viernes, 19 de febrero de 2016

Poesía - Eso dijo ella

La has clavado
Tío, que hachazo
Un poco más y lo alcanzarás
Es que si no revienta
Lo veo duro
¿De veras crees que vas a aguantar?
En verdad él no hacía nada, lo hacían todo ellas
Es que me ha salido solo
No me he podido contener
Son terriblemente sensitivos y sensuales:
Los clásicos nunca fallan
Al diccionario hay que acariciarlo y
Que abrirlo con cariño
No metas a Cernuda en esto, mete a Lorca
Te vas a hinchar, literalmente:
Con la mente que tienes, lo vas a acabar esta noche
Ea, pues venga tírale
Corre que no llegas
Tío, ¿dónde está? Decía que le quedaban 5 minutos
Pide ilusión, y el otro no llega, se queda corto
Sigue, levanta. Date prisa que arranca
Mándamelo por favor
Lo estás dando todo para conseguir este premio
Son categorías distintas, y lo sabes
La voy a reventar, la voy a reventar
Tío, es que voy muy rápido
Es que es algo prodigioso
Se da entre dos personas el tema
Casi se cae,
La abrió y casi se sale un poco, le dije:
¿Quieres un pañuelo?
No, gracias. Esto se sorbe:
La próxima vez que hagas eso, me lo dices y me voy p’alante
Dios, qué barbaridad:
Venga, sigue, sigue:
Lo vas a hacer ná más que en uno largo, ¿o en varios cortos?
No sé si saldrá
Oh, comida. Tengo hambre
No se puede, pero tú lo haces
Hostia, hostia

lunes, 15 de febrero de 2016

Relato - Feliz San Valentín

Las llamas de las velas rojas alumbraban débilmente el salón de la casa de Natalie. Estaba sentada en su sofá suspirando mientras esperaba con gran impaciencia a su novio Henry, el cual estaba trabajando. Ella quería que esa noche de San Valentín fuera ideal e inolvidable.
Una lluvia copiosa caía sobre la ciudad. Henry salía del centro comercial, le había costado bastante escoger un regalo para Natalie, pero al final lo había encontrado. Un bellísimo vestido blanco que sabía que le encantaría y realzaría su belleza. Lo había envuelto en una caja de regalo rojo con un lazo dorado; Henry no quería que lo intuyese por la forma del envoltorio.
El joven salía con paso apresurado, no quería que su amada esperase por más tiempo. Sus pisadas sonaban por las calles humedecidas por la lluvia. A medida que avanzaba, Henry oyó un sonido tras él, como  de unos pies que le seguían. El chico se detuvo y se giró; no vio nada. Solo estaba él y la oscuridad de la calle, iluminada muy tenuemente por las luces de unas farolas muy antiguas y agotadas; no vio a nadie entre esa oscuridad urbana. Continuó su andar, y volvió a oír el débil chapoteo de pisadas, solo que más cerca. El muchacho apresuró su paso, el temor de ser perseguido por alguien lo atormentaba. De repente, el chapoteo de pisadas se detuvo. Henry se giró repentinamente, de nuevo esa soledad de la calle y de la lluvia. Dio de nuevo la vuelta, esta vez tenía intención de correr. Sin embargo, una ladina mano le tapó la boca mientras sentía el frío y húmedo acero abrir una profunda brecha en su garganta. Su cuerpo cayó al suelo, haciendo un sonido pesado y blando, mientras que de su garganta manaba un espeso río carmesí, que corría y se diluía con el agua de lluvia en las oscuras y solitarias calles.
El timbre sonó melodicamente. Natalie salió impacientemente para recibir a su amado Henry. Abrió la puerta con una gran sonrisa dibujada en el rostro, pero no vio a su novio. De hecho, no vio a nadie. Bajo la mirada, se detuvo ante el regalo de color rojo que había allí. Estaba bastante mojado. Natalie pensó que era una inocente broma de Henry y que después de abrirlo el aparecería desde un rincón. Se agachó para abrir el regalo, al abrirlo la muchacha soltó un desgarrador grito que rompió el solemne silencio de la noche.
El vestido, que antes era de un blanco impoluto, ahora era de un sangrante color escarlata. Pero no fue eso lo que la espantó, si no el culpable de ese mortal color. Encima del macabro vestido, estaba palpitando y bombeando débilmente el corazón del que antes era su novio Henry. El corazón  que hace pocas horas estaba inquieto y frenético de amor ahora convulsionaba sus últimos latidos.

viernes, 29 de enero de 2016

Poesía - El sabor de la ignorancia

La algarabía de las alas al volar
en el horizonte anaranjado del cielo
que nadie osa con ojos castigados mirar
preocupados de su propio conocimiento enfermo.

Amplios aplausos retumban en mi cabeza
mientras observo el humo de una pistola.
Aplausos dirigidos a la ingrata demagogia,
pistola que hace disparar balas rotas.

Comenzamos el camino del dolor y la tortura
sintiendo el acuñado frío de la plata en la piel
mientras creemos en el gorrión que vuela con soltura
y saboreamos el dolor como la miel.

