Mostrando entradas con la etiqueta Razhak. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Razhak. Mostrar todas las entradas

martes, 28 de febrero de 2017

Relato - Merecido

Cuando hundió el filo de la navaja en el estómago de ese muchacho, pensó que sentiría miedo. Sacar el arma no entraba en sus planes pero su razón se había visto envuelta en una siniestra neblina, y antes de que pudiera darse cuenta aferraba el mango y la hoja había agujereado la ropa y la piel de ese niñato como si de mantequilla se tratase.
Sintió unas gotas de sangre deslizarse por el dorso de su mano. La sintió cálida y espesa. Pensó que sentiría repugnancia, asco.
Pero no contaba con ese frenesí que la embargó. Cada gota era como una oleada de placer que la dominaba, la extasiaba y la absorbía. Sin vacilar y sin titubeos, giró con fuerza la navaja que aún se alojaba en el estómago del chico, haciendo la herida varias veces más profunda y ancha y dejó emanar el vitar líquido carmesí hasta que bañó su brazo.
Habría gritado, aullado a la luz de la luna, celebrado esa victoria como una bestia salvaje. Había saciado su orgullo. Había vencido según la ley del reino animal.
Pero ella no era un animal.
Había apuñado a aquel crío porque se lo merecía, porque su mera existencia le resultaba molesta, innecesaria. Tan fútil y banal que casi le había extrañado que brotase a borbotones sangre en vez de insustancial aire.
Así que lo único que hizo fue limpiar con sumo cuidado y dulzura la hoja de su apreciada navaja, darse la vuelta y dirigirse hacia la otra persona que había contemplado la escena. Una muchacha que no podía variar la expresión de sorpresa y horror el rostro.
La chica, cubierta de sangre, hace un gesto señalando al chico que yace en el suelo con un movimiento de cabeza.
            —Creo que eso es tuyo —le dice a la otra de irse.

martes, 31 de enero de 2017

Relato - Mía

La chica tomó a la otra muchacha por sorpresa y la aferró el pelo.
— ¿Quieres ser mía? —susurró—. No tienes ni idea de lo que implica ser mía
—Enséñamelo pues. No tengo miedo.
La chica que la estaba agarrando sonrió, casi con condescendencia.
—Mi mundo no es para ti. Yo quiero poseerte, poseerlo todo de ti. Serías lo que yo quisiera que fueses. Puede que la curiosidad haga que esto te atraiga, pero yo no quiero a una gatita curiosa, quiero a una perra sumisa con aires de tigresa a la que doblegar.
La otra joven no se acobardó. Se irguió y miró a la joven de traje y corbata que tenía delante. Ese aire arrogante y esa soberbia que hacía ver a todo el mundo quién tenía el control la excitaban. Notó su deseo humedeciéndola y se arrepintió de su arrebato de picardía al no haber querido usar ropa interior.
—No me asusta. Puedo satisfacerte de la manera en la que lo desees. Sólo tienes que pedirlo —afirmó sin desviar la mirada.
Y entonces, sin que la chica sin miedo supiera muy bien cómo, la otra mujer había soltado su pelo, le había dado la vuelta y la sujetaba de la nuca y la cintura, obligándola a inclinarse sobre el escritorio. Se sentía expuesta y vulnerable. Y excitada, muy excitada. Sus impuros impulsos casi resbalaban por sus muslos.
—Yo no tengo que pedir nada. Si de verdad te sometes a mi nada de lo que tengas que hacer será una petición. Yo sólo te comunicaré mis designios y apetencias y para ti serán órdenes.
Mientras decía todo esto, la muchacha del traje había introducido sus atrevidas y hábiles manos por la no menos atrevida falda de la otra mujer, que ahogó un gemido.
—Vaya… me temo que te he subestimado. Estás muy dispuesta. Creo que sería todo un despropósito por mi parte no satisfacerte. Pero dime, ¿podrás satisfacerme tú a mí?
—Sí, ama.                                                                              
—Cuenta, en voz alta. Si te quejas, lloras o dudas no te dejaré llegar hasta que lo crea conveniente. Y pueden pasar horas —advierte.

jueves, 12 de enero de 2017

Relato - Amigas

Jackie se giró y la miró muy seriamente, a los ojos.
—No puedo seguir aguantándolo. No puedo ver como haces planes de futuro sin contarme en ellos. No soporto oírte hablar de chicos que te tendrán entre sus brazos y saber que no seré yo.
La chica se quedó callada. Su gesto era de sorpresa.
—Pensaba... que eramos amigas, solamente, que no te importaba— musitó.
Jackie sonrió con condescendencia.
—Claro que me importa, todo lo que tiene que ver contigo lo hace. Y somos amigas, pero... no puedo posponerlo más. Quiero que salgas conmigo.
— ¿Cómo? No puedo. Somos amigas, buenas amigas. Lo nuestro no puede funcionar. Además, ¿qué dirían todos?
La muchacha se acerca y la mira. Siempre que estaban así Jackie sentía el impulso de dejarse llevar y besarla, pero solía contenerse, no sin esfuerzo.
—No tienen por qué enterarse, lo llevaremos en secreto. Nunca sabrás si puede funcionar si no lo intentas. Quizás salga bien. Y si no, aquí me tendrás. Nunca te dejaré sola.
Ella suspiró, azorada. No quería admitir que a veces veía su relación como algo bastante fuera del contexto de la amistad. Su amiga tenía cosas que a veces eran de todo menos amistosas.
— ¿Por qué no te rindes nunca?
Jackie sonrió con ternura.
—Porque eres la chica más increíble que he conocido. Cuando lloras, cuando ríes, cuando te enfadas... y porque es más lo que me arriesgo a perder si desisto. Lo siento, soy así. No puedo dejar de querer a alguien como tú.

