia, Uruguay y de los partidos comunistas de otros países, es un secreto a voces. También lo es que los islamistas reciben apoyo de Arabia Saudí, Qatar y otras monarquías del Golfo Pérsico, y por supuesto del Califato. Abu Bark al-Baghdadi ha dejado de ser considerado un terrorista y ahora muchos gobiernos europeos han enviado un embajador a Raqqa y lo reconocen como Califa. Así mismo, los gobiernos conservadores del este de Europa, como los de Ucrania, Polonia, Serbia o Hungría, apoyan a los nacionalistas españoles.
—Hola, ¿Qué tal?
—Saludos, camarada —responde Aleksey con su marcado acento del este.
—¿Tienes las armas? —dice Hernán, después de estrecharle la mano.
—Sí —afirma Aleksey abriendo el capó de su coche y dejando a la vista varios estuches.
Hernán abre uno de los estuches y ve que dentro hay un Kalashnikov. Cuenta los estuches, hay un total de quince. Son pocas armas, pero él tampoco tiene muchos más hombres disponibles.
—Parece que es todo correcto —dice finalmente Hernán.
—El gobierno de Alcalá ya ha efectuado el pago, tú sólo tienes que preocuparte de esconderlas y esperar órdenes —le confirma el ucraniano.
—Lo sé, tengo un cortijo discreto en el que puedo ocultarlos, no creo que los moros lo conozcan —le aclara Hernán.
—Eso espero… en unos días tendrás noticias del polaco, hasta entonces procura tener cuidado —le aconseja Aleksey.
—Descuida, sé cuidarme —dice sonriendo Hernán.
—Bien, he de marcharme. Arriba España —se despide de forma seca el ucraniano.
—¡Arriba! —responde Hernán, estrechando su mano.
Hernán carga los estuches en la furgoneta y se marcha de aquel lugar apartado. Conduce evitando las carreteras principales y los controles de la Shurta, los guerrilleros andalusíes o el Ejército marroquí. El corazón le late a mil por hora, sabe que si se encuentra con algún control de carretera está perdido. Pero conoce bien estos senderos. El hombre al que espera dentro de unos días es Igor Brzozowski, sargento del Ejército polaco que ha sido enviado para adiestrar a los guerrilleros nacionalistas españoles. Llega al medio día al cortijo, se asegura de que no hay peligro, y finalmente oculta las armas en un viejo pozo.
Hernán regresa a casa con la comida. Debe tener suficiente para no tener que volver a salir en toda la semana. Sabe que los moros están detrás de sus pasos, por lo que cada cierto tiempo va de un piso franco a otro. En el que se encuentra ahora parece seguro. No tiene luz ni agua caliente, tampoco teléfono, ni Internet ni ninguna forma de comunicarse más allá de los datos de su móvil y el grupo cifrado de Telegram por el que recibe las órdenes. Pasa el resto de la tarde haciendo ejercicios para mantenerse en forma y después una ducha de agua fría que estremece su cuerpo. En esta fría tarde de invierno maldice mil veces a los moros cuando la gélida agua cae sobre su piel. Pero es lo que hay, al menos ha de dar gracias porque no han cortado el agua en el edificio y aún puede ducharse, aunque sea con agua fría. Cae la noche y a la luz de una vela, Hernán lee unas cuantas páginas de Nueva Ética Revolucionaria de Pedro Varela hasta que finalmente el cansancio puede con los nervios y la tensión de llevar mesestras las líneas enemigas. Cierra los ojos mientras imagina una segunda Reconquista de España y piensa que los tipos como él, dentro de siglos serán recordados igual que don Pelayo o el Cid Campeador. Con ese pensamiento logra conciliar el sueño. Ha sobrevivido un día más.

jueves, 19 de enero de 2017

Relato - El gran colapso Parte 1

Jaén. Martes, 22 de enero de 2030

El ruido de un motor rompe el silencio sepulcral de esta fría noche invernal. Son las 3:05 de la madrugada y una furgoneta avanza por las calles de la Urbanización Azahar, despertando a Alberto González de su ligero sueño. Hace semanas que no puede dormir del tirón, que cualquier ruido le hace ponerse alerta. Y con razón. Sus padres fueron detenidos hace poco y nada sabe de ellos, lo más probable es que se encuentren en alguna cuneta de la carretera de Fuerte del Rey. Su hermana mayor, Andrea, estaba de Erasmus cuando comenzó toda esta locura y sobrevive como puede en un piso de estudiantes de Wroclaw. En Polonia, el gobierno conservador ha conseguido mantener el control del país. Europa del este, a duras penas, pero se mantiene a flote en medio del Gran Colapso.