Cuando pagamos nuestra deuda con la guadaña
y caemos en el insólito placer de la ignorancia,
observamos que el vano gorrión ya no acompaña
a nuestra mente repleta de idiosincrasia.

Una lágrima caliente cae en la costera roca,
una manos se dejan caer sobre unos cordones,
ojos que lloran viendo el realismo en la maldita hora,
manos que se agachan como en la noche los girasoles.

Nunca conoceré la satisfacción de lo poco,
jamás la piedra de mi cráneo estará acomodada,
porque el hombre vive sabiéndolo todo
y muere sin saber nada.

lunes, 25 de enero de 2016

Relato - Ultratumba

Eran las dos y media de la tarde cuando el timbre del instituto, que daba el final de la jornada diaria, sonó. Los estudiantes salían con paso apresurado, como intentando ocultar sus ansias de llegar a sus casas y retomar sus aficiones vespertinas. Tres jóvenes de quince años salían juntos como de costumbre: Sergio, Bruno y Rubén.
Durante su itinerario del instituto a sus respectivas casas los tres amigos hablaban sobre diversos temas, unos comunes y otros no tanto, como en este caso.
—¿Sabéis una cosa? —dijo Rubén, el miembro del grupo que solía sacar los temas de conversación poco comunes—. El otro día me enteré de que es posible convocar con la ouija el espíritu de quién quieras. No tiene por qué ser aleatorio, como muchos piensan.
Sergio soltó un resoplido. Él era un muchacho bastante escéptico, y a diferencia de Rubén, él no creía en cosas de índole paranormal.
—Claro, claro —añadió Sergio—. Y después de la sesión te pasarán el recibo de la llamada, ¿no?
Rubén le echó una furiosa mirada a Sergio. Odiaba su escepticismo ante todo lo paranormal.
—¡Es verdad! -dijo molesto—. Se han dado casos.
—¿En serio? —respondió Sergio con un tono sarcástico—. Entonces dime como contrato la línea Mundo Terrenal-Más Allá.
—Solo se necesitan cuatro velas negras  y, obviamente, una tabla ouija. Colocas una vela en cada extremo de la tabla, y mientras las enciendes tienes que tener la imagen de la persona fallecida en mente.
—Venga, no me cuentes más historias de fantasmas. Que yo ya dejé de mirar debajo de mi cama a los ocho años.
De repente, tanto Rubén como Sergio, miraron a Bruno. Durante el camino no había mediado palabra alguna, a pesar de que al igual que Rubén le encantaban los temas relacionados con espíritus.
—Bruno, ¿te pasa algo? Llevas callado todo el camino —dijo Sergio preocupado.
—No, tranquilos. Sólo estaba pensando en mis cosas.
Los tres amigos se separaron a medida que avanzaban: Primero fue Rubén y después Sergio, dejando a Bruno continuar el trayecto hacia su casa en solitario.
En su paseo en solitario, Bruno estaba pensando sobre lo que dijo su amigo. Él nunca había hecho ninguna sesión de ouija. Nunca se le pasó por la cabeza hacerla, ni mucho menos en solitario. Sin embargo, por lo que dijo Rubén acerca de invocar un espíritu a elección, su interés por el tema aumentó.
Antaño, el grupo de amigos no era de tres, sino de cuatro miembros. El cuarto se llamaba Guillermo. Era un chico callado y muy taciturno, pero lo que le destacaba entre los demás eran sus ojos grises, bastante poco comunes. Guillermo era el mejor amigo de Bruno, siempre iban los dos juntos a todas partes, parecían casi hermanos. Sin embargo, hace seis meses, Guillermo fue víctima de una grave y extraña enfermedad que lo mantuvo en cama durante dos semanas. Su madre no quería que sus amigos lo visitasen ni les informó que enfermedad  padecía su único hijo. Finalmente, Guillermo fue vencido por la enfermedad y murió.
Bruno recorrió la ciudad para encontrar una tienda que vendiera los materiales que necesitaba. Pero solo encontraba las típicas tiendas de comestibles, de artículos de ocio, de ropa,...pero no encontraba ninguna tienda que vendiese lo que él necesitaba.
El sol se estaba poniendo cuando el chico ya se estaba empezando a dar por vencido. En ese mismo momento, Sus ojos se posaron sobre una extraña y vetusta tienda con el escaparate lleno de artículos esotéricos y cabalísticos: atrapa sueños, velas de distintos colores y formas, extraños inciensos, talismanes, etc.
El joven muchacho entró en la tienda. El interior era igual de misterioso que la fachada. Un hombre de apariencia joven, alto y de pelo azabache y enmarañado lo miró con una mirada serena.