martes, 27 de diciembre de 2016

Relato - La última noche

Solo se oían pasos en aquella estancia que ni siquiera había podido contemplar. Lo último que recordaba era una figura que había entrado como una exhalación a su dormitorio, la había golpeado para después cubrir su cabeza con un saco de arpillera.
El trayecto en coche había sido frenético. Y ahora se encontraba allí. A juzgar por como resonaban las pisadas de la otra persona la habitación debía ser pequeña. No parecía haber más personas además de ella y su captor.
De pronto sintió que los pasos se aproximaban y tensó el cuerpo. Fue una mala idea. Atada como estaba, de pies y manos, le dolieron todos los músculos al intentar moverse.La persona, que se había situado tras ella, le quitó el saco. La poca luz de la sala hirió sus ojos, que ya se habían acostumbrado a la oscuridad.
Estaba en una habitación pequeña, minimalista en materia de decoración. Parecía la habitación de un motel de baja categoría.
Fue entonces cuando la persona que la había secuestrado se mostró, situándose ante ella.Cuando vio su cara, pasaron muchas cosas por la mente de esa mujer atada en aquel dormitorio.
La sorpresa duró solo unos segundos y luego dio paso a una resignación tan acusada que casi le dio por reír puesto que, junto con todos los pensamientos que atravesaron su cabeza, se mezcló también una certeza aplastante.
«No voy a salir con vida de aquí»
—Ha pasado mucho tiempo —su captor comienza a pasear de nuevo por la habitación, hablando con calma—. Casi no recuerdo la última vez que te vi. Sentí mucho lo de tu marido. Siempre pensé que conseguiría hacer acopio del valor suficiente para abandonarte. Pero, desafortunadamente, fuiste tú la que logró despojarlo de toda felicidad hasta que, finalmente, se marchitó. Siempre he admirado esa habilidad tuya de envenenar todo lo bueno y puro que te rodea.
La mujer del suelo no puede hacer más que mirar el paseo de la otra figura y escuchar sus palabras, en silencio. Para ella, la persona que habla está loca y decirle algo para defenderse de tan desgarradoras afirmaciones solo empeoraría las cosas.
Es por eso que la persona que tiene ante ella sigue hablando, como si nada.
—Vaya, no recuerdo haberte visto en silencio nunca tanto rato. Me recuerdas a ella, ¿sabes? Siempre que discutíamos se quedaba callada, con ese desprecio en sus ojos, como si no valiese la pena discutir, como si yo no mereciese su respeto. Pero, después de muchos años, volví a encontrarla y la traje aquí… y la maté. Pobrecita, la pobre pensó que yo no la había superado y que lo que buscaba eran sus habilidades de zorra fácil en la cama. Pero sí que la he superado. Borrón y muerta nueva. Y ahora tengo que superarte a ti.
Mientras esta explicación sale a la luz, esta persona ha ido sacando diversos objetos de una mochila para ir colocándolos con esmerado orden sobre la cama.
Entre dichos objetos se hallan una fusta, cuerdas, un látigo de cuero trenzado, velas del color de la sangre seca, un trozo de tela y otros artilugios de muy variados tamaños, formas y materiales que la mujer atada no logra distinguir y que nunca antes había visto. Hay también varias herramientas de metal y ninguna se parece a nada que conozca.
— ¿Para qué es todo eso? —la persona que aguarda en el suelo no puede finalmente alargar más el mutis.
—Oh, disculpa. Había olvidado tu intransigencia hacia cualquier tipo de libertad sexual.
Tras esta frase el captor se desnuda dejando a la vista sus voluptuosos pechos. Saca varias prendas de ropa de la mochila hasta quedar vestida con unos ajustados pantalones de cuero, una camiseta blanca de tirantes y una cazadora de cuero.
—Estás mal de la cabeza —escupe la mujer del suelo.
—Lo sé. Hace años no quería creer que era cierto cuando me lo decían. Ahora sé que es verdad, que finalmente el influjo de tu poder sobre mí funcionó.
—Yo no tengo nada que ver en esto —la mujer capturada no puede mirar a la otra.
—Mírame. Soy todo lo que siempre me has negado. Me llamaste zorra y te atreviste a destrozar y censurar todo lo que yo amaba, convirtiéndolo en algo deleznable. Para ti yo nunca fui lo bastante buena. Tú, Doña Perfecta, condenada a vivir con una persona como yo. Una tortura, ¿verdad? Nunca te pusiste en mi lugar. Ya va siendo hora de que sufras en tus carnes lo que sufrí yo y de la forma que mejor se me da. Te voy a enseñar que sirvo para algo, mamá.
Sin previo aviso y de repente, la mujer vestida de cuero hace restallar el látigo con vertiginosa precisión. El instrumento azota el suelo a milímetros de su madre.
—Yo solo quería lo mejor…
—Para ti —termina la hija— y no te culpo. Pero esto me lo enseñaste tú y fue una de las lecciones más valiosas: O comes o eres comido.
—Yo te quería. Siempre te he querido.
—Tú querías una muñeca de la que presumir o una marioneta a la que manejar, no una hija.
Antes de que pueda seguir defendiéndose, la hija la amordaza. Del bolsillo saca una navaja, corta las ataduras y tras un breve forcejeo consigue apresar a su madre a la cama y la encadena de las muñecas y los tobillos. Acto seguido, con premura, corta también la ropa hasta hacerla jirones dejando a la mujer en ropa interior a su merced.
—Siempre me he preguntado quién castró a quién —murmura la hija para sus adentros—. Pero ahora, después de tantos años, vamos a darle un homenaje a esa carne arrugada y marchita, ¿eh?
Con una sonrisa saca un paquete de cigarrillos del bolsillo interior de la chaqueta y lo enciende. Se sienta en una silla frente a la cama y fuma, contemplando su obra sin pestañear siquiera. Su madre la mira con los ojos muy abiertos desde la cama.
—Oh, pero qué modales los míos. Dónde está mi buena educación. Todavía fumas, ¿no? Déjame ofrecerte.
La joven sin titubear se levanta y apaga la colilla en el empeine del pie derecho de la otra mujer, que solo puede emitir un jadeo ahogado y un lloroso gemido. Empieza a debatirse contra las cadenas en un desesperado intento por huir.
 