Alberto tiene 20 años y nunca ha estado metido en política, pero su familia ya está “señalada” y eso le hace no poder dormir por las noches. Sabe que en cualquier momento le puede tocar a él y que una checa puede irrumpir en su casa y ponerlo todo patas arriba, como ocurrió cuando detuvieron a sus padres. Por suerte fue en Nochevieja y él estaba en el campo de un amigo, en el Puente de la Sierra. De haber estado en su casa seguramente también habría sido detenido. Nadie le notificó la detención. Fue a preguntar al Círculo de Seguridad Ciudadana (sucesor de lo que antes era el Cuerpo Nacional de Policía) y nadie le dijo nada. No constaba la detención de sus padres, deben haberlos secuestrado. Oficialmente se les considera desaparecidos, un viejo truco de todas las dictaduras. Según le dijeron sus vecinos, unos chavales borrachos se vinieron arriba en la celebración del Año Nuevo y decidieron ir “de caza”. Los valientes, los idealistas, las personas con honor están luchando en el frente. Hace tiempo que aquí, en la retaguardia, sólo quedan los cobardes, los oportunistas y la gentuza. Sus vecinos sólo le dijeron que llevaban estética red skin, camisetas de Non Servium, del St. Pauli y de los Bukaneros, los ultras del Rayo Vallecano. Eso sí, llevaban el brazalete con el círculo morado, por lo que posiblemente pertenecen a alguna de las asociaciones, sindicatos, partidos o colectivos que forman la confluencia popular. No sabe quién pudo ser, pero se lo imagina. A fin de cuentas, Jaén es muy pequeña.
¿El motivo de la detención de sus padres? Ninguno en concreto. Viven en las casas de Juan León, su padre es abogado y su madre era funcionaria hasta que fue purgada por actitudes antidemocráticas y discurso del odio. Tienen olivas, o tenían antes de la Revolución, ahora la tierra es para quien la trabaja. “Viva Andalucía Libre y Socialista”, “Tierra y Libertad”, decían los militantes del SAT cuando asaltaron su cortijo y golpearon a su pobre abuelo Paco. Su abuelo, que trabajó cargando cajas desde los 14 años en el mercado de San Francisco y heredó las tierras que llevaban años en su familia, era para ellos un “latifundista de mierda”. Él estudio en Altocastillo y su hermana en Guadalimar, y ahora estudian ADE y Derecho, respectivamente. Carreras claramente de pijos. Su padre es cofrade de la Virgen Blanca y simpatizante del Real Madrid. Son evidentemente una familia de fachas. La Casta. Era necesaria la justicia proletaria.
La furgoneta se detiene delante de la casa de Alberto González. “Es aquí”, dice quien la conduce. Un joven de 22 años, Daniel, que de pequeño jugaba al fútbol sala con Alberto en Las Fuentezuelas. A ambos les gustaba el rock y solían ir a los mismos bares. Eran buenos amigos, pero se fueron distanciando con el tiempo. No fue por política, más bien un asunto de faldas. Alberto siempre había sido más guapo, más simpático y gustaba más. Siempre tenía mejores regalos en Reyes y la novia más guapa. Una vez, en 2º de Bachiller, se encapricharon de la misma chica, Elena. Elena era el amor platónico de Daniel desde 2º de ESO y no pudo soportarlo. Elena siempre se había llevado bien con él, pero no lo quería de esa manera y estaba loquita por Alberto. “Seguro que es por su dinero”, “es una pija, que va de rebelde escuchando Extremoduro y Marea pero luego se compra zapatillas VANS”, “una pija calientapollas y él un facha de mierda”, se decía en su cabeza. Además Alberto tenía buenas notas y perspectivas de futuro mientras que él no tenía trabajo desde que acabó Trabajo Social. Aunque eso había cambiado con la Revolución. Ahora era Jefe de Grupo de las Brigadas Antifascistas (BAF), ahora sí que le respetaban.
