martes, 15 de noviembre de 2016

Relato - Recuerdos perdidos

Hacía frio en la habitación, demasiado para que una sola manta, por muy gruesa que fuera, bastase para hacerle entrar en calor. La bombilla iluminaba la sobria habitación, de paredes blancas y escasamente decorada con los pocos muebles que su familia podía permitirse: un sofá viejo de tres plazas y otro de dos al frente, ambos de color negro, con visibles desperfectos; una mesa redonda entre ambas, un viejo radiador olvidado en un rincón y una televisión de 25 pulgadas sobre un mueble con dos cajones. No recordaba porque la había puesto, apenas le prestaba atención.
A pesar de que se había echado la manta por encima y de que esta le cubriese la cabeza, no conseguía sentirse mejor. Lo único real que sentía, aparte del vacío que lo reconcomía por dentro, era el frío que mordía su piel y se colaba por debajo del pijama. Se había hecho un ovillo, más por el intento de esconderse que por calentarse, y miraba la televisión solamente por hacer algo, sin prestar ninguna atención a las noticias.
Un lúgubre pensamiento tomó forma en su cabeza, uno de tantos que lo habían perseguido desde entonces.
«Me lo merezco»
Aún recordaba lo que había pasado, el recuerdo de aquella noche permanecía vivido en su cabeza desde que ocurrió. Lo peor eran las pesadillas, las primeras noches había gritado en sueños y se despertó entre sudores fríos, reviviendo en su cabeza las muertes de Pitt y Larry antes de que su madre entrase en la habitación. Desde entonces mentía a su madre, diciéndole que sus pesadillas se debían a películas de terror, pero su madre sabía de sobra que él no veía esas cosas y trataba de sonsacarle la verdad. Escondérselo empeoraba las cosas, le hacía sentirse más culpable.
Había cambiado desde entonces, al principio no quiso creerlo pero la realidad era esa, ya no era el mismo de antes. Se había vuelto reservado y callado, ya no salía apenas de casa. Lentamente se había vuelto un chico miedoso, inseguro en todo lo que hacía. Ahora apenas era una sombra de lo que era antes, ya nada quedaba de ese chico alegre y divertido, del chico que miraba la vida con optimismo, de ese adolescente que nunca se atrevería a mentir a su madre.
«Fue culpa mía»
Muchas veces pensó en confesárselo a alguien, en dejar salir la verdad a la luz pero no era capaz. Se había convencido así mismo de que nadie lo creería y, a pesar de que era la verdad, solo era una excusa pobre, un intento inútil por negar la verdad. Lo cierto es que tenía miedo, miedo de que le echasen la culpa por sus desapariciones, miedo de que aquel hombre volviese a por él para silenciarle.  No, no debía contárselo a nadie. Ese era su castigo, prefería torturarse así mismo a contar que Pitt y Larry murieron por su culpa
El timbre sonó, una sola nota vibrando en el silencio de la casa. Se quedó dónde estaba, no tenía ganas de ver a nadie y seguramente no sería importante. Dudaba que fuesen sus amigos, ya hacía días que no lo visitaban, y su madre se había llevado las llaves. Seguramente sería algún vendedor haciendo la ronda, si no le abría se largaría enseguida.
Volvió a sonar. Se planteó si debería abrir, quizás fuera alguien que conocía, pero no tardó en desechar la idea. Fuera quien fuese se quedaría en la puerta.
Pocos segundos después el timbre volvió a sonar. Al parecer la visita era insistente.
« ¿Quién será?» se preguntó mientras se despojaba de la manta y se ponía sus calzadoras.
Su padre siempre decía que nadie llamaba tres veces a la puerta sin motivo, siempre le gustó dar buenos consejos. Salió de la habitación y caminó por el corredor hasta la puerta, no se molestó en espiar por la mirilla antes de entreabrir la puerta.
La persona que esperaba en el porche resultó ser una mujer joven de veintipocos años, de lisa melena rubia y amigables ojos ambarinos, vestida con una sudadera gris y unos pantalones vaqueros. Llevaba una bolsa de papel entre los dos brazos, lo que reforzaba esa sensación de paz que le transmitía. Su cara reflejó preocupación al ver su aspecto desaliñado y ojeroso, pero en su rostro no tardó en iluminarse con una sonrisa.
