martes, 2 de agosto de 2016

Presentación - Natalia

Mi nombre es Natalia, aunque entre libros y letras me llaman “La chica del gorro”. El porqué es tan absurdo que es mejor no contarlo aquí. Soy “la nueva” en esta pequeña familia guerrera y ¡me encanta!
Mis pasiones más afianzadas son el dibujo, la lectura y la escritura. En ese orden porque dibujar me relaja; relajarme me da ganas de leer y leyendo se conocen tantos mundos nuevos que es la mejor manera de empezar a escribir, pero sobre todo de aprender a escribir.
Mis influencias literarias son muchas, tantas que ni las recuerdo todas ni las podría poner aquí, pero quedaos con el nombre de J.R.R. Tolkien y ya sabréis lo más interesante de mí (lo demás no tiene importancia).
Me moveré dentro del ámbito del relato y la poesía, si es que a lo que yo llamo poesía se le puede considerar como tal. Hay quien dice que son monólogo escritos en voz alta. Ahora que lo pienso, ¿se puede acaso catalogar qué es o no poesía? ¿Qué es o no relato? Como filóloga no sé si está bien decir lo que voy a decir, por eso lo haré desde el punto de vista de una persona que no sabe nada y todos felices: son palabras atascadas en nuestra garganta, nuestro corazón o nuestra alma y necesitan una vía de escape. Por eso no hay poesía bonita o fea, solo es poesía. Y siempre hay alguien que la entiende, sea como sea. Los relatos, por otro lado, son las historias que vivimos cuando nos vamos a dormir y que queremos que todo el mundo conozca; son las hazañas que tenemos en ese rincón de nuestra mente que tiene que quedarse calladito cuando nos tenemos que concentrar para un examen, porque entonces, en vez de contestar sobre lo que nos preguntan, diremos que nos fuimos con Quijote a cazar gigantes… Qué sé yo.

Todo lo que hago lo dejo a vuestro juicio y espero que os guste.

La chica del gorro

miércoles, 27 de julio de 2016

Poesía - Ahogo en silencio

Ya aparece el color del mar
sobre el fresco cielo tempranero
aue asesina sin razón ni piedad
el inquieto sueño de un sudor en enero.

Ya conquista el silencio la calle,
acompañado de una brisa cómplice
mientras unos ojos aguardan a que llame
la voz de un tirano convincente.

Ya resuena fresco un esclavo martillo,
sumido en un silencio inexistente,
que hace llorar a una piel curtida
pecadora de su propia mente.

Más la hipocresía jamás desiste
en callar el vuelo de tu mente
porque ya la voz no existe
ya se ha ido para siempre.