—Bienvenido —le saludó el dependiente con un tono de voz sosegado—. ¿En qué puedo ayudarte?
—Necesito una tabla de ouija y cuatro velas negras.
Sin mediar palabra, el dependiente entró en el almacén. Volvió con una tabla de ouija de madera oscura y letras blancas, y cuatro velas negras.
—Son 25 €, chico.
Bruno le entregó el dinero y se fue directo a la puerta, cuando la voz del dependiente le llamó.
—¡Espera un momento!
Bruno se volvió, pensando que le iba a decir los típicos peligros de la ouija y del espiritismo.
—Mira, pareces un muchacho bastante despierto y curioso. No te diré que no vayas a hacer lo que sé que harás, ya eres mayorcito. Pero tengo que advertirte que tengas cuidado con los espíritus.
—¿Se refiere a los casos de posesiones y poltergeist? No se preocupe tendré mucho cuidado —respondió Bruno con una inocente sonrisa.
El dependiente soltó un profundo suspiro, a la vez maldecía mentalmente el daño que había hecho toda la prensa amarilla, y a Hollywood en especial, acerca  del espiritismo.
—Escúchame bien, chico. El poder del mundo de Ultratumba va muchísimo más allá de unos muebles moviéndose solos y gente con los ojos en blanco hablando una mezcla de latín y arameo mientras echan espumarajos por la boca. Ten muchísimo cuidado, ¿vale?
El joven asintió fuertemente con la cabeza y se fue de la tienda, deseoso de usar los artículos que había comprado.
Había esperado a la medianoche para hacer el ritual. No tenía intención de que sus padres lo pillasen mientras hablaba con los muertos.
Encendió las cuatro velas negras a la vez que pensaba en la imagen de su amigo fallecido. Puso una moneda sobre la tabla a modo para que actuara a modo de enlace, para que el espíritu se pudieses comunicar. Final mente, Bruno formuló la primera pregunta:
—Guillermo, ¿estás ahí?
Durante unos segundos la moneda se mantuvo inmóvil, cuando de repente se movió sobre la tabla, hacia la palabra <SI>
En ese momento, Bruno experimentó un profundo frío que inundaba la habitación y sintió una brisa gélida en la espalda, como si alguien lo estuviera observando. Sin embargo, el muchacho no se armó de valor y continuó con la siguiente pregunta:
—¿Cómo moriste?
La moneda tardó unos segundos en reaccionar, se desplazó por la oscura tabla, formando con letras blancas la frase:
¿TANTO Ansias CONOCER MI MUERTE?
Bruno sintió que un tremendo escalofrío le recorrió la espalda, a la vez que notaba que la sensación de que  había alguien más se hacía más fuerte. Se armó con todo el valor que tenía y respondió a la pregunta.
—Sí, deseo conocer tu muerte.
Con lentitud, la moneda formó otra frase, la última respuesta de Guillermo.
QUE ASI SEA.
El corazón de Bruno latía con muchísima fuerza. Se dio cuenta del gran error que había cometido. Esperó varios minutos la temida respuesta, pero la moneda permanecía inmóvil.
          Bruno estaba desconcertado, de repente sintió que la temperatura en la habitación volvía a ser la de siempre y la sensación de compañía que él sentía iba desapareciendo poco a poco. El chico no lo entendía pero no le dio importancia y se fue a dormir. No tenía intención de hablar de esto con nadie, ni siquiera con Sergio y Rubén. <<Mañana sería un día normal, como todos los demás>>, pensó mientras caía en un sueño profundo.
Bruno se despertó. Sentía los miembros de su cuerpo entumecidos, no podía separarlos del cuerpo. Sintió una gran angustia cuando intentó moverse y no podía. Sus pulmones ardían por el sofocante y húmedo aire que inspiraban. Bruno no podía ver nada, solo una profunda y mortecina oscuridad total. Gritaba, pidiendo auxilio, pero era inútil, nadie podía ayudarlo. En la silenciosa oscuridad le acechaba el imparable gusano vencedor.
La luna menguante brillaba pálida en la oscura noche sin estrellas, observando inexpresiva el silencioso y oscuro cementerio.
En el cementerio, una figura paseaba solitaria. Observaba con sus ojos plateados las tumbas y nichos donde descansaba los corruptos cuerpos de los muertos. Su enigmática y plateada mirada se detuvo en una tumba que él conocía. En la tumba donde su antiguo amigo, Bruno, estaba a punto de unirse a los a él y a los demás en el interminable sueño con el gusano, en el oscuro y extraño mundo de ultratumba.