De la furgoneta comienzan a bajar cuatro personas, con un pasamontañas y el símbolo de las BAF, el grupo de acción directa para combatir el fascismo, el racismo, la homofobia y el patriarcado. Desde el desmoronamiento del Estado, habían pasado de ser un simple grupo de pandilleros a convertirse en una milicia paramilitar. Iban bien armados y eran la autoridad. La Coordinadora Antifascista les había encargado limpiar las calles de Jaén y tenían gente vigilando las redes sociales y colaboradores en todos los institutos, centros de trabajo, facultades... eran lo más parecido a los servicios secretos de la recientemente proclamada República Popular Española. Daniel es el jefe, como demuestra su distintivo en la camisa morada que cubre con una Harrington. El ruido cerca de su puerta hace que Alberto se asome y ve que los guerreros antifas se disponen a entrar por la fuerza en su casa. “Mierda, los camisas moradas”, exclama en voz alta, mientras se viste a toda prisa y trata de salir por el patio de atrás. Pero Daniel lo tiene todo previsto, dos de sus hombres cubren esa zona. Ventajas de haber estado jugando tardes enteras al FIFA en aquella casa, se conoce todos sus recovecos. Alberto trata de escapar pero entre el miedo, la sorpresa y el frío, no es tan ágil como sus perseguidores, que no tardan en darle alcance. Caen las primeras hostias, al grito de “nazi de mierda”. Una bolsa negra cubre sus ojos y nota como lo llevan a rastras a la furgoneta.
Atado a una silla de pies y manos y aturdido, Alberto despierta en un lugar siniestro. No sabe dónde está, sólo hay una mesa con un flexo y macabras manchas pegajosas en el suelo. No es difícil adivinar que es sangre. Está seca, de varios días, pero quien estuviera antes que él en aquella silla, sin duda sangró como un marrano. Frente a él, un hombre de mediana edad, en mangas de camisa, con una Beretta 9 mm colgando del cinturón, le mira con ojos sádicos, relamiéndose en lo que va a suceder. Se trata de Ricardo Gómez Buendía, ex comisario de policía y ahora miembro del Círculo de Seguridad Ciudadana. Hombre puntilloso, en apariencia respetable, pero al que se le iba la mano. Siempre obediente a sus jefes, que ahora eran estos perroflautas a los que con tanto desprecio miraba hace unos años y que llamaban a los tipos como él “perros del Estado” en sus manifestaciones. Ahora el “Estado opresor” se había convertido en una “democracia popular participativa”, pero los nuevos amos necesitaban a los viejos perros, que sabían cómo hacer su trabajo por encima de consignas revolucionarias y retórica populista para las bases. Ricardo era un funcionario del Estado. No tenía eso que los románticos llaman ideología. A diferencia de los “niñatos” de las BAF, sabía bien cómo sonsacar a un detenido y se tomaba todo el tiempo que fuese necesario para ello. Al ver su placa, Alberto comprendió que estaba en los sótanos de la comisaría de Los Jardinillos... y que no saldría de allí con vida.
—Bueno, Alberto, esto será más fácil para todos si colaboras. Tenemos suficiente para llevarte a Jaén-2, pero de ti depende que tu estancia allí sea más o menos agradable... o que incluso no llegues a la prisión. Ya sabes lo que pasa, una fuga y los compañeros no tienen más remedio que abrir fuego...
—Yo no he hecho nada —respondió tembloroso Alberto.
— ¿Ah no? —le respondió Ricardo Gómez al tiempo que ponía delante de él varios folios de papel.
Era una recopilación de varios tweets escritos por Alberto hacía años. En uno de ellos se alegraba por el encarcelamiento del compañero Andrés Bódalo, mártir de la clase obrera que fue encarcelado injustamente tras un montaje policial. En otro, llamaba “terrorista” al compañero Alfons, que también había sido una víctima del Estado. En otro, llamaba “putos moros” a los terroristas del DAESH, tras un atentado. Un comentario islamófobo y racista intolerable. En otro criticaba que se abriese la frontera a los refugiados sirios. Otra muestra de xenofobia, racismo y odio al diferente. También había recortes de varias publicaciones suyas en Facebook bastante comprometidas. Por ejemplo, había compartido varias canciones de Beethoven R, un grupo que había sido clasificado como “heteropatrircal y misógino” por las compañeras de la Asamblea de Mujeres de Jaén por sus letras haciendo apología de la violación y su desprecio a la mujer. Sus discos estaban prohibidos desde el inicio de la Revolución.
La Asamblea de Mujeres de Jaén era parte de la Federación Estatal de Asociaciones Feministas, pero funcionaba de manera autónoma y horizontal, al menos en teoría. En la práctica su jefa era Consuelo Guerrero, una profesora de didáctica de las Ciencias Sociales de la máxima confianza de la Ministra de Igualdad, Rita Maestre. Consuelo, a pesar de que prácticamente no había dado clase a niños en su vida, se dedicaba a dar clase en el grado de Magisterio y en el máster de Profesorado de Secundaria, asegurándose de que sus alumnos se deconstruían de sus prejuicios eurocéntricos y machistas. Era implacable, capaz de suspender a un alumno por no utilizar el lenguaje inclusivo. Como en todos los demás colectivos, las feministas sensatas hacía tiempo que habían sido purgadas, acusadas de estar alienadas con el patriarcado, y las que partían el bacalao eran las histéricas y fanáticas, las de machete al machote, como Consuelo. La imagen de Simone de Beauvoir presidía su despacho en la UJA junto al lema Sororidad para la lucha, lucha para la emancipación.