viernes, 15 de julio de 2016

Relato - El señor Cabeza

El verano había llegado, y con él las voces alegres de los niños en aquel pequeño pueblo. En las calles se podían escuchar a los niños jugando alegremente, libres de sus obligaciones escolares. Todos los niños habían esperado ansiosos la llegada del verano.
Sin embargo, lo que más les entusiasmaba del verano no eran los juegos o el poder quedarse despiertos hasta muy tarde, sino la llegada de un singular personaje. Todos, tanto niños como mayores, iban por las noches al espectáculo de un misterioso hombre que llegaba al pueblo para entretener a sus habitantes de la mejor manera posible. Ya fuera contando historias o haciendo trucos de magia, él siempre conseguía hacer que su público estuviese satisfecho.
¿Quién era este misterioso personaje? Bueno, se conocía en todo el pueblo con el nombre de “el señor Cabeza“. Su nombre viene de un número que siempre hacía antes de empezar. El señor Cabeza era un hombre elegante, vestido siempre con un traje negro formal, como si fuera un hombre de negocios; pero lo que más le caracterizaba era la gran caja gris que le cubría todo el rostro. Su espectáculo comenzaba depositando la gran caja que llevaba sobre sus hombros en una gran mesa envuelta con un mantel rojo, como las típicas mesas que utilizan los magos. Su cuerpo, una vez descabezado, habría una puerta de la enigmática caja. Y en ella se podía ver su rostro. Era el rostro de un hombre de mediana edad, de tez oscura y de rasgos asiáticos. Tenía un singular bigote, bastante parecido al que tenía el famoso pintor Salvador Dalí.
Con su cabeza una vez descubierta, empezaba el show. El señor cabeza tenía una voz serena y apacible. Los números que realizaba el señor cabeza eran bastantes variados, desde realizar trucos de magia hasta contar fantásticas historias que encandilaban a jóvenes y mayores por igual. El espectáculo del señor Cabeza nunca había faltado, todos los veranos iba al pueblo sin falta.
Sin embargo, un año ocurrió algo que hizo que el señor Cabeza no se volviese a ver, ni en ese pueblo ni en ningún otro.
El Señor Cabeza terminó su actuación y se disponía a irse  para volver la tarde del día siguiente. Siempre le pedía al público que cuando acabara la función nadie le molestase cuando fuera a recoger sus cosas. Todos obedecían aquella norma; pero un día, un joven llamado Manu, movido por la curiosidad y por presumir ante sus amigos, les dijo que iría y descubriría el gran truco secreto del misterioso mago.
El joven fue bastante sigiloso, esperó a que acabase el espectáculo y con cuidado de que el mago no le descubriera, aprovechó que estaba ocupado organizando su maletín para meterse debajo de la mesa. Manu esperaba encontrarse con alguna persona debajo, que era lo que él creía; pero no había nadie. No pasaron ni diez segundos cuando el niño sintió que dos grandes y fuertes manos le arrastraban fuera de la mesa. Era el cuerpo decapitado del señor Cabeza. Levantó al niño y lo puso delante de la mesa, donde estaba la cabeza cercenada del mago. Pero la expresión de su cara no era la del mago alegre y siempre sonriente que conocía, sino una expresión deformada por la rabia y el odio absoluto. Se dirigió al niño con una voz aterradora y cavernosa.
—Así que querías descubrir mi secreto, ¿verdad, chico? Bueno, pues te va a costar muy caro. Recuerda siempre esta frase: Un mago tiene como norma nunca dejar que su truco sea revelado. Y soy alguien que siempre respeta las normas, no como tú, pequeño desgraciado.
Al día siguiente nadie volvió a ver al señor Cabeza, ni nunca jamás lo volvieron a ver, convirtiéndose así en una leyenda del pueblo. Pero lo más inquietante fue que tampoco se supo más del pequeño Manu, quién nunca volvió del último espectáculo del gran señor Cabeza.

miércoles, 13 de julio de 2016

Poesía - Un mundo de cuerdos

Inútiles sonidos azotan nuestros oídos,
sonidos que van al compás del alegre viento,
que llevan a un mundo encogido
de chuscas habladurías y mentiras.

Ineptas palabras para mi mente
corretean por la calle polémica,
cual niños jugando alegremente
en la plaza de la alegría y la inocencia.

Mis oídos me arrastran hacía el silencio,
silencio escaso por las inconscientes lenguas
de aquellas gentes que no entienden el silencio
pero que si entienden todo lo que reciben de otras lenguas.

Por eso mi amigo que hace el sol más brillante
es el silencio en persona
más no siempre el que calla quiere otorgar
sino que piensa en los demás, calla y sigue adelantado.

El silencio es tirita para mis lastimados oídos,
por eso mi persona quiere siempre permanecer con mi amigo
porque tan solo somos unos locos
en este extraño mundo de cuerdos.

viernes, 1 de julio de 2016

Poesía - Un loco cobarde

La traición expulsa una risa diabólica
sobre mí ser fuerte e indiferente
a la vez que se insulta a mi alma melancólica
y animales estimulados atacan a mi preciada mente.

La incoherencia despliega sus negras alas
para volar sobre mi inquieta idea
y envolverme de normas que controlan masas
por haber razonado lo que a nadie molesta.

