jueves, 6 de octubre de 2016

Relato - Dulce veneno

El humo flotaba en el aire del salón, llenando del gris incorpóreo el aire de la sala. Todo estaba oscuro, solo el puro encendido aportaba una tenue luz a la estancia. El hombre no tenía prisa, sabía que pronto llegaría lo que estaba esperando. La paciencia hace al cazador, una frase que a modo de mantra repetía casi a diario.
Miró la habitación con aire distraído. Era lujosa, no tenía nada que ver con cualquier otro apartamento de ese bloque. Un salón espacioso con tres sofás, un mueble lleno de discos y películas con televisión de plasma en el centro, una lámpara de aspas en el techo y una pequeña mesa de roble ornamentada hecha por encargo.
Tocaron al timbre, sonrío al oír la tan conocida melodía. Dejó el puro en un cenicero de plata y fue a atender a su visita. Preparó su sonrisa, totalmente afable, una sonrisa completamente ensañada; y abrió la puerta.
«Nada mal»
Era mejor de lo que esperaba. La repartidora era una hermosa chica rubia, una belleza de unos veintipocos años, que le sonrío inocentemente y le miró afectuosamente con sus ojos de un verde oscuro. Llevaba el típico uniforme de pizzera: minifalda negra y camisa blanca con el logo de la empresa. No era la mejor que había visto, pero una rápida mirada le bastó para saber que era su tipo: atlética, inocente, coqueta por la forma en que le sentaba la ropa. Le sorprendió ver que llevaba un bolso negro colgado del hombro derecho, pero eso era un detalle insignificante. Sostenía la caja con los dos brazos, ofreciéndosela con una sonrisa dócil.
«Un siete, tal vez un ocho» pensó analizándola con la mirada.
—Buenas tardes, aquí tiene su pedido —le dijo la chica con voz dulce en un tono tan suave que le complació.
—Muchas gracias, señorita —respondió el hombre con amabilidad y se apartó a un lado—. ¿Le apetece pasar? El trabajo de repartidora debe ser agotador.
— ¿Está seguro? No quisiera molestar…
—No es ninguna molestia. Pase, por favor.
La repartidora le sonrió agradecida y entró con reparo al piso, el dueño no tardó en cerrar la puerta tras ella. Haciendo honor de su timidez la chica se quedó en la puerta del salón, sin saber muy bien si debería entrar o sentarse en alguno de los sofás; en cambio el hombre volvió a su sitio, se sentó cómodamente y recogió el puro. Al hombre le encantó el comportamiento de la chica, cuanto más vergonzosas fueran tanto mejor para él.
— ¿Le importa si voy al baño?
—En absoluto. Al fondo a la derecha.
Dejó la pizza sobre la mesa y no tardó en desaparecer por el pasillo, pero tuvo tiempo para echarle un buen vistazo por detrás.
«Quizás un ocho sea poco» sonrió con lascivia y pensó en lo que iba a hacerle.
Sabía que lo que hacía no estaba bien, que si alguien se enteraba estaría en la cárcel en menos de lo que canta un gallo; pero eso era lo que más le gustaba. El riesgo unido al placer que sacaba de esos encuentros era una mezcla exquisita, un éxtasis que se prolongaba con cada nuevo acto impúdico, con cada mujer que caía en sus garras.
No le importaba que algunas de las chicas lo denunciasen, en su juego ellas eran las pequeñas mariposas atrapadas en su red y él la araña que decidía si soltarlas o devorarlas, lo segundo con evidente placer. Había tomado precauciones para que eso no sucediera, grabando cada uno de los encuentros y amenazándolas con enseñárselos a su jefe después. Era un juego peligroso, pues el primer perjudicado era él, pero esas bobas repartidoras de pizza preferían su reputación a que la verdad saliera a la luz; aunque nunca volvía a verlas después de eso.
Una sonrisa cínica iluminó su rostro cuando oyó el taconeo procedente del pasillo, su nueva víctima ya había vuelto. Su actitud seguía siendo tímida, cohibida ante una hospitalidad que no solía recibir, pero algo había cambiado en ella. Al parecer se había retocado el maquillaje, mejor dicho, lo había cambiado. Tanto sus labios como su sombra de ojos eran negros, dándole un aspecto oscuro y punk completamente discordante con su dorada cabellera; sin embargo al hombre le gustó el cambio, resaltaba su belleza y le recordaba a una de sus primeras presas, una chica gótica de pelo negro y con varios piercings en la cara, con la diferencia de que a ella aún no la había catado.
«Esto es nuevo» pensó sin apartar los ojos de su rostro.
La chica se acercó a él y dejó el bolso sobre la mesa, lo abrió y del interior extrajo el tan conocido formulario de entrega, una formalidad que no recordaba de las otras veces pero que le traía sin cuidado.
—Muchas gracias, realmente necesitaba un respiro —ya no había rastro de esa voz inocente de antes, pero le dio igual. Le ofreció la cuartilla con el formulario y el bolígrafo a punto—. Y ahora si es tan amable firme aquí.
—Eso no va a ser necesario.
No cogió el formulario ni tenía intenciones de firmar ese ridículo papel, en lugar de eso cogió a la chica de la cintura y la atrajo con violencia, obligándola a sentarse violentamente sobre él.
— ¿Qué está haciendo? ¡Suélteme!
—Nada de eso —respondió el hombre con voz ronca, impaciente por empezar la faena —. Aun tienes que darme otro servicio.
— ¡Está loco! ¡Auxi…!
Le tapó la boca con una de sus manazas y con la otra apretó sus nalgas con lascivia, el grito ahogado de la chica solo le excitó más. Aquella chica apenas pesaba nada y fue fácil de manejar, tras un forcejeo de apenas unos segundos la tenía sentada encima de él y completamente inmovilizada. La había puesto mirando hacia él, de forma que pudiera verle su cara y la locura en sus ojos, el deseo de un animal desenfrenado.
—Escúchame bien, muñequita. Vamos a pasar un buen rato y te va a gustar, ¿lo entiendes? Si te portas bien podrás salir aquí como viniste, siendo una vulgar repartidora de pizzas, pero antes le darás a este viejo gordo placer del bueno. ¿Me has entendido?
Por toda señal la chica asintió, solo entonces le destapó la boca. El hombre se echó hacía atrás y se retumbó en el sofá, la chica ahora estaba sentada completamente sobre él en una posición perfecta. Ya no podía esperar, quería empezar cuanto antes.