 
-Deja de llorar. Mira, te voy a explicar una cosa: Vas a morir. Aquí. Esta noche. Y no hay nada que puedas hacer para evitarlo. Así que cuanto antes lo asumas mejor. Puedes o no aceptarlo. Pero cuanto más te resistas más dolerá. Si te pones así con un cigarrillo las velas te van a volver loca- ríe entre dientes-. Después te enseñaré con todo lujo de detalles por qué siempre he estado tan bien acompañada. Tengo muchos talentos además de los que te mostraba y tú no querías ver.
A la madre la recorre una arcada mientras contempla como la hija se relame.
 
-Relájate, mamá- canturrea-. Prometo que haré que esta noche sea inolvidable. Por eso he escogido esta camiseta blanca. Espero que se torne del color de tu expiación y guardarla siempre. Será un magnífico recuerdo- susurra.
 
 
 

jueves, 8 de diciembre de 2016

Relato - Cicatrices

¿Qué que me pasa?
No estoy enfadada, no estoy triste.
Quizá sea simplemente que me eres indiferente, que ya no eres esa herida en lo más profundo de mí de la que brotaba la cálida y espesa sangre a borbotones. Cuando cada gota dolía como si un hierro candente estuviese permanentemente adherido a mi piel y la temperatura no disminuyera.
Ahora es la calma apacible que provoca el hecho de que seas una cicatriz. Ahora el dolor es constante, algo a lo que acostumbrarse hasta hacerlo más soportable.
Pero el problema de las cicatrices es que son indelebles. Están ahí arraigadas y no se pueden borrar aún con el paso del tiempo. El problema es precisamente ese, que te has hecho algo duradero en mi vida, y ya no me resulta fácil ignorarlo.
Y no sé cómo manejarlo. No sé qué hacer, porque nunca imaginé que cuando esto cicatrizara, el dolor constante superaría con creces la dolencia anterior.
Pero claro, nunca te podré decir que eres esa marca grabada en mi piel.
Nunca podré admitir que te has ganado a pulso el hecho de ocupar cada uno de mis sueños y pesadillas. Y nunca podré mirarte a los ojos, ser tan valiente como tú y reclamar un beso de tus labios como mío.
Porque perdí ese derecho cuando me enamoré de ti. Y ahora ya todo se basa en formalismos, en una cortesía tan fría como tu piel antes de abrazarte durante la noche.
Todo se rompió. Digamos que mi herida fue obligada a cauterizarse a marchas forzadas por causas ajenas, digamos que fui obligada a curarme de ti a base de cosas que yo no habría elegido.
Y ya no somos las mismas. Tú también has cambiado aunque no lo notes, no seas consciente o lo hayas hecho adrede. Quizá haya sido lo mejor según tú.
Pero después de todo esto siguen lloviendo sobre mí las preguntas sobre mi estado de ánimo.
¿De veras son necesarias?
Es simplemente la lucha de una cicatriz que se ha formado y trata de contener un torrente de sentimientos que antes me desangraba.
No sé si decirte que cuanto trato de superar mi adicción, lo hago con las personas menos indicadas.
Así que concluyo mi alegato diciendo que ya no sé qué me duele.
Si el hecho de que no me hieras como antes, o precisamente que echo de menos aquel tiempo en el que te importaba tanto como para no hacerme daño.
Quizá nuestras mutuas indiferencias son tan afiladas como el filo de un puñal y se me clavan en el alma, tan certeras como un fragmento de hielo que me quema por dentro.
Quizá simplemente te echo de menos, o simplemente no quiero echarte de menos. O echo de menos las ganas de echarte de menos.
O tal vez lo que me suceda es que estoy perdida y ya no sé cuántos puntos de sutura le he dado a mi corazón y a mi mente.
Quizá solo me haga falta salir a la superficie para respirar.

martes, 29 de noviembre de 2016

Relato - Razhak y Lyzard: Primer encuentro

Aquí os dejo un extracto de mi libro no publicado: Olvidados por los Dioses (Segunda Parte)

Razhak y Lyzard: Primer encuentro.