Ignoro si mi persona dará la mano
a la pura y bella soledad
pero aseguro que mi alma atará con cabos
la rabia, la idea y la libertad.

Seré piedra en un mundo demasiado social,
piedra hastiada que vive la vida sutil
en un ambiente sirviente del mal,
en inútil ataque que no se olvida de mí.

En un prado conquistado de amapolas
seré una noble seta venenosa,
indiferencia siento ante el trasero que destroza
todo el rojo prado como si fuese cualquier cosa.

La traición me llama banalmente cobarde,
la incoherencia me dice ser un loco,
cobarde es en quien no confía nadie
y loco… loco me vuelvo solo pensando un poco.

miércoles, 29 de junio de 2016

Relato - La maldición de Baby Blue

María se había reunido en su casa, con unas amigas, para pasar el rato y divertirse por la noche. Era un plan casi obligatorio, que todos los viernes hacían ella y sus mejores amigas. Las diversiones que se realizaban esos viernes por la noche variaban bastante. Podía ir desde ver una película hasta actividades más “arriesgadas”.
Esa noche, María y sus amigas se habían para hacer algo más emocionante de lo usual. Ella propuso hacer el juego de “Baby Blue”, un juego paranormal similar a “Candyman” u otros pero mucho más peligroso. Había copiado en un folio las instrucciones del ritual para realizarlo. Sin embargo, sus amigas no estaban a favor del ritual y se negaban a hacerlo. De modo que, ante la negativa de sus amigas, María se ofreció voluntaria para jugar a ese extraño juego.
María se encerró en su baño para hacer el ritual. El baño del piso de María era sin ventanas, lo cual era perfecto para hacer el ritual. La chica, aunque era valiente y osada por naturaleza, en ese momento sintió un escalofrío en la profundo de su ser. No obstante, esto no la paró, ya que no quería quedar ante sus amigas como una cobarde. Se armó de valor y comenzó con los preparativos.
Abrió el grifo del agua caliente, esperó hasta que el espejo del baño se empañara por el  vapor del agua. Después escribió con su dedo en el espejo empañado las palabras “Baby Blue”. Apagó la luz del cuarto de baño, haciendo que la oscuridad inundase todo, se situó enfrente del espejo, con los brazos colocados como si estuviera sosteniendo un bebé. El juego había comenzado.
En los primeros segundos, María no notó nada, hasta llegó a pensar que el juego era falso y estuvo a punto de abandonar. Pero en ese momento, notó un peso en sus brazos que iba poco a poco en aumento, hasta llegar al peso equivalente de un bebé. María estaba congelada, no se esperaba este resultado. De pronto sintió unas pequeñas, frías y húmedas manos recorrer sus brazos poco a poco, como si estuviera intentando escalar a la chica hasta llegar a su cara. A María le llegó un fuerte hedor putrefacto y nauseabundo. La chica no podía más, soltó a eso que estaba cargando y salió corriendo del baño, llorando. Sus amigas no sabían de lo que había sido testigo la pobre chica. Sus amigas se acercaron para ayudarla, y vieron con horror unos pequeños y extraños rasguños en los brazos de su amiga.
A la siguiente noche, María había tenido una espeluznante pesadilla. En su pesadilla ella estaba tumbada en la cama, no se podía mover. Al momento vio como algo estaba avanzando poco a poco en su cama, estaba gateando, pero la muchacha no pudo ver que era hasta que lo tuvo de frente. Vio con horror a un bebé, pero no era un bebé común. Era un bebé bastante terrorífico, era completamente azul y sus ojos completamente negros. María estaba siendo consumida por el terror, no podía ni gritar para pedir ayuda. Esa maligna criatura se paró a pocos centímetros de la cara de la muchacha y abrió su boca, mostrando unos horribles colmillos, y gritó. Era un grito espeluznante, no era como el de un bebé, era demasiado fuerte y agudo, como si cientos de demonios estuvieran gritando a la vez. La pobre chica se  despertó en medio de la noche, llorando por el pánico y el terror.
Pasó el tiempo y María olvidó esa horrible experiencia. Terminó la carrera de enfermería y se casó con Roberto, su novio que conoció en la universidad. La vida parecía que le sonreía, hasta estaba embarazada, esperaba la llegada de una niña. Sabían que nombre iban a ponerle: Verónica, el mismo nombre que la abuela de María. Pasaron unos pocos meses y llegó el momento del alumbramiento.
El parto estaba siendo muy difícil y arriesgado. Duró nueve horas y el personal sanitario no pudo hacer nada. El parto había sido un fracaso, no pudieron salvar ni a la madre ni a la hija. María murió en el parto y su hija, quién iba a tener por nombre Verónica, había nacido muerta. Su pequeño cuerpo estaba completamente azul y sus diminutos ojos eran completamente negros, como la profunda oscuridad del abismo.