—Ahora ven aquí y haz lo mejor que sabes hacer, perra —dijo con voz autoritaria.
La chica no se molestó por el insulto, tampoco estaba asustada en absoluto. Todo lo contrario, parecía que la situación era de su gusto. Se estiró como si fuera una gata y pasó sus manos sobre el torso del hombre despacio, el solo contacto de la chica le hizo estremecer. Acto seguido se echó hacía delante, estaba tan pegada a él que notaba sus senos contra su piel, una sensación que casi le hizo perder el control y olvidarse de las reglas del retorcido juego que había inventado meses atrás.
—Esto estorba.
Le quitó el puro sin miramientos y le dio una calada profunda, le echó el humo en la cara y lo dejó en el cenicero.
«Menuda suerte la mía, he dado con una buscona cualquiera» pensó completamente extasiado, sin apartar los ojos de esa magnífica visión que le regalaban sus ojos.
Ya estaba lista para el juego, en sus juegos veía el hambre de una autentica depredadora, de una fanática como él.
—A ver cómo te las gastas.
Se lanzó como una fiera sedienta a por su boca y le besó apasionadamente. Su lengua se movía juguetona dentro de su boca, atacando a la suya en un arranque de lujuria desenfrenada, pero no tardó en reaccionar y dejarse llevar. Por mucho que intentó sobreponerse era ella quien llevaba el ritmo, lo controlaba como si fuera un juguete y eso lo estaba volviendo loco. El hombre estaba fuera de sí, eso era mucho más que un beso y aquella chica era mucho más de lo que parecía, tenía de oveja menos de lo que él tenía de lobo.
No fue consciente de cuanto duró, solo se perdió en el contacto de su cuerpo con el suyo, en el frenesí de sensaciones dentro de su boca. Cuando acabó el hombre estaba exhausto, fatigado, aquella chica lo había dejado completamente fuera con un único beso. Él estaba tan satisfecho que no cabía en sí de gozo, en cambio ella estaba como si nada, como si apenas hubiera sido un roce.
Se separó de él y le sonrió con picardía, ya no veía a la repartidora a la que le abrió su puerta. Fuera quien fuera esa chica, era muy diferente de la recatada muchacha de antes.
— ¿Qué te ha parecido eso, foca grasienta?
—Joder, eres como una droga —respondió el hombre con voz ronca y profunda—. Estoy listo cuando quieras, nena.
—Un poco de paciencia, lo mejor aún está por llegar.
—Pues a que estas…
No puedo terminar esa frase, la diversión se había acabado. Un dolor terrible surgió de repente, como si una oscura garra se extendiera por su interior y le desgarrara por dentro, oprimiéndole el pecho en espasmos violentos y sin piedad. Se echó las manos a la garganta, sentía como si sus pulmones se hubieran vaciado de aire y se secasen como hojas secas.
— ¿Qué me has hecho…?
La chica no le respondió. Su sonrisa era cruel, sádica, llena de un placer siniestro y letal. Ahora que se fijaba sus ojos no eran verdes, sino de un profundo violeta que se oscurecía como su visión, dos pozos venenosos que lo miraban con burla.
Intentó agarrarla del pelo con desesperación, quería hacerla gritar ahora que podía. Agarró unos generosos mechones de su dorado cabello y tiró con fuerza, pero no hubo grito ni queja alguna. En su mano tenía una peluca rubia, la verdadera chica estaba ahora frente a sus ojos, una oscura visión de cabello negro como el ala de un cuervo, de sonrisa afilada como la de una serpiente, de ojos morados como tanques de veneno. Era una visión hermosa, una belleza oscura que se apoderó de todo mientras la negrura lo devoraba todo. Fue lo último que vio antes de que sus ojos se apagaran para siempre.
Se debatió en su doloroso final incapaz de ver, privado de escuchar y silenciado para siempre. Los gorjeos ininteligibles de aquel que encontró placer en someter a chicas inocentes y arrancarles la virtud, la pureza y la libertad, habían acabado. El hombre murió con los ojos y la boca abiertos, su expresión para siempre petrificada en el rictus mortis.
Ya estaba hecho, se acabó. La chica se levantó sin más, recogió el olvidado puro y se lo metió en la boca. Se colgó el bolso negro al hombro, cogió la caja de pizza y sonrió con mordacidad al cadáver.
—Gracias por la hospitalidad, me lo he pasado muy bien. Me llevó el puro y la pizza, ya no los vas a necesitar.
Salió de un portazo del piso y bajó las escaleras sin prisa, con la conciencia tan tranquila como si hubiese aplastado a una mosca. Afuera era de noche, la luz de las farolas iluminó el coche negro aparcado en la acera de enfrente. Se encaminó hacia el coche sintiéndose poderosa, disfrutando de los últimos restos del subidón.
Entró dentro del coche sin preguntar, la brisa nocturna era refrescante. Dentro la esperaba un chico de pelo negro y profundos ojos azules, su mirada exigía respuestas. Ella se limitó a tirarle la caja de la pizza y él le pasó una lata de cerveza.
— ¿Qué tal el trabajo?
—Ha sido fácil, ese gordo seboso ya no violará a más repartidoras de pizza —hizo una mueca molesta y tiró el puro a la calle—. Odio hacer de mosquita muerta, ¿por qué tenía que ponerme esa ridícula peluca?
—Porque nadie en su sano juicio te confundiría con una “simple” repartidora de pizza, Eve.
No respondió, dejo que sus amargas palabras se ahogasen en la cerveza.
—No me parece bien que vayas por ahí repartiendo besos mortales, hay formas mejores de usar tu don —le recriminó el chico.
—Pero pone un montón —soltó Eve asqueada. Miró a su compañero una vez más, le molestaba que la juzgase de esa forma—. Ya hemos hablado de esto un millón de veces, Lloyd. Es mi poder y lo usó como me apetezca, entiéndelo de una maldita vez.
Lloyd esbozó esa sonrisa irónica reservada solo para ella.
—Al menos en el otro barrio pueden decir que murieron por un dulce veneno.
Eve lo fulminó con la mirada y le dio un puñetazo en el hombro.
—Que te den, Lloyd.
—No te pongas así, Eve —Lloyd intentó cogerle la mano pero ella lo apartó de un manotazo—. Eve, solo era una broma.
No quería mirarle, ahora su mente estaba demasiado lejos de él.
—Cierra el pico y llévame a casa.
Lloyd obedeció. El coche arrancó y avanzó por las oscuras calles, negro como el pasado de la chica de su interior.