[…]
La guerrera continúa con su visita. De pronto se encuentra con uno de esos corrales de prácticas y con una media sonrisa decide probar suerte.
Se aproxima a la verja y espera pacientemente a que finalice el combate que está teniendo lugar. Un muchacho castaño, de pelo largo y ojos oscuros, se enfrenta encarnizadamente a una joven con la cabeza rapada. Ambos son muy hábiles, pero la mujer es más rápida. Con un veloz giro sobre sí misma desarma a su oponente.
Cuando terminan, ambos se estrechan las manos y la chica echa un vistazo a su alrededor, con superioridad. Su mirada encuentra la de Razhak y la increpa alzando la barbilla.
— ¿Eres tú la siguiente? —le pregunta— Bien, dicen que los de tu raza valen la pena como oponentes y eres la primera que veo por aquí. Quiero comprobar si los rumores son ciertos.
—Espero satisfacer debidamente tu curiosidad —desafía la guerrera.
Cuando salta dentro del corral y desliza la mano hacia el cinto para desenvainar la espada, un hombre alto pone la mano en el hombro de la joven rapada y la retiene, ganándose una mirada de desdén por parte de ésta.
[…]
—Pero tú me has superado, me quito el sombrero ante ti —Rudy parece realmente admirado—. Lo que cuentan de tu raza es cierto e incluso parece que se queda corto.
—Por desgracia me has quitado el… placer de comprobarlo por mí misma— añade sugerentemente una voz tras ellos.
Cuando se dan la vuelta ven a la chica de la cabeza rapada, con un puñal en cada mano.
—Yo soy Lyzard. Y, si nadie se opone, voy a combatir contra ti —afirma, lapidariamente.
Razhak asiente con la cabeza y mientras se dirige al baúl donde están las espadas de prácticas, no puede dejar de notar como la mirada de Lyzard se clava en ella, analizándola.
Cuando le devuelve la mirada, la guerrera se da cuenta de que la muchacha a la que está a punto de enfrentarse tiene un ojo de cada color. El derecho azul y el izquierdo verde. Eso le trae recuerdos de una mirada que le hace estremecerse. Kara y Neifile vuelven a su imaginación para regalarle un escalofrío que la recorre por completo.
—Pensaba que era difícil encontrar a alguien de tus… características —Razhak vacila antes de decir esta frase.
La joven la mira aún más fijamente y sus ojos desprenden un brillo malicioso.
—Mi madre era una súcubo, si es a lo que te refieres. Se enamoró de un hombre y yo fui el fruto de sus encuentros. Pero no está en nuestra naturaleza el saber llevar una larga y próspera relación, así que mi madre tuvo que huir para salvarle la vida. Me tuvo a mí, pero tampoco tenía demasiado instinto maternal, así que digamos que nunca hemos tenido mucho contacto —aclara la muchacha.
—Bueno, no quiero posponer más el combate, así que comenzamos cuando quieras —dice la guerrera.
—Estoy de acuerdo. Perdona, no suelo perder el tiempo con charlas banales. Soy más de actuar —repone Lyzard, calmada pero sensualmente.
Ambas adoptan una posición de tensa espera. La rah-zaken sopesa el arma. Es mucho más ligera que Zah-Erin, lo que le aportará velocidad. Pero a la guerrera le da la sensación de que se le va a deshacer en las manos. Es mucho más frágil que una espada legendaria, sin duda.
Las dos contrincantes van dando vueltas, retándose y evaluándose con la mirada, pero ninguna da el primer paso. Al evaluarla, Razhak no puede evitar pensar que es una mujer muy atractiva. Tiene la cara afilada y la nariz pequeña, respingona y su media sonrisa crea un hoyuelo en su mejilla. Además, tiene los labios delineados y sugerentes y el pelo que le cae de forma desordenada sobre un lado del rostro, junto con el rapado, le dan un aire salvaje.
Lyzard parece darse cuenta de que la guerrera no está pensando precisamente en la mejor manera de derrotarla, porque empieza a mover sensualmente las caderas sin dejar de dar vueltas. Es un movimiento casi imperceptible, pero es captado por la guerrera, que teme ruborizarse en medio del combate.
— ¿Nerviosa, rah-zaken? —tantea la chica.
—El término exacto sería… ansiosa —ante este comentario, Lyzard abre los ojos con sorpresa y con interés— por probar tus puñales —aclara Razhak, sonriendo cortésmente.
La otra joven alza una ceja, quizá avergonzada por haberse puesto en evidencia, así que sin más preámbulos lanza un ataque directo con uno de los puñales, casi por probar. Razhak lo frena sin esfuerzo y le devuelve el ataque, pero Lyzard parece conocer el punto por el que la guerrera va a intentarlo e interpone ambos puñales cruzados para frenar el ataque en seco.
La guerrera reacciona rápido y nada más rozarse los metales se gira para situarse detrás de su rival, que ya no está allí. Sin embargo, para sorpresa de la guerrera, de pronto siente un cuerpo pegado a su espalda y el frío metal de una de las armas de su oponente en el cuello. Nota la respiración tranquila y acompasada de la joven súcubo en la nuca y sus curvas amoldándose a su espalda. Se queda congelada, sin saber cómo reaccionar.
—Bueno, guerrera, ya has probado mis puñales. Espero que te hayan dejado satisfecha. ¿Hay algo más que desees probar? —susurra.
—De momento estoy servida, gracias —responde la rah-zaken.
—Una pena. Me habría gustado ver cómo salías de esta —se lamenta Lyzard.
Dicho y hecho. Razhak mete su pierna entre las piernas de la otra joven que, despistada como estaba, no se lo espera y se desequilibra. La guerrera le da un golpe seco en el estómago que la deja sin respiración y cuando se repone y va a contratacar, la rah-zaken la ha agarrado por las muñecas.
Sus rostros quedan muy cerca y sus ojos a la misma altura. Los de ambas brillan.
—Ya que no me has dejado mostrar mis habilidades con la espada, he pensado que a lo mejor te gustaría ver cómo me desenvuelvo… cuerpo a cuerpo —sugiere la guerrera.
Nota como la súcubo forcejea entre sus manos. Es fuerte, pero la rah-zaken también. Ejerce un poco más de presión sobre las muñecas y ve cómo Lyzard aprieta la mandíbula.
Si aprieta lo justo puede partírselas. La otra joven lo sabe.
La guerrera aprieta más y, finalmente, Lyzard profiere un quejido.
— ¡Vale! —exclama—. Me rindo.
—No falla nunca —sonríe Razhak.