miércoles, 8 de junio de 2016

Relato - La secuoya milenaria

Gaal avanzaba por el bosque, siguiendo las risas del pequeño Txiligro, que estaba saltando de árbol en árbol. El último ingrediente de la lista del druida Refireo era una rama de secuoya. Así que los dos amigos tenían que ir a la gran secuoya milenaria, el árbol más antiguo y alto de todo el bosque. El viejo druida le contó a Gaal que ese gran árbol era uno de los más antiguos de todo el bosque, tal vez el más antiguo de todos los árboles del bosque.
— ¡Ya hemos llegado! —dijo Txiligro pegando pequeños brincos—. Esta es la gran secuoya milenaria.
Gaal miró hacia arriba para ver la grandeza del árbol. Ciertamente la secuoya era gigantesca, tanto que Gaal casi no podía ver su copa.
—Txiligro, —dijo Gaal preocupado— ¿seguro que podrás llegar a la copa?
—Ya te lo dije. ¡Soy el mejor trepador del bosque!
—Sí, pero… Este árbol no es como los otros del bosque, es muchísimo más alto. ¿Cómo lo vas a hacer?
—Con cuidao —respondió Txiligro mirando al niño con una gran sonrisa.
Sin decir nada más, la pequeña criatura saltó del suelo al tronco de la secuoya milenaria y comenzó trepar con una asombrosa rapidez hasta la copa de la gigantesca secuoya.
Gaal miró como Txiligro se perdía entre la espesura de la secuoya hasta desaparecer de la vista del niño. Le preocupaba la seguridad de Txiligro.
« ¿Y si se resbala y se muere por la caída? Yo sería en parte culpable, por pedirle que trepase tan alto para conseguir la rama de secuoya» pensaba el niño con mucha inquietud y preocupación por la vida de su nuevo amigo.
De nuevo estaba el muchacho solo, sin nadie. Se sentía bastante indefenso. De día aquel bosque era hermoso y vivo, ya que gracias a los rayos del sol se podía ver todo lo que moraba en el bosque; sin embargo por la noche todo era oscuro y misterioso. Gaal podía percibir por el rabillo del ojo sombras que danzaban. Estaba muerto de miedo, temblaba como una hoja.
De repente Gaal oyó el sonido de algo que se movía con mucha rapidez, su corazón parecía que se le iba a salir del pecho, pero suspiró aliviado al ver que se trataba del pequeño y risueño Txiligro. Este se le acercó con una rama de la gran secuoya milenaria.
— ¡La misión ha sido un éxito! —dijo mientras esgrimía la pequeña rama como si fuera una espada.
—Muchas gracias, Txiligro. Ahora la lista está completa.
—Una pregunta, Gaal. ¿Para qué quieres la rama de la secuoya?
—No lo sé —respondió el muchacho—. Solo estoy recolectando unas cosas que me pidió el druida Refireo.
— ¿El druida Refireo? —preguntó Txiligro—. ¿Te refieres a ese humano tan grande que tiene la cabeza del revés?
— ¿La cabeza del revés? —preguntó Gaal bastante extrañado.
— ¡Sí! Porque en la parte de arriba no tiene pelo, pero en la parte de abajo tiene una melena gris muy larga. Lo conozco, viene muy a menudo a pasear por el bosque de noche.
Tras oír este comentario Gaal soltó una gran risotada.
—No, Txiligro, esa no es su melena. Es su barba
— ¿Y tú por qué no tienes?-preguntó la pequeña criatura
—Todavía soy un niño. Pero cuando sea adulto tendré una barba muy larga, como la de Refireo.
— ¡Vaya! —exclamó Txiligro decepcionado—. Entonces mi teoría no era cierta.
— ¿Qué teoría?
— ¡La teoría de que cuando los humanos crecéis  la cabeza se os pone del revés!
En respuesta, Gaal volvió a reír y  el pequeño Txiligro también. El miedo que sentía el muchacho se había disipado gracias a su nuevo amigo.
—Oye, Txiligro —dijo Gaal—. ¿Tú no sabrás el camino de regreso a mi aldea?
— ¡Claro que lo sé! —respondió Txiligro—. Voy  a tu aldea muy a menudo, me gusta ver la vida cotidiana de vosotros, los humanos. ¡Sígueme, amigo!
Y así, después de haber completado la lista de materiales para recolectar, Gaal junto a Txiligro reanudaron el camino hacia la aldea. El camino de regreso era más llevadero que el de ida. Ya que, esta vez, el miedo del muchacho a la noche se había ido gracias a las cabriolas y bromas que hacía con Txiligro de camino a su hogar.
Finalmente llegaron a un lago, un lago que Gaal conocía muy bien, ya que era el lago que estaba a pocos minutos de la aldea. Los rayos de los primeros rayos del sol se reflejaban en la superficie del lago. Su tío Kendal  lo llevaba a veces de caza a ese mismo lago, hasta que hace dos años  desapareció de forma misteriosa. La madre de Gaal no le dijo a donde se había ido su tío Kendal ni por qué.
—A partir de aquí sé el camino de regreso a la aldea —dijo el chico, mientras se giraba para ver a su pequeño nuevo amigo—. ¡Muchísimas gracias por todo, Txiligro!
Gaal se dispuso a irse hasta que oyó la voz de Txiligro detrás suya
— ¡Espera, Gaal! —le chilló Txiligro—. Antes de irte prométeme una cosa
— ¿Qué cosa? —preguntó el chico.
— ¡Que volveremos a jugar pronto! Jijujuji.
Claro que volveremos a jugar. Al fin y al cabo, somos amigos —dijo Gaal con una gran sonrisa de alegría—. Adiós, Txiligro, amigo. Nos volveremos a ver de nuevo, te lo prometo.
—Adios, Gaal —respondío Txiligro con otra gran sonrisa—. ¡Seremos amigos para siempre!
Con esto, los dos amigos se fueron a sus respectivos hogares. El joven Gaal a su aldea y el travieso Txiligro a la profundidad del gran bosque.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Relato - Sonrisa en las tinieblas