lunes, 4 de enero de 2016

Poema

Las Sombras de un Destino
incierto me persiguen,
sé que no podré huir de ellas,
atropellado por un Convoy,
mi hora llega a su fin.
Agonizando me di cuenta
de tantos Sueños Perdidos
a lo largo del camino, y que
Después de Todo,
El Camino Libre,
Únicamente Lo Podrás Hacer,
Transformando
Ilusiones en Realidades,
Muere o Vive Otro
Destino Insólito
Antes del Fin
Dejado este cuerpo,
me dirijo al Reino del Hades
dónde moran criaturas de diversa
índole, alejadas de toda
comprensión,
100.000 Bakalas, entre otros,
Kammerjäger llaman al peor

martes, 22 de diciembre de 2015

Relato - La codicia de Fafnir

Mi padre, el rey enano Hreidmar, tuvo tres hijos: Yo, Regin y Odder. Cada uno de los tres hermanos poseíamos diferentes habilidades. Yo, Fafnir, me caracterizaba por mi gran maestría en la lucha y además entendía el lenguaje de las aves, lo cual me resultaba muy útil en el momento de cazar. Luego estaba mi hermano Regin, que destacaba en el arte de la forja, sus armas eran la envidia de todos los herreros del reino. Por último, mi estúpido hermano Odder tenía el inservible poder de transformarse en cualquier animal, el cual además fue la causa de su condena y el inicio de esta historia.
Volví al castillo después de cazar un gigantesco jabalí. Cuando de  repente escuche gritos, maldiciones, y lamentos dentro del castillo. Era mi padre, Hreidmar, quién soltaba todas esas amenazas y cantidad de palabras soeces,  bastante extensa, incluso para ser un enano. Allí estaba él con su corona y su larga barba gris, más alborotada de lo habitual, insultando y gritando a una fila de soldados en frente de él. Al finalizar su charla, la fila de soldados salió corriendo en fila india hacia la puerta del castillo.
Conseguí atrapar a uno, para que me dijese por qué Su Alteza estaba un poco más irritable de lo habitual. Lo que me dijo me dejó sin palabras.
—Han matado al príncipe Odder, mi señor —me dijo el soldado con voz temblorosa.
Esta noticia, ciertamente, me pilló desprevenido. Tanto que no puede controlar el volumen de mi voz.
— ¡¿CÓMO?! — le grité.
—L-lo mataron m-mientras estaba transformado en n-nutria, cómo solía hacer     p-para conseguir pescado —dijo el soldado temblando y al borde del llanto.
Ciertamente, no sé por qué me sorprendí de esa noticia. Sabía de antemano que algún día algún desafortunado cazador confundiría a ese imbécil con una nutria auténtica.
Los días pasaron, y cada día iban llegando enormes carros llenos de oro y riquezas varias. No me avergüenza decir que mi mayor debilidad son el oro y derivados, la heredé de mi padre. Podría hasta intercambiar, si hubiera tenido la ocasión a mi estúpido hermano Odder  por un solo carro de esos. Básicamente el oro y demás tesoros  eran para cubrir la piel de mi difunto hermano de oro. Sin embargo la piel de mi hermano nutria, que  se ve no dejó de molestar ni después de muerto, crecía a medida que era cubierta de oro, por lo que cubrirla enteramente resultaba imposible.
Finalmente, un día que volvía de cazar un hermosísimo ejemplar de faisán, en vez del típico carro de oro diario, que me ponía los dientes largos, vi a mi padre sentado en el trono con un fulgor odio en los ojos conversando con un extraño personaje que definitivamente no era un enano. Era un hombre larguirucho y de movimientos ridículos, típicos de los bufones,  que no paraba de reír y de brincar mientras conversaba con mi padre:
— ¡Maldito! ¿Por qué vienes? ¿No has causado ya suficiente daño? —bramó mi padre.
—Venga, venga —dijo el extraño personaje—. Vengo en son de paz. Además, fue solo un accidente. ¿Quién diría que esa nutria fuera tu pobre hijo? Te traigo algo que seguro te encantará y pondrá punto y final al problema.
El larguirucho se sacó del bolsillo el  anillo de oro más brillante que pude ver en toda mi condenada vida.
—Aquí tienes, el Andvarinaut. Con este anillo podrás duplicar tus riquezas cuantas veces desees. Me costó lo mío “negociar” con el viejo Andvari para que me lo diese. Así que… ¿pelillos a la mar? —dijo el bufón soltando una burlesca risa.