martes, 8 de noviembre de 2016

Relato - Purificación

El rugido de la moto pasó a ser un ronroneo sutil que apenas resonaba en la calle de adoquines justo antes de detener su marcha por completo.
La persona que desmonta del vehículo lo hace con seguridad. Pero en la penumbra no se pueden esconder las sombras y la silueta que se recorta contra la tenue luz de la farola parece rígida, como si una parte de ella no quisiera estar allí. Se dirige con calma a la casa que tiene en frente, una mansión victoriana que le trae tantos recuerdos de épocas de su vida como se los traería a un estudioso del arte el estilo arquitectónico de la vivienda.
Dentro de la mansión la excitación ha empezado a hormiguear en la entrepierna de una figura que se asoma con discreción a una de las ventanas. Reconocería ese sonido de motor en cualquier parte.
Pero como siempre, debe mantener la compostura. Por eso la buscan, por eso la desean y la necesitan. Es la dama de hielo. Ella no se deja llevar.
            Suena el timbre.
Ricky aguarda con el peso apoyado en una pierna y el casco de la moto bajo el brazo. Cuando se abre la puerta y Samantha la mira, envuelta en su bata de seda de color borgoña, se siente como en casa. Pero es esa casa de la que uno siempre quiere escapar. Una casa que saca lo peor de uno mismo, pero una casa al fin y al cabo. Una casa a la que siempre volverás porque tus padres siempre te gritaron que no servirías para aspirar a nada más. Y a veces lo crees… y vuelves.
Y con esa mezcla de sentimientos borboteando en su interior, lanza la más desafiante de sus miradas a esa mujer que la observa con trazas de una media sonrisa en su rostro.
—Hola, Rick. Cuánto tiempo sin verte. Intuyo por tanto que las cosas te han ido bien —su voz es como acariciar el terciopelo manchado de sangre.
—No eres mi psicoanalista, así que no juegues a serlo —la voz de Ricky es la voz de una adolescente obligada a crecer demasiado rápido. Grave, pero con tintes de rebeldía y juventud.
—Ah, pero has venido aquí buscando terapia de choque —ante esas palabras la motorista reprime un escalofrío—, así que permíteme disfrutar de mi papel un poco.
— ¿Estás libre ahora? —Ricky trata por todos los medios que no se denote la urgencia en su voz.
— ¿Para ti? Siempre
Ambas entran a la casa. La puerta al cerrarse suena como una nota de un réquiem de alguien que todavía no ha muerto.
Suben las escaleras. Samantha va delante, evitando mirar por encima de su hombro los rasgos fuertes de esa morena que tiene los ojos clavados en su espalda. La nariz recta apuntándola siempre, porque esa mujer jamás baja la mirada.
«A no ser que se lo ordenen»
Sus labios, siempre en un rictus de dureza, pero tan cálidos y suaves al ser tomados por la fuerza. Sam sabe que los besos están prohibidos entre ellas por contrato. Pero una vez no pudo resistirse y los probó, y a Ricky en aquella ocasión no pareció importarle. Claro que… aquella vez nada pareció importarle.
Llegan a una habitación al fondo del pasillo y Samantha abre la puerta. Sus ojos de color verdoso apagado relucen por un momento, presos de la excitación que le reporta la anticipación de lo que va a ocurrir momentos después.
—Espera aquí. Ya sabes lo que tienes que hacer —ordena.
Y entonces Ricky se queda a solas con sus pensamientos.
La última vez casi acabó en urgencias por culpa de su afilado orgullo. Quiso soportar más de lo que podía y eso le costó bastante caro. Pero era un precio que estaba dispuesta a pagar por la redención y el apaciguar todo lo malo que poseía dentro de ella.
«El dolor estrangula al odio y lo deja atontado dentro de ti. El dolor hace que la culpa sea algo irreal. El dolor te transporta al plano onírico, donde solo puedes llorar hasta quedarte sin sangre. El dolor hace que no duela»
Sin titubear se deshace de sus vestiduras. Empieza por las pesadas botas que son seguidas por los ajustados pantalones de cuero. Por último se libera de la camisa negra y no puede evitar sonreír al pensar que su ropa es solo un reflejo de su coraza, en un color que ha elegido reflejo de su alma.
Deja todas sus pertenencias junto a su vestimenta, bien doblada en un rincón de la habitación, y se dirige a un arcón de madera que hay a los pies de la cama que preside la estancia. Del arcón saca un sujetador y lencería con remaches de plata a juego con unos ligueros de fino encaje, reforzados a su vez con tiras de cuero. Para la persona que viene esas prendas por primera vez sería como intentar resolver un galimatías, pero ella se las tiene bien aprendidas.
Una vez lista se sienta en un taburete que hay cerca de la puerta y enciende un cigarrillo. Lleva mucho tiempo sin ir allí. Ahora que la hija pródiga ha vuelto, su anfitriona no reparará en preparativos y eso le concede tiempo para consumir parte de sus turbulentas emociones en humo.
Y por fin entra, su platónica madre. Ella la hizo ser lo que es hoy en día. Le enseñó a estar por encima de las emociones, de la vida y de la muerte. Cuando la mira solo ve en sí misma un trazo de carbón dibujado en un folio sucio por esas manos, que se disponen a hacerla ganarse el cielo pasando antes por el purgatorio, y con un poco de suerte… el más desolador infierno.
Samantha ha escogido un body ajustado de látex, adornado con unas botas altas y unos mitones de piel. Todo en un color negro azulado. Ha optado por la sobriedad, así que gran parte de la noche le vendará los ojos. Al llevar en esto tantos años, una aprende a reconocer las manías y los patrones. Y Sam no es la excepción. Ricky la conoce my bien.
—Esta noche es especial, así que vamos a estrenar una habitación muy especial.
¿Especial? ¿Se refiere sólo al hecho de tenerla de vuelta? O… ¿sabe algo más? Es imposible que conozca los detalles que la han hecho acudir a su espinoso abrazo.
Y en ese momento se le aparece un rostro plagado de lágrimas, unas palabras pronunciadas entre sollozos con la voz quebrada, un corazón que ella ha roto y no puede reparar. Recuerdo que ni todo el vodka de los bares conseguiría borrar. No, es imposible que Sam conozca los detalles de su relación con Emma.
—Como quieras. Es tu casa, tú decides.
Aquella noche Ricky jugará un papel que no le es desconocido pero que nunca es agradable. La sumisión no es algo que pueda llegar a entender jamás, aunque a veces renunciar a todo control sea la única manera de conseguir evadirse incluso sí misma.
Por fin llegan a una puerta de roble, ornamentada con mucho detalle. Cualquiera diría que es una puerta preciosa, pero para esa chica esa noche, es un trozo de madera que la separará de todo lo bueno y puro que conoce.
Como había previsto, Samantha ha seleccionado para ella un fino pañuelo de seda negra. La oscuridad la envuelve y entonces sus sentidos se agudizan. Puede percibir el aroma a cuero, a látex. Un embriagador y denso perfume que procede de su acompañante y cómo no… el olor de la excitación y la anticipación que precede al sexo y que tan bien conoce, puesto que lo ha hecho emanar de incontables mujeres. No así tantas mujeres han conseguido extraerlo de ella. Ricky es una amante exigente. Prefiere tocar a ser tocada, abrazar a ser abrazada. Cuando la tocan siente que algo en su mundo se descuadra. Odia sentirse vulnerable. Poner sus emociones y sensaciones en manos de otra mujer la aterroriza.
—Cuenta en voz alta— exige la voz dominante pero controlada de Samantha.