La oscuridad inundaba mis ojos, desconocía el lugar donde me encontraba. Iba caminando, muy lentamente y con esfuerzo, ya que el suelo de aquel lugar estaba cubierto de una sustancia muy densa, pegajosa y húmeda que me impedía avanzar.
De repente, oí detrás de mí un sonido como de unos pasos pausados en la lejanía y con el ruido de aquellos pasos me llegó a mi olfato un olor repelente y nauseabundo, un olor que no pude relacionar con ningún otro olor que oliese antes.
Los pasos se hacían cada vez más cercanos a mí, y a medida que el sonido de pisadas aumentaba, también lo hacía la intensidad de esa putrefacta esencia. Sentí el terror recorrer cada fibra de mi ser. Yo quise correr, pero no podía. La condición de aquel asqueroso suelo me impedía correr, era como si mis pies estuvieran pegados a él.
Me paré en seco, era inútil correr. Lo que sea que me estuviera persiguiendo se paró, echándome su húmedo, cálido y pútrido aliento en la nuca. Estaba claro que esa cosa se alimentaba de mi miedo, disfrutaba verme aterrado.
Sin previo aviso, reuní todo el coraje y me giré bruscamente. Lo que vi jamás podría olvidarlo. Una  espantosa sombra humanoide de dos metros de estatura me miraba con unos penetrantes e infernales ojos rojos, parecía como si estuviera viendo a través de mi alma; pero lo peor no era eso. En el rostro de ese ser se dibujó una dantesca y sádica sonrisa de dientes afilados como cuchillas.
Me desperté en mi cama, todo mi cuerpo estaba cubierto por un sudor frío. Mi mirada se fijó en el techo y suspiré aliviado. «Solo era una pesadilla» pensé; hasta que dirigí la mirada a los pies de mi cama.
Aquella siniestra sombra negra estaba ahí parada, mirándome con aquella mirada rojiza y con aquella perturbadora sonrisa. Cerré los ojos fuertemente y busqué el interruptor de la luz. La luz de mi lámpara iluminó todo mi cuarto y aquella figura había desaparecido.
Me gustaría pensar que esa sombra fue sólo una horrible ilusión óptica, pero las ilusiones ópticas no dejan un putrefacto y nauseabundo olor en el lugar donde aparecen.