3 comentarios:

  1. oHHHH ´Qué cambio!! Esto me ha gustado, huele a historia interesante! Tiene una relación con el relato anterior del hombre fuego?? ¿Hacen parte del mismo grupo? ¿Ella también es una limpiadora? (Imagino que alguna de las víctimas rogó que se encargaran del gordo pervertido...)

    Esto se pone interesante (la Eve me ha hecho pensar en Harley Queen jaja)

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    1. Si te soy sincero, tenía mis reparos con este audio porque no sé porque pensaba que al público femenino podría molestarle la temática; pero se ve que me equivoque y me preocupaba demasiado xD

      ¡Pues claro que es interesante, ¿acaso lo dudabas, Leila?! Ya sabes como van mis series, sé que conoces la respuesta a esa pregunta. Y respecto a las siguientes pregunta también sabes las respuestas (eres de mis mejores lectoras, tengo mucha confianza en ti). En el caso de esta víctima, si que me alegre de que se muriera, ¡hasta yo mismo, su creador, le tenía asco!

      Me alegro de que te haya gustado y no, la señorita Queen no tiene nada que ver en esto, Eve es hija mía por derecho propia (si tengo en cuenta que escritor equivale a padre literario, claro jaja)

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  2. Wooow muy bueno me gusto mucho , van ligados de la mano? Los relatos se me hacen historias diferentes , pero con el mismo "efecto" limpear alos malos ....


    Interesabte que una chica saliera en un relato deberias de darles mas participacion alas mujeres...

    Aqui si me saque un poquis de onda ella lo mato con un beso😱

    Pero este murio mas bonito , que ni los quemados ....

    Este sufrio menos y mas daño hizo , 😣violaba alas mujeres 😲😠😠😠
    Viejo @#^&/...

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