—Hola —su voz era dulce, le pegaba a la perfección—, ¿eres Ricky Crawford?
—Sí.
— ¡Menos mal, me preocupaba haberme equivocado de dirección! —lo había dicho con un alivio evidente, cosa que le sorprendió—. ¿Puedo pasar? Tengo que hablar contigo.
Aquello era extraño, aunque después de lo que pasó hace dos semanas ya nada le sorprendía. Menos mal que no estaba su madre, seguro que empezaría a hacer preguntas enseguida.
—Solo serán unos minutos —insistió al ver que dudaba.
« ¿Por qué no? Tampoco tengo nada que perder»
—Claro, adelante —dijo a la vez que abría la puerta de par en par.
—Gracias —entró dentro pero no tardó en girarse al pasar por la puerta —. No te quedes ahí. Recuerda porque estamos aquí.
—Ya lo sé, no hace falta que me lo digas.
«Esa voz…»
Otra persona subió por las escaleras del porche, había reconocido su voz al instante. Era él, el hombre que había poblado sus pesadillas, el motivo de que su vida hubiese cambiado drásticamente. No podía tratarse de otra persona, jamás olvidaría esa sonrisa con un matiz cruel. Llevaba la cazadora negra abierta a pesar del frío, se fijó en que llevaba un colgante de plata al cuello, una estrella de cuatro puntas.
No se movió de donde estaba, lo miraba como lo que era, un asesino. A él no pareció importarle, pasó por su lado mirándolo con un matiz burlón. Cuando levantó una mano hacia él retrocedió por instinto, ni siquiera era consciente de que lo había hecho.
—Tranquilo, chaval —dijo con voz burlona mientras le revolvía el pelo con cierta brusquedad—. No voy a hacerte nada.
El hombre entró al salón junto con su compañera y Ricky se quedó pasmado en la puerta, preguntándose como lo había encontrado y que hacía en su casa. De todas las personas que no esperaba ver en su casa, ese hombre se llevaba la palma por motivos más que evidentes. Se quedó allí sin saber qué hacer, si corría quizás podría…
— ¿Piensas quedarte en la puerta todo el día?
El hombre lo miraba apoyado en la pared, escrutándolo con tranquilidad. A él le recordó a un cazador esperando el menor movimiento de su presa.
—Kyle, deja de asustarle —oyó la voz de la mujer reprendiéndole.
—No estoy haciéndole nada —respondió el hombre con calma. Miró a Ricky una última vez y volvió al salón.
« ¿Qué se supone que debo hacer ahora?»
Ricky no lo sabía, todas las opciones le parecían malas: no quería estar en la misma habitación que el hombre porque le daba miedo, mucho más ahora que estaba en su casa; tampoco quería salir corriendo y dejarlos solos en su salón, a saber lo que podría pasarle a su madre. Lo único que podía hacer era ver que querían y rezar porque no fuera nada malo.
Con un suspiro resignado, Ricky cerró la puerta y pasó al interior del salón. Ambos estaban sentados en el sofá de la derecha, la mujer en actitud serena con las piernas juntas y las manos en el regazo, mostrando una educación ejemplar; por otra parte el hombre no podía ser más distinto, tenía ambos brazos estirados sobre el respaldo del sofá y lucía tan tranquilo como si estuviese en su propia casa, mirando a su alrededor con hastío.
Ricky se limitó a sentarse en el otro sofá y volver a echarse la manta por encima, de forma que solo su cabeza asomase. La bolsa de la mujer estaba sobre la mesa, se preguntaba que habría dentro.
—Vaya, que frío hace —dijo la mujer frotándose ambos brazos para entrar en calor. Acto seguido empezó a sacar el contenido de la bolsa, tres vasos marrones cerrados con tapa y los dejó sobre la mesa. Cogió uno de los vasos y se lo ofreció con una sonrisa—. Toma, este es para ti. Te sentará bien.
Ricky  lo cogió con cierta vacilación, estaba caliente. Se llevó una sorpresa agradable al ver que era chocolate. No se lo pensó dos veces antes de abrir la tapa y dar un sorbo, era muy reconfortante.
—Gracias —dijo con voz entrecortada y vio como ambos bebían de sus respectivos vasos, ella un sorbo corto y el hombre bebió un largo trago.
—No hay de que —respondió la muchacha.
—Ve al grano. No tenemos todo el día.
La mujer miró con reproche a su compañero y tras beber un sorbo de su vaso lo dejó en la mesa. Junto ambas manos sobre su regazo y miró a Ricky con una amable sonrisa.