miércoles, 18 de mayo de 2016

Relato - Lo siento

Nunca quise llegar a esto. Nunca quise tener las manos manchadas de ti. Creí que algún día todo volvería a ser como antes y seríamos felices de nuevo, craso error.

Debí darme cuenta aquel día en el que llegué tarde y casi me dejas por primera vez, pero hasta ese momento todo había sido tan bonito, que nadie prevería que todo fuese a ir a peor.

A aquella vez le siguieron más, siendo cada una más absurda que la anterior, empezando por llegar tarde y acabando por no tener dinero suficiente para comprar un helado. Sin embargo, poco rato después me llamabas llorando y me pedías perdón, a lo que yo, ingenuo de mí, lo dejaba estar, pues pensaba que un fallo lo tenía cualquiera.

Las muestras de cariño comenzaron a disminuir. Los besos que tanto te gustaban en un principio fueron reemplazados por bocados para que parase, pues decías que te agobiaba, haciéndome a veces sangre, aunque nunca lo dijese. Dejé de escribir aquellas poesías que hicieron que te enamorases de mí y que ganaron un premio en el concurso del instituto, pues decías que era demasiado empalagoso, aunque delante de los demás alardeabas de lo dulces que eran.

Poco a poco dejamos de salir con amigos para salir solos. En un primer momento me encantó, pues pensé que así tendríamos más tiempo para nosotros, pero lo que no sabía era que lo peor estaba por llegar.

El primer bofetón nunca se olvida. Era el día de Navidad, nos quedamos solos jugando a la segunda parte de Paper Wario, y justo cuando estábamos apunto de pasar la primera pantalla del último mundo, me mataron. Acto seguido me pegaste, y esta no sería la última vez que lo harías.

Cualquier cosa que no se ajustase a tu manera de actuar era propicia para ganarme un bofetón, a veces bastaba con levantar la mano, pegándome solo cuando decías que me lo merecía de verdad, pues según tú, lo hacías por mi bien.

Más tarde comenzaste a hacerlo en lugares públicos. Sabías que no pasaría nada, pues cada vez que lo hacías la gente se limitaba a vernos y a reírse, incluso a veces me llamaban nenaza o mariquita y te animaban a que me pegases más. Esto me molestaba muchísimo, pues si hubiese sido una chica no habrían dejado que eso pasase, pero por desgracia había nacido con el género equivocado.

El sexo tampoco era un tema ajeno a esto, usando en este caso el chantaje emocional para hacerlo cada vez que te apetecía, sin tener en cuenta si yo quería o no. Todavía recuerdo aquel día en el que estábamos en tu casa y al ver que no quería, se lo dijiste a tu hermano, el cual acto seguido empezó a burlarse de mí, diciendo que si no era lo suficientemente hombre para tirarme a su hermana, de modo que tuve que demostrarle que no era así.