¡PLAS!

El primer latigazo siempre es el más duro. El abrazo punzante del cuero sobre su espalda desnuda entremezcla realidad y ficción. Ya no es ella. Ahora es un pedazo de carne. No contiene alma, no contiene sentimientos. El dolor es su medio de huida. El dolor es el único contacto que entiende y tolera.
—Uno —pronuncia con claridad, impasible.

¡PLAS!

Un “te quiero” que ya no tiene sentido.

¡PLAS!

Una mirada de decepción que no ha sabido evitar.

¡PLAS!

Un corazón que ella ha roto y no sabe cómo reparar.

¡PLAS!

La ansiedad, la frustración… Todo reducido a cenizas por no estar a la altura

¡PLAS!

¿No podía hacer las cosas bien? ¿Era tan despreciable como siempre le habían dicho?

¡PLAS!

Poco a poco el dolor convierte su mente en una nebulosa. El escozor reemplaza a la angustia. Su cuerpo se queja por encima de su alma. Su corazón se curte y endurece al igual que la epidermis. Se merece ser castigada.

¡PLAS!

—Ocho —no titubea. Su voz se ha vuelto ronca, pero todavía es audible.
Samantha apenas puede contenerse. Había deseado tenerla allí, sometida a ella durante tanto tiempo… Sabía que se estaba saltando el protocolo y los golpes estaban siendo demasiado fuertes para ser solamente el comienzo de la sesión, pero notaba su deseo humedeciéndola de manera inclemente e inexorable. No podía parar. No tenía intención alguna de parar. El dolor era el medio de vida de ambas. Y si era la única manera de poseerla, así sería.

jueves, 13 de octubre de 2016

Relato - Amistades peligrosas

Una sombra cruzó el rostro de la joven que miraba el exterior a través de la ventana su habitación. Lo había vuelto a hacer. Se había dejado llevar por sus emociones y lo había vuelto a hacer. Con un estremecimiento, recordó lo acontecido a lo largo del día.
Sí, había llegado al instituto, de eso estaba segura. Había traspasado el umbral, había subido las escaleras y, con un profundo suspiro, había entrado en la clase donde sabía que la encontraría. Sentada, esperándola como cualquier otro día. Y se había sentado a su lado, por descontado. Era una de las pocas cosas que le reportaban emoción a sus aburridos, repetitivos y frustrantes días.
Su  pequeño rayo de sol, como le gustaba llamarlo. Y ella, como todos los días, estaba radiante. Le sonrió e inició con ella una conversación trivial sobre los temas cotidianos que podían considerarse importantes en la vida de un adolescente.
Pero ella no era una adolescente cualquiera. Por determinadas circunstancias no disfrutaba de una juventud normal. No sabía lo que era disfrutar plenamente y sin atenuantes desde hacía mucho tiempo. Casi le costaba recordar la sensación.
¿Cuál era el motivo de semejante situación?
«» pensó la chica «Sólo hay un único motivo condicionando mi vida entera»
Y sonrió sardónicamente ante esta idea.
«La única razón, estúpida descerebrada, es que has sido tan idiota cómo para enamorarte de tu mejor amiga» Hacía ya tiempo que era capaz de pensar en el sentido completo de esta frase sin envenenarse.
Antes, en lo que a ella le parecía otra vida, era capaz de ser feliz con lo poco que le ofrecía la vida. Pasar un rato agradable con sus amigos, salir, pasear… Ahora todo se reducía a ella. Se veía atraída a ella como si de un planeta se tratase. Y simplemente seguía una órbita a su alrededor, lo mismo que se podría comparar con la estela que sigue fielmente al cometa.
¿Y a quién le importaba?
«Pues, » pensó con rabia «últimamente parece que a todo el mundo»
Sí, en los últimos días su “pequeño problema” era un secreto a voces, más que nunca. Acostumbrada a regodearse en su silencioso sufrimiento, le parecía extraño y casi molesto que a todo el mundo le diese por inmiscuirse en donde no les llamaban, por muy buenas que fueran sus intenciones.
Y sin embargo, no podía dejar de darse cuenta de que había veces en las que estallaba, en las que no podía más y se encontraba a sí misma desahogándose y hablando sin parar de lo que Elisa significaba para ella.
Sin mediar palabra, cosa nada útil cuando no había nadie alrededor, se dirigió al espejo y se miró largo rato. Era algo que hacía a menudo cuando se sentía sola.
Pero esta vez vio algo que no le gustó. Porque era lo que llevaba esperando desde hacía tiempo. Sus ojos habían perdido el brillo. Su piel se veía mortecinamente pálida bajo la luz que entraba por la ventana. Estaba muerta. Sus sentimientos la estaban consumiendo.
Se asustó de su reflejo y salió apresuradamente de la sala. En apenas unos minutos se había vestido y se disponía a salir a la calle. Cuando estuvo fuera de casa, se sintió vacía de pronto. ¿A dónde podía ir?
No encontró respuesta.
Como había hecho ya antes, se limitó a dejarse llevar y deambular por las calles sin rumbo fijo. Cada vez que se abandonaba a sus paseos, a sus meditaciones por la vía pública lo hacía con un único propósito.
Sí, como todo lo demás en su vida la única razón de ser de sus andadas era esperar encontrarla ahí, en la calle. ¿Y qué haría cuando la tuviese delante? Nunca se atrevería a hacer nada. Porque, sencillamente, no podía.
Se limitaría a saludarla con la más forzada de sus sonrisas. Como si no pasara nada, para que ella se fuese a su casa sin la menor idea de lo que necesitaba estar a su lado. Era lo que hacía siempre. Pero, afortunadamente, no la vio en esta ocasión, lo cual supuso casi un alivio para ella. No necesitaba más quebraderos de cabeza, no en ese día al menos.
Pasó por delante de una pequeña tienda de ropa que anunciaba ya con tentadores carteles y sugerentes eslóganes que invitaban a los incautos consumidores a adquirir los últimos productos para disfrutar de los restos del verano.
«El verano…»
Había pasado el verano, y con él los ratos a solas y las largas tardes en su compañía. Aquellos momentos robados del mismo Edén a veces, o eso le parecía a ella. Por supuesto aquella felicidad era compartida solo a medias por Elisa. Para ella solamente era una amiga más. Quizá más o menos buena, pero amiga al fin y al cabo.
Sin querer, sin poder evitarlo se dejó llevar para rememorar la estación veraniega…