Mi padre suspiró abatido.
—Bueno, supongo que con esto has saldado tu deuda. Venga, corre a comunicárselo a Odín y piérdete de mi vista.
Dicho esto, el cómico personaje se fue dando brincos y tarareando. De repente nos cruzamos y sus ojos se detuvieron en el faisán que acababa de dar muerte.
—Oh, vaya, que pieza tan espectacular. Se ve que vuestra fama de gran cazador, príncipe Fafnir, no es un mito. ¿Puedo verla más de cerca?
Sin pensármelo demasiado, le dejé despreocupadamente el faisán para que admirase su belleza. Aún me arrepiento de esta decisión.
—Bonito ejemplar —dijo mientras acariciaba su plumaje—, pero le falta algo…
De repente, a mi hermoso faisán le empezó a salir pelo negro por todas partes y su cola emplumada se volvió larga y pelada. ¡Convirtió a mi extraordinario faisán en una repugnante rata gigante! En ese momento mi alma solo me pidió hacer lo que haría cualquier ser racional en mi situación.
— ¡Maldito hijo de puta! —grité mientras dejaba caer con fuerza mi hacha sobre su repugnante cabeza.
Sin embargo,  mi golpe fue inútil. Ese desgraciado se evaporó en un gas fétido, soltando una burlona y resonante carcajada.
—Es inútil, hijo —dijo mi padre, que estaba sentado en su trono, viendo la escena—. Si eso sirviese, créeme que no me habrías visto charlando con esa alimaña.
— ¿Quién era ese maldito loco?
—Era  Loki.
— ¿¡Loki!? ¿El mismo dios fue quién asesinó a Odder?
— ¿Acaso tú conoces a algún otro hombre que pueda transformar un faisán en una rata y escabullirse evaporándose como si nada? De verdad, si yo fuese Odín encadenaría en la más profunda cueva a ese miserable hasta la llegada del Ragnarök —maldijo mi padre escupiendo al suelo.
Me acerqué a mi padre para ver el tesoro que le habían dado, el Andvarinaut. Era el anillo más deslumbrante que hubiese visto, más incluso que el maldito Sol. Tenía que tener ese anillo bajo mi poder. D esta manera duplicar todo el oro que quisiese de por vida y convertirme en el enano más rico que jamás haya pisado el suelo.
—Padre, ¿y si me das ese anillo para que duplique el oro de la tumba de Odder y así cubrir completamente su piel?
— ¿Crees que soy tan imbécil? ¡Preferiría dárselo a cualquiera antes que a ti o al descerebrado de tu hermano Regin! ¡Ahora, lárgate! —me gritó mientras ponía ese gran tesoro en uno de sus mugrientos dedos.
Me marché loco de rabia y frustración. Necesitaba tener ese anillo aunque me costase mi propia vida en ello o la de ese viejo bastardo, pero no podía hacerlo solo. Necesitaba idear un plan, y por supuesto, ayuda de alguien de confianza.
Fui corriendo a la forja de mi hermano Regin. Allí estaba, sudando a mares y trabajando con su martillo para crear una espada bastante grande.
—Regin, ¿podríamos hablar en privado?
—Claro —dijo mientras soltaba su martillo de herrero—. Vayamos al almacén de armas.
El único en que podía confiar era en mi hermano Regin. El preferido de mi padre fue siempre Odder, de manera que, tanto a él como a mí nos trataba con cierto desprecio e indiferencia.
—Escucha —dije—, ambos sabemos lo extremadamente avaro que es nuestro padre.
— ¡Vaya! —exclamó mi hermano con sarcasmo— ¿Te has dado cuenta tu solito? ¡Mira estas armas de mierda! ¡Ese viejo rácano no me da el oro suficiente como para conseguir metales de buena calidad para forjar armas decentes!
Miré alrededor. Efectivamente, por muy bueno que fuera mi hermano en la forja, el nunca podría crear armas poderosas ni resistentes armaduras con ese material tan pobre.
— ¡Si vienen tropas enemigas estaremos con el culo al aire! —chilló mi hermano.
—Por eso tengo en plan —dije en voz baja.
— ¿Qué clase de plan?
—Podríamos matar al viejo.
— ¿Y en qué nos beneficiaría eso? —dijo mi hermano con una mirada inquisitiva.
—Sólo piénsalo. Si muriese, todos los soldados, incluidos los que custodian la piel de Odder  con todas sus riquezas, vendrán a su funeral a presentar sus respetos. En ese momento nosotros nos quedaríamos con todo el oro de la tumba. La mitad para cada uno.