Tanto te reías de eso que poco a poco comencé a obsesionarme con dicho tema, y en consecuencia entré en una depresión de la cual no me he recuperado a día de hoy, aunque desde que fui al doctor Nobody, el psiquiatra que encontré en aquel panfleto rosa chillón, parecía ir algo mejor.

Me planteé dejarte un par de veces, pero pensé que nadie sería capaz de sentir afecto por mí, si ni yo mismo lo sentía. De hecho, no sentía como propia aquella mirada vacía.

Mis amigos me lo dijeron miles de veces, pero yo pensaba que volverías a ser la que eras, así que no les hice caso. Sin embargo, esta mañana me di cuenta de que esa imagen era una falsa ilusión formada en mi cabeza.

Habías venido temprano, llevabas el pelo recogido en una cola de caballo. Te notaba más seria que de costumbre, y me dijiste que teníamos que hablar.

Nos sentamos en el sofá y comenzaste a decirme que no podíamos seguir juntos, pues te habías dado cuenta de que me habías hecho demasiado daño. No podía creerlo, había hecho todo cuanto me pedías, así que no entendía porque esto llegaba a su fin.

Rompí a llorar, y entre sollozos te pedí que te quedases conmigo. No quería que lo único que me quedaba se fuese de mi lado. Esto te molestó muchísimo, y tuviste que soltar esas palabras: "¡¿Por qué lloras, maricón de mierda?!". Enfurecido y llorando te dije que no lo estaba haciendo, a lo que me dijiste que eso era lo que debía hacer, echarle narices y no llorar tanto.

Ese fue el momento en el que desapareció la poca cordura que me quedaba. Me fui con paso firme a la cocina, cogí el cuchillo de trinchar la carne y me dirigí a ti sin pensarlo dos veces. Tenías que pagar por todo lo que habías hecho. Intentaste escapar, pero te cogí del pelo y te tiré al suelo.

Los llantos y los gritos del dolor dejaron paso al silencio y al sonido del cuchillo clavándose repetidamente en tu pecho. Quería parar, pero no podía. Melvin Burst necesitaba saciar su sed de justicia, así que te apuñalé hasta que mis manos se quedaron sin fuerzas. Lo siento, cariño. Nunca quise llegar a esto.