UN VERANO COMO NINGUNO:

Las calificaciones no habían salido como esperaba. En realidad, nadie se lo podía imaginar. Aunque Sandra tenía una ligera idea de lo que se avecinaba cuando había dejado de asistir a las clases y se había ausentado a los exámenes finales. Era inevitable.
Ella misma había llevado a la espada de Damocles a pender sobre su propia cabeza. Lo había hecho con plena conciencia de que no iba a sacar nada bueno, pero aun así no había podido evitarlo.
Los últimos días de clase la estaban asfixiando. Se sentía atrapada entre las paredes de aquella cárcel que la hacían recordar día tras día que se encontraba bajo el mismo techo que ella. Y a pesar de todo no había dejado de asistir a la única clase que compartían, como si de algo vital se tratase.
A veces pensaba que solo se levantaba de la cama para asistir a esa hora semanal. Y no podía reprochárselo. Nunca se paraba a pensar en lo bueno o malo de sus acciones cuando ella estaba de por medio. Se volvía loca si lo hacía. Tenía la impresión de que a veces su personalidad se veía eclipsada con la voluntad de esa chica.
Y lo peor es que Elisa no era consciente de esto.
Daba igual lo que hiciese. Ella siempre tendría sus ojos puestos en algún hombre, eso era algo con lo que había aprendido a vivir. Desde que recordaba, desde que la había conocido más precisamente, siempre había algún hombre ocupando su mente. Al principio se le hacía un mundo este hecho, aunque con el tiempo había aprendido a sobrellevarlo.
Además estaba el hecho de que todos los chicos en los que se había fijado, por unos motivos u otros, acababan haciendo una sólida amistad con ella. Obviamente había elaborado una teoría al respecto. Siempre había sido una persona celosa. Bueno, no realmente. Explicar esto era algo muy complicado. No se podían considerar exactamente celos, sino más bien… preocupación.
Cuando veía a Elisa con un chico, lo único que podía pensar era que él le haría daño. Eso la llevaba automáticamente a un conflicto interior dado que tenía que llevar el peso de la creciente aversión hacía el muchacho en cuestión a la vez que la amistad que a veces llegaba a trabar.
Y eso era algo que la iba estrangulando.
Y ni por esas había dejado de acudir a su lado en aquellas clases.
Lo que le pasaba con ella era algo que no le había pasado nunca con nadie. Podía pasar de la más pura euforia a lo más bajo en la escala del estado anímico en apenas unos minutos.
Y casi siempre dependía del estado de ánimo, las reacciones o los sentimientos de Elisa. Pero al recibir su carta con las notas, había tomado plena conciencia de que todo estaba a punto de cambiar. De que ella podía separarse de su lado para siempre.
Por eso mismo no se planteó la opción de repetir curso ni por un segundo. Nunca le había llamado la atención estudiar, pero se hizo la promesa interior de que lo sacaría adelante, por Elisa y por sí misma.
Si hubiese sabido hacia donde la llevaría esa promesa, se lo habría pensado dos veces antes de hacérsela.
Pero una vez más, será en otra ocasión cuando os lo cuente.