—Pero, en ese caso. ¿No sospecharían de nosotros? —dijo Regin.
—Cuando se den cuenta de nuestro acto nosotros tendremos dos enormes ejércitos más numerosos y mejor preparados. ¡Piensa en la cantidad de excelentes materiales que podrías comprar para crear grandes armas y armaduras! —exclamé—. Entonces recuperaríamos el reino.
Regin estuvo reflexionándolo durante varios minutos. Casi temí tener que matarlo, para que en caso de que se negase, no pudiese acusarme a padre.
—De acuerdo —dijo con una sonrisa—. Me has convencido.
Planeábamos llevar a cabo el plan a la noche siguiente, mientras comíamos, aprovechando que mi padre odiaba las miradas hambrientas de los soldados mientras él comía tranquilamente. En el banquete, Regin estaba con mi padre charlando mientras que yo me ocultaba en uno de los pilares. Me gustaría saber como hacía ese viejo perro para beberse tanta cerveza sin acabar fuera de combate. En ese momento, mi hermano me hizo la señal: Tres golpes consecutivos en la mesa con una pausa de tres segundos por cada golpe, para indicar que ese viejo avaro ya se había bebido la cerveza con el somnífero.
Sin previo aviso mi padre cayó, sobre la mesa, roncando cómo un oso en pleno invierno. Sin pensármelo dos veces dejé caer mi hacha sobre su pescuezo haciendo que rodase su cabeza unas cuantas yardas sobre el suelo. El plan había sido un éxito.
Los dos soltamos una sonora carcajada de victoria al unísono. Después nos paramos a ver el cadáver de nuestro padre decapitado.
—Bueno —dijo Regin—, por mi parte empezaré a quedarme con algo de valor, empezando con uno de sus anillos. Tú si quieres te puedes quedar con los otros.
De los ocho putos anillos que tenía el viejo, ese imbécil bastardo tuvo que coger precisamente ESE. El maldito Andvarinaut, la causa por la que ideé todo este condenado plan.
Cómo por acto reflejo le golpeé en la cabeza con mi puño, dejándolo inconsciente al instante. Aprovechando que no había nadie merodeando, cargué con mi hermano inconsciente varias leguas. Lo dejé en un lugar apartado, de modo que no pudiese volver. Ya los lobos se ocuparían de él.
No tenía pensado dejar que él se quedase con el Andvarinaut, así que antes de irme se lo quité. De todas formas, no tenía intenciones de repartir el oro de la cueva de Odder con él.
Me marché en dirección a esa misma cueva mientras miraba el anillo. En ese mismo instante era el enano más rico de todo el reino. Se me hacía la boca agua mientras imaginaba todas las riquezas que podría poseer. Sin pensármelo mucho me puse el Andvarinaut para celebrar mi victoria. No estaba preparado para lo que me sucedió  al momento de ponerme el maldito anillo:
De repente, en mi mano empecé a experimentar un terrible dolor. Varias escamas doradas empezaron a salirme de la piel cómo diminutas cuchillas. Mi cuerpo empezó a estirarse, mientras yo sentía un dolor tremendo, cómo si me estuviesen dislocando todos mis huesos y estirando mi cuerpo hasta ya no dar más de sí. Mi cabeza empezó a ensancharse y en mi boca todos mis dientes crecieron hasta convertirse en grandes colmillos amarillentos, afilados como espadas.
No entendía lo que me pasaba, ni por qué experimentaba ese tremendo dolor mientras que mi difunto padre se lo puso como si nada. Me acerqué a un lago cercano para ver mi imagen. El reflejo que me devolvió el lago me hizo estremecer y entrar en pánico. Lancé un enorme grito de terror y sorpresa cuando vi mi reflejo. Me había transformado en un monstruoso, abominable y gigantesco lagarto dorado.
Con esta apariencia no podía conseguir un ejército ni mostrarme en público. No podía volver a llevar una vida como la de antes, ni mucho menos una vida normal. La única opción que tenía era llevar una vida como el resto de las bestias y ocultarme de la vista de los demás enanos. Sin embargo, aún me quedaba el consuelo de poseer todas las riquezas de  la cueva donde reposaba la piel de mi hermano, vivir con todas esas riquezas y estar rodeado de ellas, por toda la eternidad. Era todo y lo único que necesitaba y ansiaba en la vida.

