martes, 18 de octubre de 2016

Relato - Puro

Ya se han ido. El sonido de las sirenas se hace cada vez más débil. El ser al que he llamado hijo durante 18 años va en una bolsa de lona. Pensé que dejarlo en tus manos podría ayudarle a seguir adelante, pero sin saberlo lo arrojé a los brazos de la muerte.

Desde que tengo uso de razón, siempre que me he encontrado en un momento difícil de mi vida he recurrido a Dios, como cuando mi madre murió atropellada frente a mis ojos siendo yo una niña, y tengo claro que si no lo hubiese hecho, posiblemente hoy no sería quien soy. Así que pensé que si gracias a Él, yo había podido superar infinidad de problemas, alguien que tuviera una relación más estrecha podría ayudar a mi pequeño a superar este bache que le había hecho sufrir tanto. De modo que, aprovechando que un nuevo año académico comenzaba, lo apuntamos a las sesiones de catequesis que impartías en la iglesia de al lado de nuestra casa.

Cuando te conocimos, hacía poco tiempo que lo había dejado con una chica, tras tres años sumido en una relación infernal que lo redujo a ser un ente vacío y abúlico. No sabía qué decir, qué pensar, ni qué hacer, él solo quería agradar a todo el mundo.

Pasaron las semanas y parecía encontrarse mejor. Su autoestima aumentó, hablaba continuamente de ti, de cómo le estabas ayudando a salir de aquel pozo en el que estaba metido, incluso un día llegó muy contento a casa y nos enseñó el rosario bendecido por el Papa que le regalaste y que guardabas como una reliquia. Por primera vez en mucho tiempo pudimos respirar tranquilos, Dios parecía haber escuchado nuestras plegarias. Ahora, una de sus ángeles cuidaba de nuestro chiquillo. Pero nada es para siempre, y después de aquel retiro espiritual nunca volvería a ser el mismo.

En un principio no notamos ningún cambio, de hecho, llegamos a pensar que aquel viaje le había sentado genial. Nos explicó la rutina que seguíais en vuestro convento: Os reuníais tres veces al día, a continuación el padre abría la Biblia, señalaba un evangelio, un capítulo y una serie de versículos, se estudiaba lo que quería decir y luego se sacaba una conclusión común.

Reiteradamente nos comentaba cuánto le había abierto ese retiro los ojos, y ahí fue cuando me di cuenta de que aquel viaje lo había destrozado, de cómo tu presencia resultaba cada vez más nociva para él.

Un día, mientras íbamos a comprarle un traje para la comunión de un familiar, por primera vez en mucho tiempo comenzó a hablar de su relación, de cuánto daño le había hecho estar con esa chica, y que ella le dejase había sido lo mejor que le podía haber pasado nunca. Se refería a sí mismo como un juguete roto que gracias a la ayuda de Dios podría repararse, y nos dijo que si tú, su salvadora, no hubieses estado allí con él aconsejándole, nunca hubiera podido darse cuenta de la gravedad de sus pecados, “Caerse del caballo” lo llamaba.
Poco a poco esa obsesión por los pecados se fue disparando y con ella fue decayendo su estado de ánimo. Cada domingo iba a misa un par de horas antes para confesarse y pedirte consejo, ya que según él “así lograría mantener su alma limpia y pura, y sólo así  sería digno de entrar en el Reino de los Cielos” en caso de que el Señor lo llamase a su presencia.

La obsesión por no pecar se apoderó de él hasta tal punto que dejó de salir con sus amigos o de escuchar la música que a él le gustaba porque habían visto en catequesis que incitaba al pecado, pero en el momento en el que descubrí unas libretas con el nombre “Cartillas de ayuno”, supe que debía cortar vuestro mortal vínculo.
Cada una de ellas correspondía a un mes del año. En su interior se podía ver una serie de días tachados que parecían señalar períodos de 3 a 40 días, siendo este último período el correspondiente al de la Cuaresma, que abarca desde el Miércoles de Ceniza hasta el Domingo de Resurrección. Al final de cada una de ellas había una serie de hojas dedicadas a la reflexión del individuo, y con pavor pude comprobar de lo que se trataba. Cada cierto tiempo, tomando como referencia una regla creada por Santa Teresa en el siglo XVI para sus monjas y adaptándolo a la época actual, los chicos a tu cargo competían por ver quien ayunaba mayor número de días seguidos, siendo mi pequeño el ganador de las tres últimas competiciones. Para que no nos diésemos cuenta de que estaba involucrado en este macabro juego, todas las noches, cuando ya dormíamos, vomitaba todo lo que había comido a lo largo del día, y una noche, cuando fui al baño, me lo encontré tirado en el suelo, inundado en un charco de vómito, con una de tus dichosas libretas en la mano.

Lo llevamos al hospital y, tras un par de días en observación, lo ingresamos en la planta de salud mental. Allí nos atendió el doctor Nobody. Pronto acabó siendo casi un miembro más de nuestra familia, se sintió muy identificado con nuestro caso, ya que de joven había estudiado en un colegio de monjas y sabía lo radicales que algunas podíais llegar a ser.

Tras un par de meses bajo tratamiento parecía estar mejor, ya no vomitaba lo que comía, se había dado cuenta de que el camino que le habías marcado no era el correcto y de cuánto lo dañaste, así que decidió cambiar de iglesia, pero nunca logró librarse de ti.

Hace unos días el médico le dio grandes noticias: Si todo iba bien… ¡Esta semana volveríamos a casa! Por fin se acabaría el dolor, por fin podríamos continuar con nuestras vidas, pero esta mañana tuviste que aparecer….

Aprovechando el horario matinal de visitas fuiste a verle, con tu sonrisa angelical le dijiste que debía recuperarse lo antes posible, para así poder ir al retiro espiritual que la próxima semana iba a tener lugar en vuestro convento. Este coincidía con la celebración de la Cuaresma, sería una experiencia que nunca olvidaría, pero él rehusó tu oferta, te pidió que no volvieras a contactar con él, y cuando le pediste explicaciones te dijo que eras una persona que solo le hacía daño. En ese momento firmaste vuestra sentencia de muerte, le echaste en cara todo lo que habías hecho por él, cómo se había aprovechado de tu hospitalidad y que nunca sería digno de entrar en el Reino de los Cielos.

Llegamos a casa, descansamos un rato y cuando fui a despertarlo no estaba. El armario estaba abierto de par en par y el baúl donde tenía guardado la escopeta y los cartuchos estaba vacío. Fui a la iglesia corriendo lo más rápido que pude. Debía impedir que llevase a cabo su siniestro plan, entré en la iglesia y el padre, con una mueca de espanto, me dijo que lo había visto ir hacia tu despacho, pero cuando llegué fue demasiado tarde. Lo encontré frente a la puerta, y con una inefable expresión de odio te dijo:

—Rézale a Dios todo lo que sepas, nos veremos en el infierno.

El tiempo pareció congelarse, y cuando ya me di cuenta de lo que pasaba, os vi tendidos en el suelo. Tenía el rostro desfigurado por el disparo, y tú, la causante de tanto dolor, yacías en el suelo pidiendo ayuda. La Biblia que sujetabas con la mano estaba situada sobre tu pecho.   


Experimento número 15
Resultado: FALLIDO

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