Fotocopia de la nota encontrada en el cuerpo de la víctima

Experimento 65
Resultado: FALLIDO

sábado, 7 de mayo de 2016

Relato - La extraña criatura del bosque

Aquella extraña sombra saltaba de árbol en árbol con una velocidad increíble, mientras  soltaba esa extraña risa, «jijujuji». El pequeño Gaal apenas podía seguirla con la vista. Finalmente, la criatura saltó al suelo y se detuvo. Estaba mirando fijamente al niño con aquellos enormes ojos felinos verdes y aquella gran sonrisa de dientes afilados, manchados en sangre.
Gaal creía que estaba perdido, que esa enigmática criatura lo mataría y pasaría a formar parte de las demás almas errantes de los niños que se atrevieron a internarse en el bosque de noche. Sin embargo, aquella sombra sonriente hizo algo que Gaal nunca imaginó: comenzó a hablar.
— ¡Ho-la! —dijo la criatura con una voz infantil—. ¿A qué se debe tanto llanto?
La criatura saltó un par de veces hacia adelante, dejando que la luz de la luna  revelara su verdadera forma. Era un animal misterioso, podía caminar a dos patas como un mono, pero con características propias de un felino. Su pelaje era negro. Tenía unas enormes orejas puntiagudas, alargados bigotes y grandes ojos verdes, propios de un felino. También poseía una alargada y peluda cola anillada de color gris y negro, con un  espeso mechón negro en la punta. Sus patas tenían pequeñas garras y en una de sus patas delanteras (que más que patas eran manos) llevaba una ardilla medio devorada, con sangre aun goteando. Eso explicaba la sangre en su gran sonrisa de colmillos afilados.
Al ver que Gaal no decía nada, el pequeño animal terminó de devorar la ardilla medio comida y  siguió hablando.
—Yo me llamo Txiligro. Tú eres un cachorro de la aldea humana, ¿verdad? ¿Cómo te llamas?
—Gaal —dijo el muchacho mientras se secaba las lágrimas—. M-me llamo Gaal.
Txiligro empezó a brincar y saltar alrededor del niño, mientras soltaba esa risa que lo caracterizaba.
— ¡Genial! —exclamó Txiligro con alegría—. Siempre quise hacerme amigo de un cachorro humano, jijujuji. Y dime, Gaal, ¿qué haces deambulando en este bosque de noche?
—Yo estaba buscando materiales que me había pedido el druida de la aldea cuando…
Gaal no pudo terminar la frase. Lágrimas empezaron a cruzar sus mejillas y rompió a llorar con intensidad. Esta reacción inquietó y preocupó al pequeño Txiligro. Se acercó cuidadosamente al niño y le dio unas palmadas en el muslo.
—Gaal ¿te pasa algo, amigo? ¿Te duele algo? —preguntó Txiligro preocupado por su amigo.
El joven muchacho poco a poco cesó de llorar, su expresión se  volvió triste y melancólica.
—Me he perdido —dijo Gaal sollozando—. Nunca volveré a mi aldea, y si vuelvo, volveré con la lista de ingredientes incompleta. No sé cómo conseguir una rama de secuoya. La rama de secuoya debe de tener semillas y no puedo recoger las ramas caídas al suelo. La secuoya es un árbol demasiado alto y yo no puedo trepar tan alto. Nunca lo conseguiré.
Tras decir esto, el niño volvió a romper en llanto. El pequeño animal, que ahora se consideraba su nuevo amigo se le subió al hombro, y dijo:
—Yo te puedo ayudar. ¡Soy el mejor trepador de árboles del bosque! Yo puedo subir a lo más alto del árbol y conseguir esa rama de secuoya.
— ¿De verdad? —dijo Gaal secándose las lágrimas.
Txiligro saltó del hombro del niño al suelo y dijo con una gran sonrisa.
— ¡Por supuesto! Eres mi nuevo amigo ¿verdad?
—Gracias, Txiligro —dijo Gaal sonriendo—. Ojalá yo pudiese hacer algo por ti… ¡Oh! Ya sé.
El niño sacó de la vaina de cuero que llevaba del cinturón un pequeño y extraño  tubo de madera con orificios. Txiligro se acercó movido por la curiosidad.
— ¿Qué es, Gaal? ¿Qué es¿ —preguntó Txiligro con mucha curiosidad e impaciencia.
—Es una flauta. Cuando la uso puedo crear música
El pequeño nuevo amigo de Gaal empezó a brincar entusiasmado e impaciente por ver que hacía ese extraño objeto que llevaba su amigo.
— ¡Úsala, úsala! —dijo Txiligro entusiasmado.
Gaal se puso la boquilla en sus labios y comenzó a soplar mientras sus dedos danzaban en los orificios de la flauta. Una alegre melodía inundó aquel claro donde estaba él y Txiligro, su pequeño nuevo amigo, empezó a brincar y bailotear alrededor de Gaal, movido por aquella jovial y alegre melodía que producía el instrumento de viento. Después de un momento, el muchacho paró de tocar la flauta.
— ¡Me encanta! ¡Es asombroso, amigo mío! Jijujuji.
—Sí que lo es. Me la fabricó el druida de la aldea… ¡Oh! —exclamó Gaal, como si hubiese recordado algo—. Tengo que ir a por la rama de secuoya. ¿Me ayudarás, Txiligro?
— ¡Claro! Yo siempre ayudo a mis amigos. Vamos, sígueme. Sé dónde está la Secuoya Milenaria.
Y con esto, Gaal y su nuevo  amigo, Txiligro, se internaron en lo más profundo del bosque. Hacia la gran Secuoya  Milenaria, a por el último ingrediente de la lista del misterioso druida Refireo.