jueves, 22 de septiembre de 2016

Relato - Los débiles arderán

Hay días buenos y días malos, aquel era de los peores. Ricky había tenido un día normal, sin problemas de ninguna clase. Pensó que la suerte por fin le favorecía, que no tendría que pasar por nada malo pero, como suele decirse, es mejor no tentar a la suerte.
Aquella noche Ricky fue a comprar a la tienda de la esquina, solo iba a hacer la compra y nada más. En la tienda todo fue bien, lo malo vino después. Cuando salió por la puerta se encontró con ellos, las dos personas que menos deseaba ver, y antes de que pudiese huir lo cogieron por los brazos y lo arrastraron al callejón de su calle. Tenía que haberlo visto venir, siempre pasaba lo mismo: él salía a alguna parte, ellos aparecían de la nada y lo llevaban al callejón más cercano.
Lo llevaron hasta el fondo y lo tiraron al suelo, el contenido de la bolsa se desparramó por el suelo. Ricky ya estaba harto de ellos, los conocía más de lo que le gustaría. Eran los matones del instituto y por desgracia sus compañeros desde primaria, pues cada año coincidían en la misma clase. Irónicamente eran el dúo perfecto: Pitt era grande y de constitución rolliza, su cuerpo era dos veces como el suyo y tenía la fuerza suficiente para pelear contra varios oponentes a la vez; en cambio Larry era escuálido, larguirucho y débil, pero tenía una inteligencia aguda y la astucia para planear emboscadas en los lugares idóneos a la hora precisa. Se podría decir que Pitt era el músculo y Larry el cerebro pero Ricky siempre pensaba en ellos como el cerdo y la rata, una semejanza que se hizo más patente con el paso de los años.
Ricky no podía hacer nada, así había sido siempre. Solo podía mirarlos con resignación, esperando que acabasen pronto.
— ¿Qué hay, Ricky? —le saludó Pitt con una mueca burlona.
—Ya sabes lo que queremos, así que mejor dánoslo por las buenas —dijo Larry con esa voz que le parecía tan irritante.
Ni siquiera se molestó en responderles, sacó su cartera del bolsillo y se la tiró a Pitt. Había hecho tantas veces ese gesto que era casi automático. La mueca de desagrado del grandullón le hizo sonreír, esa vez no podrían quitarle nada.
— ¿Es una broma? No puedo creer que te lo gastases todo —gruñó Larry.
—Qué remedio, tendremos que conformarnos con lo que haya en la bolsa.
Antes de que pudiese decirles nada, ambos se agacharon a inspeccionar la compra. Ricky se levantó enseguida, preocupado porque algo de lo que le pidió su madre pudiese interesarles.
—Eh, Pitt. Mira lo que he encontrado —le dijo Larry a su obeso compañero levantando una bolsa verde.
— ¡Patatas, y son mis preferidas! Buen trabajo, Larry —contestó Pitt dándole una fuerte palmada en la espalda a su compinche, haciendo que se echará hacia adelante por el golpe.
—No podéis llevaros eso —se quejó Ricky con voz débil—. Mi madre me regañará…
Ambos compartieron una mirada significativa y acto seguido estallaron en carcajadas, las de Pitt seguramente podrían oírse desde fuera del callejón. Por sus caras Ricky supo que había sido inútil pedírselo.
— ¿Has oído algo, Larry? —preguntó Pitt mirando a su compañero.
—Que va, Pitt —respondió Larry siguiéndole el juego—. ¿Y tú, Pitt?
—Eso me había parecido. ¿Tú has oído algo, Ricky? —Pitt le echó uno de sus anchos brazos sobre el hombro y lo apretó amenazadoramente—. ¿Verdad que no escuchaste nada?
Ricky agachó la cabeza, no se atrevía a decir nada. Sabía que la forma más fácil de que Pitt pegase a alguien era llevarle la contraria, esa lección la aprendió por las malas a los 8 años.
« ¿Por qué siempre tiene que pasarme esto a mí?»
Era una injusticia, una de tantas, pero él no podía hacer nada. Ricky apretó los puños, otro gesto aprendido cuando era pequeño.
—Justo lo que pensaba —Pitt le apretó un poco más el hombro, asegurándose de que le doliese después, antes de soltarle—. Bueno, se está haciendo tarde. Gracias por las patatas, little Ricky.
«Odio que me llames así, montón de grasa» pensó Ricky con rabia.
Se habían vuelto a salir con la suya, otra vez. Odiaba que siempre fuesen a por él, odiaba no poder hacer nada. Ellos disfrutaban humillándole, haciéndole sentir débil, ¿pero qué podía hacer él? Ya había intentado resistirse otras veces y siempre había salido perjudicado, aún le dolía el tobillo derecho de vez en cuando, un pequeño recuerdo de cuando Pitt se lo retorció con saña aquella vez que se sentó en su espalda.
«Mama se enfadará otra vez…»
Ricky estaba deseando que se largaran de una vez. Ni siquiera quería verlos irse, seguía con la cabeza gacha, esperando a oír sus pasos alejarse. Sin embargo lo que escucho fue…
— ¿Y tú quién eres?
Cuando Ricky levantó la cabeza, vio a un hombre parado frente a los matones. Nada más verlo se sintió intimidado, le asustaba más de lo que esos dos habían conseguido en toda su vida. No le gustaba juzgar a la gente pero nada más verlo una palabra apareció a su mente, como si aquel tío la hubiese grabado a fuego en su cabeza: peligro. Su ropa era completamente normal, una camiseta roja de un grupo de rock que no conocía, unos vaqueros azules y unas deportivas negras, nada que debiera asustarle. Tampoco es que sus facciones fueran amenazantes: pelo moreno y corto, perilla, ojos marrones; sin embargo se sentía intimidado por su presencia.