      Pero lo más grave de todo era un comentario de 2028 en el que admitía que había votado a Ciudadanos en las elecciones de aquel año. Era un fascista, no cabía duda. Un fascista y un cuñado. Alberto se quedó callado. No sabía que decir ante aquello. El comisario Ricardo se encendió un cigarro y le echó el humo en la cara, sacándolo de su ensoñación. Se quitó la pistola y la dejó encima de la mesa y se remangó la camisa. Alberto temblaba de miedo y notó una sensación húmeda y caliente al mismo tiempo en la entrepierna. Se había orinado encima. Ricardo se echó a reír. Estaba claro que Alberto hablaría pronto. Una lástima, Ricardo tenía ganas de divertirse.
—Bien chaval, como ves estás bien jodido. Por menos de esto, hay gente en la cárcel.
—Sólo eran comentarios en twitter y en facebook... —se lamentó Alberto.
—Ya... bueno, hay dos maneras de hacer las cosas en la vida. Por las buenas, o por las malas. Así es que tú eliges. Sabemos que eres un quintacolumnista, que tienes contacto con los nacionalistas. Con peces gordos de verdad, no cuatro tontos como tú que escriben en Internet. Dinos dónde están.
—Yo... yo no estoy metido en política —respondió temblando Alberto.
—Vaya... veo que será por las malas entonces -dijo Ricardo, dando la primera bofetada a Alberto, que comenzaba a llorar nerviosamente.
El interrogatorio fue lento y penoso. Puñetazos, golpes en el estómago... el sadismo y la imaginación de Ricardo no tenía fin. Llevaba muchos años de servicio, su padre había sido guardia civil y le había contado cómo les apretaban las tuercas a supuestos miembros y simpatizantes de ETA en los años 90 del siglo pasado y Ricardo había aprendido bien. Ricardo había sido un chico conflictivo en su adolescencia, un bala perdida en la ESO, repetidor de varios cursos, que finalmente se centró, asentó cabeza y se sacó las oposiciones al Cuerpo Nacional de Policía. Con 15 años llevó a un compañero de clase, al que él y unos cuantos más le hacían bullying, a la depresión y a estar al borde del suicidio. Luego realizó su cruzada personal contra los ultras del fútbol y se dedicó sus primeros años de servicio en Jaén a freír con multas de 3.000 € a chavales de 20 años por el simple delito de sacar una bengala para recibir a su equipo. Tenía años de experiencia destrozando vidas ajenas.
Alberto se desmayó varias veces y fue despertado con cubetazos de agua helada. Hacía frío y Alberto temblaba en medio de la sangre, el sudor y los orines. El miedo era tal que no sólo se había meado encima, también se había cagado. Cualquier atisbo de dignidad había desaparecido en aquel oscuro sótano, ante la atenta mirada del retrato del Presidente de la República, el compañero Pablo Iglesias, franqueado por la bandera tricolor, que colgaba de la pared.


Después de varias horas, Ricardo por fin comprendió que Alberto no podía confesar aquello de lo que no tenía ni la más remota idea. El joven estaba lleno de moratones, quemaduras de cigarrillo y con la cara y los ojos hinchados por la tremenda paliza recibida. Si le seguía apretando las tuercas, el chaval empezaría a inventarse confesiones, al más puro estilo de los reos de la Inquisición. Era evidente que no sabía nada de ninguna quinta columna ni tenía nada que ver con los nacionalistas. Era un pobre desgraciado al que alguien se la había jugado y nada más. Uno de tantos que había probado las bondades del gobierno de la gente. Sea como fuere, la Comisión de Seguridad de la Coordinadora Antifascista, a instancias de las BAF, lo había dejado claro. Aquel facha tenía que morir. Así es que sin pensárselo más, Ricardo sacó su navaja y degolló al pobre infeliz, que gimió como un cerdo el día de San Antón en sus últimos estertores. Su mundo se acabó para él en ese sótano lúgubre en aquella fría madrugada. Después de todo no estaba metido en política, ni siquiera era una cuestión de ideología. Simplemente había tenido la mala suerte de despertar la envidia de quien no debía. Esa era la nueva política, tan parecida a la vieja que constaba diferenciarlas.