viernes, 11 de diciembre de 2015

Relato - El lago del cazador

Las personas tenemos diversas maneras de evadirnos de los problemas cotidianos, ya sea ver la televisión, escuchar música, leer... En mi caso, lo que me sirve de catarsis es la pintura para olvidar mis problemas momentáneamente, que por lo general,  son de índole amoroso.  Mi talento con la pintura es bastante destacable, fruto de años de práctica y de desamores.
Me dirigía en mi coche a mi próximo destino, el cual plasmaría en pintura, un lago llamado “el Lago del Cazador”. Sinceramente, desconocía el por qué los lugareños lo bautizaron así. El camino fue tortuoso y algo oscuro, debido a que había escogido una noche de luna llena para mi pintura, pero finalmente llegué a mi destino.  Me coloqué en un lugar cercano a la orilla del lago y saqué todo mi instrumental de pintura y mi viejo candil de aceite. No es que iluminase mucho, pero le daba un toque romántico que me inspiraba bastante.
Ciertamente, el paisaje era idílico. El bosque que rodeaba el lago era bastante frondoso y de su follaje salían los sonidos que producían las aves nocturnas, así como el susurro que producía el viento en las ramas. La luz de la luna llena se reflejaba en las aguas del lago, que se encontraba solitario e imperturbable. Mientras mi pincel danzaba por el lienzo sentía en mi cara la brisa y con ella el olor silvestre del bosque. En verdad es una pena que la pintura solo pueda transmitir lo que captamos con nuestros ojos.
De repente, un súbito pero ligero sonido rompió mi concentración. Eran las pisadas de un animal que salía desde la arboleda oeste del lago. A medida que avanzaba, la luz de la luna revelaba su verdadera naturaleza. Era el ejemplar de ciervo más hermoso que había visto. La luz de la luna se reflejaba en su pelaje pardo-rojizo, dando la impresión de que brillaba con luz propia. Su cornamenta era majestuosa y gigantesca, con un tono tan dorado qué parecía hecha de oro. El ciervo se paró en la orilla del lago e inclinó grácilmente su cuello para beber de sus aguas.
No podía dejar pasar esa oportunidad, tenía que pintarlo antes de que se fuera. Mi pincel se movía con rapidez, pero con precisión sobre el lienzo. Nunca estuve más concentrado en pintar, fue cómo si mi vida dependiera de ello. Sin previo aviso el ciervo dejó de beber y levantó su cabeza para observarme con sus cristalinos y brillantes ojos. Tuve el temor de que, debido a mi presencia, se diese a la fuga. Pero en lugar de eso, me observó durante varios minutos sin moverse. Era como si estuviera viendo a través de mi alma. Finalmente se volvió a fundir con la espesura y desapareció.
Me considero bastante humilde con respecto a mis obras, normalmente estoy satisfecho con el resultado. Pero en aquella ocasión sabía que faltaba algo muy importante y eso me frustraba demasiado. A pesar de usar la máxima concentración, el cuadro me parecía una vulgar parodia de la escena que viví en el lago.
Dediqué horas en mirar inquisitivamente el cuadro, hasta que despuntó el alba. De repente una voz me despertó de mi ensimismamiento.
— ¡Vaya, menudo cuadro! —dijo una voz áspera tras de mí—. Es usted un joven bastante talentoso.
Me giré para ver a mi espectador. Era un cazador de mediana edad, canoso,  que vestía una indumentaria marrón, típica de los cazadores, y un rifle de caza. No sé por qué, pero al verlo sentí un pavor que, sin duda, el hombre notó en mi rostro.
—No se preocupe, joven —dijo el cazador soltando una sonora carcajada—. Sólo voy a cazar codornices, liebres y patos. No tengo ninguna intención de hacerle daño a ningún ciervo. Supongo que habrá venido aquí por la leyenda.
— ¿Qué leyenda? —pregunté intrigado.
—La leyenda que da nombre a este lago, pues. ¿O es que se pensaba que se llama “Lago del Cazador” porque es propiedad de un servidor?
El viejo cazador soltó otra gran risotada, se ve que le hizo gracia su propio chiste. Cuando paró me miró con ojos brillantes, cómo los de alguien que está deseoso de contar una gran historia.
— ¿Quiere que le cuente la leyenda, joven?
—Claro. Me encantaría escucharla
El cazador se aclaró la garganta, cómo un orador de la Antigua Roma que fuera a hablar ante una gran multitud. Y por fin comenzó a narrar la leyenda:
«Hace muchísimos años, en una aldea cercana a este mismo lago, vivía una hermosa joven. Tenía los cabellos como el oro, sus ojos lucían hermosos y brillantes como el amanecer, y su piel era tan clara cómo el marfil. También se comentaba que el brillo de su sonrisa bastaba para que cualquier agotado hombre recuperase todas sus fuerzas. La fama de su gran belleza llegaba hasta las aldeas próximas y más allá. Obviamente le salían numerosos pretendientes de todos los lugares: algunos le ofrecían oro y joyas, otro le regaló un bellísimo purasangre blanco… Sin embargo, ella los rechazaba a todos; hasta que un buen día llegó un joven cazador que le obsequió una extraordinaria piel de un enorme ciervo, que él mismo cazó con sus propias manos. La muchacha quedó muy asombrada por su valentía y fuerza, así que lo eligió a él cómo su futuro marido. El tiempo pasó y  la pareja era conocida en toda la región por el gran amor que sentía el uno hacia el otro, hasta esperaban la llegada de un retoño. Sin embargo, un nefasto día la mujer enfermó, y debido a las fiebres y a problemas del embarazo, acabó sucumbiendo a la enfermedad en una noche de luna llena. Los días pasaron, y el cazador sufrió una fuerte depresión hasta dar la impresión de ser un muerto en vida. Ya no salía a cazar y la gente de la aldea casi nunca lo veía. Finalmente, una fatídica noche de luna llena, igual que la noche en que murió su esposa, el cazador tomó la piel de ciervo, que tiempo antes le regaló, y se lanzó a las aguas del lago, muriendo ahogado y acabando así con su pena. Desde entonces, se dice que en las noches de plenilunio aparece, en este mismo lago, un ciervo rojizo de grandes cuernos dorados. También se dice que  si alguien de buen corazón ve al ciervo encontrará el amor en breve»
—Pero bueno —dijo el cazador cuando terminó su relato—, solo es  una leyenda. Usted, joven, parece ser lo bastante despierto para no creer en  esos cuentos de viejas.
Desvié mi vista al paisaje del cuadro, recordando la maravillosa escena de la que fui testigo, y solté un melancólico suspiro.
—Tiene usted razón —le respondí—. Una leyenda es solo eso… una leyenda.

martes, 1 de diciembre de 2015

Poesía - Belleza vana

Pardo amanecer con atrevida mirada,
amapola que baila con la brisa de la muerte,
golondrina que vuela alegremente
en el cielo de tu prepotencia airada.

Déspota primavera que ataca incesante
a las hojas secas que se arrastran,
por el suelo que pisan los que aman
a la tímida sencillez caminante.

Infinita belleza que corre por tus mejillas,
gracias a la blanca máscara exuberante
que portas y que jamás te quitas.

Oportuna hipocresía que siempre va delante
para tratar como marionetas nuestros ojos
y cegarnos de la bella sencillez imperante.

El conocimiento reprime al bello cuervo
que se viste de blanco para parecer paloma
y poder engañar a los que no tienen ni gota
de saber en la parte anterior a su cuerno.

Se adora el lúgubre espacio vacío
que tiene aforo para las libres aves,
pero cierra la puerta alegando que no cabe
ningún gorrión que ande buscando nido.

Sonrisa sin fundamento alguno
que desgarra los labios en la cara
tan solo por ser idolatrada un minuto.