—Supongo que te preguntarás quienes somos —empezó diciendo la mujer, al ver que Ricky no respondía siguió—. Me llamó Ashley Price y mi compañero es Kyle Deep. Verás, Ricky, queríamos hablar contigo de lo que pasó el otro día…
—No hay nada que explicar. Él los mató —acusó Ricky sin escrúpulos a Kyle, por algún motivo el chocolate lo hacía sentir más valiente de lo que se había sentido en días—. Los incineró, no quedo nada de ellos.
—Kyle…
—Es nuestro trabajo, Ashley. Dije que vendría contigo, no que fuera a disculparme. Además esos dos eran unos verdaderos…
Kyle calló con un gruñido ahogado, Ashley le había metido un codazo en el costado. Al parecer no le dio demasiado fuerte, a los pocos segundos estaba como si nada.
—Lo que Kyle quiere decir, a pesar de que se niegue a demostrarlo, —dijo Ashley con una mal disimulada nota de disgusto en la voz— es que siente lo que pasó. No tenías por qué ver aquello, Kyle no tiene demasiado tacto para esas cosas.
— ¿Cómo? —preguntó Ricky incapaz de creer lo que decía— No puedes decirlo en serio. ¡Ellos no merecían morir y mucho menos así!
—Chico, tú no lo…
—Déjame hablar a mí, Kyle. Por favor —le pidió mirándolo con amabilidad, sin una pizca de dureza ni del disgusto que había mostrado hasta entonces.
Kyle le aguantó la mirada durante unos segundos y gruñó algo para sí. Miró a Ricky, luego a Ashley y después a la entrada del salón.
—Como quieras —había cierto hastío en su voz—. Todo tuyo.
—Gracias —le tocó el hombro con suavidad pero él, ceñudo, ni se inmutó.
Ashley suspiró con suavidad y se levantó del sofá para sentarse al lado de Ricky. Vista de cerca le pareció muy hermosa. Sus facciones eran delicadas y suaves, dulces desde la barbilla hasta la nariz, sus mejillas eran sonrosadas. Nuevamente le dedicó una sonrisa, sin saber porque pensó que era fácil sentirse bien con ella cerca.
Cogió una de sus manos entre las suyas y lo miró con infinita paciencia, igual que lo miraba su madre cada vez que despertaba de una pesadilla. Ricky dejó el vaso en la mesa y puso toda su atención en Ashley, preparado para asimilar todo lo que fuera a decirle.
—Ricky, sé que lo has estado pasando mal estos días y entiendo cómo te sientes. Todos esos años aguantando el constante abuso de esos dos y luego ver que acabaron así… Pasaste por algo muy duro, no muchos chicos podrían aguantar algo así durante tanto tiempo, pero ya no tienes que sufrir más. Todo se acabó.
—Pero ellos… —a Ricky le temblaba la voz— ellos no merecían…
—Lo sé —respondió tocándole la mejilla con cariño, la tristeza podía leerse en sus ojos—, pero torturándote no conseguirás nada.
—Pero… pero… —a Ricky se le hizo un nudo en la garganta al ver a Kyle, pero tenía que decirlo. Necesitaba decirlo—. ¿Por qué tenían que morir? Yo los odiaba, odiaba que me hicieran sentir mal pero… ¡yo no quería que murieran!
Al principio Kyle no dijo nada, simplemente guardó silencio. Le aguantó la mirada sin pestañear, grabándose la expresión dolida de su rostro, el sufrimiento pintado en sus facciones juveniles. Ricky no pensaba que fuese a decir nada, que no se sentiría culpable por lo que había hecho, pero se equivocaba.
De repente Kyle se puso derecho y cruzó las manos, se había despojado de esa actitud hosca y cruel que siempre llevaba. Ahora estaba serio, pero no era una seriedad furiosa, sino la de un hombre que estaba convencido a decir la verdad. Ashley estaba tan sorprendida como él, al parecer eso no pasaba muy a menudo.
Cuando la atención de ambos estuvo puesta en él, Kyle empezó a hablar.
—Antes de nada quiero dejar clara una cosa, no me arrepiento de lo que hice. Volvería a matar a ese par de sanguijuelas si pudiera. Esos dos hicieron de tu vida un infierno, eran malas personas. Hubieran acabado mal tarde o temprano. No fue culpa tuya, el único responsable de sus muertes soy yo.
Lo miró a los ojos, por una vez no vio amenaza ni peligro en sus ojos, solo amargura, una amargura profunda en el fondo de sus ojos. Veía su imagen borrosa por las lágrimas que afloraban en silencio, las lágrimas que había guardado por los matones y que no se atrevió a soltar.