jueves, 29 de septiembre de 2016

Relato - Cuatro y medio

Era una fría tarde de febrero. Aquel año el frío parecía querer resistirse a abandonar una ciudad que era conocida por su clima extremo. Carecía, tal y como la propia protagonista de esta historia, de término medio.
La chica en cuestión se dirigía en aquel momento a toda prisa a una cafetería que no se encontraba muy lejos de su localización actual. ¿A qué se debía su precipitación pues? Ni siquiera ella lo sabía con certeza.
¿Tantas ganas tenía de verla? ¿Era ansiedad o simplemente un intento de no transgredir su riguroso principio de puntualidad?
Cuando llegó, presurosa, con la respiración agitada y unos nervios que nada tenían que ver con la hora al lugar de la… ¿era apropiado usar la palabra cita? Bueno, en el sentido más literal de la definición era un encuentro premeditado entre dos personas. Pues sí, cuando llegó al lugar de la cita su mirada recorrió el local con la velocidad propia de un animal de presa.
Pero la persona a la que esperaba no se hallaba allí, así que como no podía ser de otra manera, se dispuso a aplacar la creciente marea de víboras serpenteantes que se debatía en sus tripas desde que horas antes hubiera recibido el mensaje de aquella chica. Encendió un cigarro.
Poco sabía de la chica a la que esperaba, pero algo tenía seguro: Le gustaba poco o nada ese vicio que la había acompañado durante toda su adolescencia y que aún ahora, que hacía unos años había alcanzado la edad adulta, era una de sus más fiables compañías.
«Hay vicios peores» pensó para sí misma. Sí, definitivamente había cosas muchos peores que consumir su vida en el humo de un cigarrillo.
Entonces llegó ella. Bradley la vio llegar, tal y como la había conocido. Nada en su ropa insinuaba que quisiera llamar la atención y tenía, sin embargo, un estilo propio que hizo en su momento que no pudiera pasar desapercibida a sus ojos de cazadora, que relucieron un breve instante en cuanto aquella chica apocada de rasgos dulces entró en su campo visual.
Catherine se paró delante de ella denotando la timidez que la caracterizaba. A Bradley le sorprendió comprobar la diferencia que observó en los ojos de la otra joven. Distaban mucho de ser aquellos ojos que la habían mirado con soberbia y altanería días atrás, como si quisieran decirle sin palabras: ¿Quién eres tú y por qué me estás mirando?
Quién era ella… era una gran pregunta. Tan compleja como habían sido las circunstancias que la habían llevado a no saber responderla. Por qué la miraba era otro tema. La había mirado porque ella no quería que lo hiciese. La había mirado porque ella quería separarse del resto. Porque quería esconder una luz que brillaba en su interior, como quien trata de ocultar una supernova con un folio de papel.
La miró y supo que si sus caminos no seguían unidos tras aquella primera tarde en la que se conocieron por casualidad, azar o causa del destino, no podría continuar con su existencia como hasta ahora.
Y allí estaba, semanas después mirando a Catherine y viéndola como si fuera la primera vez.
Ya habían quedado varias veces pero siempre había sido en casa de Bradley, y en ese lugar Catherine se comportaba como un gorrión desamparado. Bradley era una gran aficionada al cine y se divertía encontrando películas que le gustaran a Cathy, que tenía un gusto más que peculiar para el séptimo arte. Lo había convertido en su particular juego.
¿Siempre tenía que convertirlo todo en un juego de control? ¿También esa pobre chica iba a entrar a formar parte de esa oscura parte de su mundo?
Pero no podía evitarlo. Era como hacerle la ignominiosa petición al león de dejar escapar a una cebra que ya ha capturado.
Cazar o ser cazado, ese había sido siempre su lema.
—Hola, siento el retraso —dijo Catherine con un hilo de voz sacando a Brad de sus turbulentos pensamientos.
—No importa —respondió, quitándole importancia—. Acabo de llegar.
Catherine se dispuso a entrar en la cafetería y Brad la dejó ir delante y la siguió con parsimonia, como un gato al que le abres la puerta y jamás la cruza de inmediato. No pudo evitar fijarse en el suave contoneo de caderas de esa mujer, que la invitaban a deslizarse por ellas hacia valles desconocidos y colinas que parecían haber sido inexploradas por unas manos como las suyas. Sacudió la cabeza. No, definitivamente ella no iba a formar parte de sus juegos. Era demasiado… pura, frágil.
            Apartando la lujuria y la adrenalina que quemaban sus venas de predadora, se concentró en llevar una conversación de lo más normal…
«Sus manos son tan delicadas…»
…Y corriente. Como si no oliese de forma tan dulce. Como si no le rehuyese la mirada cada pocos segundos. Como si no se hubiese dado cuenta de que en dos ocasiones Catherine había clavado sus ojos castaños en sus labios. Como si no hubiese fantaseado con arrancarle la ropa y tomarla sobre los muebles de su casa  múltiples veces.
Pero llegó el momento de despedirse y ella le pidió permiso para abrazarla.
«Tendrá miedo de que la muerda» pensó con ironía.
Le tendió los brazos y ella se arrebujó entre ellos como el animalito que era, en busca de calor entre sus zarpas. Y algo en su interior crujió y se resquebrajó, aunque en ese momento ella no se diera cuenta. Y quiso más. Se abrazaron muchas veces, ignorando flagrantemente miradas ajenas que sobraban por completo en la burbuja que se había creado a su alrededor desde que se habían encontrado.
—Ven a verme después, estaré sola.
Catherine lo dijo sin ninguna intención, con absoluta inocencia. ¿Sería capaz Bradley de corresponder esa inocencia? Podría fingir que aún restaba algo de misericordia, o podía dejarse llevar.
Así que en esa habitación, en el nido del gorrión asustadizo que todavía no la miraba fijamente a los ojos, se recostó con tranquilidad, respetando el espacio vital de Cathy, pero sin dejar de observarla. Estaba sentada en una silla de madera buscando canciones para acompañar la noche con música.
Al rato se aburrió y se sentó junto a ella, que guardó las garras retráctiles e intentó mantenerlas guardadas. Pero algo la atraía hacia Catherine como un imán. Y ahí estaba, otra mirada hacia la boca de Brad, un tenue rubor en las mejillas.
— ¿Por qué estás tan cerca?
Cuando quiso acordarse, Brad se dio cuenta de que estaban a escasos centímetros una de la otra.
—No estoy tan cerca. Estoy a cuatro centímetros y medio —repuso con calma.
— ¿Y por qué a cuatro y medio y no a cinco o a tres? —la pueril pregunta casi la hace echarse a reír.
—Cinco me parecen demasiados y tres… un riesgo.
Lo que no esperaba la depredadora es que la presa jugara a cazarla.
— ¿Y dos?
—Pues… nos rozaríamos los labios.
— ¿Y uno?
—Sería casi un beso, ¿no?
— ¿Y… cero?
Y entonces ocurrió. Dos almas que habían vagado sin rumbo durante toda una vida se encontraron y se saludaron como viejas amigas, reconociéndose como si siempre se hubieran pertenecido.
Lo que ocurrió después es algo que os contaré en otra ocasión.