¡Ay, prepotente belleza ingrata!
Te dirán cuál es tu mortal errata,
Te mostraran que sin el saber no eres nada

lunes, 30 de noviembre de 2015

Relato - El Huésped

La tormentosa lluvia azotaba el humilde pueblo  marinero de  Puertoancho.  En el pequeño hostal del pueblo un hombre alto, robusto  y  trajeado cruzaba la puerta de entrada. Dirigiéndose  al mostrador donde atendía un hombre de edad avanzada, que era el dueño del hostal, dijo con una afable sonrisa:
—Buenas noches, me gustaría alquilar una habitación sólo hasta mañana por la mañana. Estoy en un viaje de negocios, así que sólo puedo pasar aquí una noche.
—No hay problema —dijo el anciano del mostrador—. Señor…
—Von Karma —dijo el huésped con una sonrisa—, Alfred  von Karma.
—Bueno, Sr. von Karma. Lo único que necesito  es que me firme aquí —dijo el anciano ofreciéndole un bolígrafo mientras le alcanzaba el libro de registros—. Llamaré al botones.
El dueño del hostal llamó a un joven con uniforme de aspecto desaliñado y bastante enjuto, que se encontraba en el otro extremo de la sala fumando un cigarrillo. Este acudió con tranquilidad a donde estaba el caballero y el anciano.
—Hijo, este es el señor von Karma. Lleva su equipaje y acompáñale a su habitación, la 18.
El joven le estrechó la mano al cliente, agarró su maleta y le condujo a su habitación. Los pasos de ambos resonaban y hacían crujir el vetusto suelo del  hostal mientras el viejo les veía marcharse.
El dueño del hostal puso la radio para oír los resultados de la lotería y ver si la diosa Fortuna le había sido favorable por una vez. Pero en su lugar oyó una noticia que le hizo estremecer cada fibra de todos sus cansados nervios.
«La ciudad de Puertoancho ha sido testigo de uno de los más perturbadores y sangrientos sucesos ocurridos en la noche. Un policía local halló el cuerpo de una joven, desmembrada de una forma brutal. El bolso de la joven muchacha contenía todas sus pertenecías incluida la cartera con todo su contenido, por lo que se dedujo que el asesino es un sanguinario psicópata que solo obra siguiendo sus dementes y sanguinarios instintos. Su rostro quedó tan desfigurado que se necesita esperar a los resultados de ADN para saber la identidad de la desdichada joven. Se ruega a los habitantes del pueblo que guarden la calma y que no salgan de sus casas por la noche hasta que la policía arreste al autor de los hechos. Buenas noches»
La noticia de ese terrible crimen hizo que el viejo sintiese un tremendo escalofrío por todo su ser. Cerró el hostal y se dispuso a dormir, o como por lo menos  intentarlo.

A la mañana siguiente el anciano despertó ojeroso y pensativo debido a la noticia de la noche anterior. Los pasos firmes de alguien le despertaron de su ensimismamiento. Era Alfred Von Karma que se disponía a pagar su estancia en el hostal y a marcharse para seguir con sus viajes de negocios.
—Me temo que me tendré que ir —dijo el Sr. von Karma— ¿Cuánto es?
—Son 10 euros por una noche —contestó el dueño
Con una sonrisa afable, el caballero le tendió un billete de 10 euros.
—Gracias. Regrese cuando quiera —le respondió el dueño.
Antes de irse el Sr. von Karma se dio la vuelta y le dijo al anciano.
—Por cierto, yo que usted enviaría a la chica de la limpieza para que limpie. Creo que he ensuciado un poco. Eso es todo. Adiós, buen hombre —dijo a la vez que levantaba su mano en señal de despedida.
Después de que el hombre trajeado se fuese el viejo decidió llamar a una joven empleada, para que le sustituyese su puesto en la recepción mientras él se iba a caminar por el hostal , para despejarse un poco.
Mientras él  andaba por los pasillos del edificio le llegó un extraño olor desde una de las habitaciones. Ese desagradable olor procedía de la habitación 18, la misma habitación en la que se alojaba el caballero de la noche anterior. Abrió la puerta de la habitación y se agarró fuertemente del pecho mientras intentaba inútilmente respirar. Finalmente se desplomó muerto víctima de un infarto. Su viejo y cansado corazón no estaba preparado para la escena dantesca que le aguardaba en el cuarto de baño de la habitación 18 que seguramente le perseguiría incluso más allá de la misma muerte.
El joven que acompañó al señor Von Karma a su habitación se mecía cómo un péndulo. Una soga ensangrentada atada fuertemente  al cuello le sostenía. Su rostro estaba convulso en una grotesca expresión de horror. Su cuerpo, desde el pecho hasta la caja torácica, estaba abierto cómo si fuese un cerdo en el matadero, de tal forma que todas sus entrañas y sangre fueron a caer en la bañera. Esta parecía una macabra sopa de sangre sacada del infierno  y los órganos, a modo de ingredientes, flotaban en el líquido escarlata.
En el gran espejo del lavabo se veía, escritas en sangre, las siguientes palabras:

GRACIAS POR SU HOSPITALIDAD