—No soy ningún santo, tampoco un demonio. Yo fui quien escribió el anuncio, solo viéndote ahora comprendo la gravedad de lo que hice. Fui un necio y merezco que me desprecies por ello. Llevas razón, soy un asesino. Tengo mis motivos para serlo, motivos que no puedo contarte y que no necesitas saber. Lo único que puedo decirte es esto.
«Pitt y Larry eran un par de indeseables que disfrutaban del dolor de los más débiles y murieron por ello. Puede que no mereciesen ese final, puede que tuvieran una muerte horrible, pero con el tiempo se habrían convertido en algo mucho peor. Lo único que lamento es que tuvieras que verlo, la muerte siempre deja una estela de dolor para los que la presencian. Odié que tuvieras que presenciarlo, nadie debería haberlo visto y menos el chico al que esos dos le jodieron parte de su vida. Fui un inconsciente y un miserable, no te ayude sino que te hice sentir peor. Te libré de dos demonios para sustituirlos por uno peor, por mi culpa has vivido con miedo desde esa maldita noche y nada de lo que pueda hacer podrá cambiar eso. Una disculpa no arreglara nada, pero quería que lo supieras. Yo… lo siento, Ricky»
Ricky no sabía que decir. Los recuerdos se agolparon en su mente: Pitt y Larry en la guardería el día que se conocieron, Pitt y Larry metiéndolo en el armario de la limpieza a los 6 años, tirándolo en un contenedor de basura a los 12. Todos y cada uno de los recuerdos que tenía de ellos eran malos, pero ahora que no estaban se sentía vacío. Durante toda su vida los había odiado, había deseado muchas veces que desapareciesen y lo dejasen en paz, que se mudasen a cualquier otra parte. Su deseo se hizo realidad, pero del modo más cruel posible.
¿Por qué se sentía tan mal? ¿Por qué los echaba de menos? ¿Por qué…?
—Yo… yo… —las palabras no podían salir de su garganta, se miraba las manos temblando mientras las lágrimas caían sobre ellas.
—Ya pasó, ya pasó —dijo Ashley con voz dulce acunándolo a sus brazos, apoyó su cabeza sobre su hombro y lo acarició con dulzura—. Lo has pasado muy mal, pequeño. No tienes por qué sufrir más, déjalo salir.
Ricky trató de resistirse, intentó guardar el dolor dentro, impedir que saliera al exterior, pero la bondad de Ashley fue demasiado para él. Se abrazó a ella llorando con fuerza, dejando salir la angustia de todos esos años, llorando por las dos personas por las que pensó que jamás derramaría una lágrima, desprendiéndose con cada lágrima sin saberlo de los espinosos recuerdos arraigados en lo profundo de su memoria.
Ambos esperaron con paciencia, ella abrazada a él, consolándole como si fuese su amiga, él viéndolos unidos en ese abrazo, siendo participe silencioso de un cambio que Ricky no sospechaba. Los sollozos del niño se fueron apagando lentamente hasta ser un moqueo ahogado, hasta que su respiración se acompaso y quedó dormido en los brazos de Ashley.
Con cuidado de que no se despertase, lo dejo tumbado con cuidado en el sofá y lo tapó con la manta. Mientras Ashley miraba al pequeño, Kyle fue hasta el fondo y encendió el radiador. Cuando volvió al lado de Ashley, ella ni siquiera se percató. Estaba agachada junto al sofá, mirando al niño con ternura mientras él dormía en un plácido sueño.
—Pobrecito —susurraba mientras le acariciaba la cabeza—. Ha sufrido mucho.
— ¿Crees que es lo mejor para él? Hacerle olvidar una parte su vida es cruel en cierto sentido. La gente sospechará cuando vean que no recuerda.
—Yo no decido lo que hace mi poder —respondió incorporándose—. Lo he visto, Kyle. No tienes ni idea de las cosas horribles que le hicieron, de todas las humillaciones que le hicieron pasar. Sus recuerdos estaban plagados de desgracias, creció sin un padre que lo cuidase. No podía dejarlo así…
Ashley se sujetó un brazo y bajó la cabeza, ahora Ricky podría tener una vida feliz. Sintió que Kyle la abrazaba por detrás, notó el calor de su cuerpo junto al suyo. La rodeó por detrás y pasó sus brazos por sus hombros para protegerla de un frío peor que el del invierno.
—Eres demasiado buena para este mundo corrompido.
Tocó sus brazos con sus manos, sonriendo con una tristeza que solo ella podía entender.
—Lo sé.

3 comentarios:

  1. Eh... la santurrona de este capítulo es la Harley quinn del anterior? La chica que mató al gordo seboso en su casa? Jajaja veo que en este relato querías contar algo, la vida de una persona que ha sido humillada toda su vida. No sé hasta qué punto es buena idea que dicha persona lo olvide todo, pues lo que sacó de todo ello algún día le hará fuerte. En todo caso ver a Kyle en plan "soy malo pero en el fondo no" me ha sorprendido, sobre todo por lo rápido que sucede todo.

    Cada vez tengo más curiosidad por saber quiénes son estos siervos del "Mundo"... Ricky seguirá en la historia o su papel terminó aquí? Parece ser que sí.

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    1. Vale, creo que necesitas hacer un pequeño repaso a los relatos anteriores jaja. Ashley e Eve son dos personajes completamente diferentes, el título de su relato y este te darán una pequeña pista ;)

      La decisión la tomó Ashley porque pensó que le haría un favor a Ricky, si supieras por todo lo que pasó el pobrecito... Digamos que Kyle es un tipo duro pero tiene un lado amable, para que nos entendamos es un poco tsundere xD

      Quién sabe, el tiempo dirá si Ricky volverá a cruzarse con ellos o no :P

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  2. Wooow creo que aqui se van uniendo las partes , de primero creia , que era Eve , y traia de nuevo peluca , pero poco a pcoo fui entendiento que querian que olvidara esa parte de su vida aunque al primcipio crei que la borrarian con algo , no que ella tubiera ese poder ...

    Creo que la "mafia"😂😂 el MUNDO , son personas Sobre Naturales , ya que cada una tiene un poder diferente ...

    Kyle : saca fuego
    Llynd : es un asecino 🤔( aunque creo que para meterse en un lugar tan protegito , puede que se haga invisible? )
    Eve: da besos mortales
    Ashley: borra recuerdos

    Aun sigo pensando que tiene kyle para seguir en esto cual es su secreto ??

    Buena historia Jasp

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