No sabía quién era, pero algo si estaba claro: estaba en el camino de Pitt, y eso nunca era bueno.
—Estás en medio —dijo Pitt con voz amenazante.
—Serás mejor que te largues si sabes lo que te conviene —habló Larry desde detrás de su fornido amigo.
El desconocido no cayó en sus provocaciones, de hecho no pareció impresionado en lo absoluto. Se sacó un par de fotos del bolsillo, las miró un par de veces y sonrío.
—Por fin os encuentro —su voz era afilada como el filo de un cuchillo, sus ojos miraban a los matones como un depredador miraría a sus presas—. Me he pateado media ciudad buscándoos, sacos de mierda.
— ¿Qué me has llamado? —preguntó Pitt con enfado evidente y se apretó los puños  haciéndolos crujir sonoramente—. Atrévete a repetirlo.
—Vaya, lo siento. No sabía que los cerdos pudiesen hablar, ¿te pasa solo a ti o tu familia es igual? —la sonrisa del hombre se hizo más amplía, parecía disfrutar con siniestro placer al ver la cara de Pitt ponerse roja por momentos. Entonces reparó en Larry y soltó una risotada—. ¿Qué pasa, chiquitín? ¿Te da miedo que mate a tu novio?
Aquello era más de lo que Pitt podía soportar. Se lanzó como una mole con el puño por delante a por el desconocido, parecía un jabalí rabioso embistiendo sin pensar. Lo que pasó a continuación lo dejó sin palabras: justo cuando Pitt estaba casi encima, apenas a un par de pasos de él, se echó a un lado y segundos después Pitt cayó al suelo con estrepito, dándose de lleno con la cara en el suelo.
Ricky no pudo evitar soltar una risotada, ver a aquel cerdo caer le hizo tanta gracia como la cara estúpida que puso Larry, incapaz de comprender como había acabado su amigo en el suelo.
Como todo hombre orgulloso, Pitt fue incapaz de quedarse en el suelo y se levantó de nuevo, con el puño derecho preparado para golpear lo más fuerte que pudiera. Esa vez el hombre fue más radical y le dio un rodillazo, que hizo que Pitt soltará el aire y se arrodillase en el suelo sujetándose el estómago.
El hombre lo miró con desprecio, como si viese una cucaracha en vez de una persona.
—Al final resulta que no eres para tanto —comentó con voz asqueada y se metió ambas manos en los bolsillos—. Seré rápido. Saludo al diablo de mi parte, Pitt McKenzie.
Lo que pasó después poblaría las pesadillas de Ricky durante muchas noches. De repente brotaron violentas llamas del cuerpo de Pitt y este empezó a arder como un muñeco enorme, soltando alaridos agónicos mientras el fuego devoraba su cuerpo. Ninguno de los dos fue capaz de moverse del sitio, vieron aterrados como el grandullón se retorcía mientras su cuerpo se volvía cada vez más negro hasta que, pocos minutos después, dejo de moverse.
Ricky cayó de rodillas al suelo, incapaz de creer que había pasado. ¿De dónde habían salido las llamas? ¿Por qué Pitt estaba muerto? No tenía las respuestas a esas preguntas pero ambas llevaban a aquel hombre, que ahora sonreía cruelmente viendo la masa negra en la que se había convertido el matón. Su intuición no le había fallado, ese tío era muy peligroso y lo que era peor: ahora los estaba mirando a ellos.
—Uno menos. Tu turno, Larry Perkins.
Al oír su nombre, Larry cayó al suelo de espaldas y empezó a retroceder completamente aterrado sin quitarle los ojos de encima al hombre. Ricky se apartó de su camino rápidamente pero él ni siquiera le miró, miraba con la misma sonrisa sádica al aterrado Larry. Vio como avanzaba lentamente hacia él, vio como el otro se arrastraba por el suelo alejándose más despacio de lo que el hombre avanzaba. En unos pocos pasos Larry ya lo tenía encima y antes de que pudiese balbucear algo, el hombre le pateó la cara y su cabeza chocó contra el suelo.
— ¡No me mates por favor! —un pisotón del hombre lo hizo soltar un gañido lastimero—. ¡No quiero morir!
— ¿Pensaste alguna vez en los chicos a los que tú y ese gordo pegabais? ¿Alguna vez os preguntasteis si ellos querían eso? —su voz era como un hierro al rojo, la cólera teñía cada una de sus palabras. Le pateó la cabeza una vez más y después le asestó un puntapié en el estómago—. Seguro que ahora mismo lo sientes, pero ya es demasiado tarde. Hora de rendir cuentas, cabrón.
— ¡No lo hagas! —gritó Ricky alargando la mano, pero ya era tarde.
Igual que le había pasado a Pitt, el fuego apareció de la nada y envolvió a Larry como si lo estuviese devorando una bestia furiosa; pero al contrario que su amigo su muerte fue más rápida. Las llamas lo quemaron tan rápido que apenas pudo soltar un par de gritos ininteligibles antes de su cuerpo quedase completamente carbonizado. Entonces las llamas desaparecieron como habían llegado, como si supiesen que su misión ya había terminado.
Ricky no podía creerlo, no quería creerlo. Nunca le habían caído bien esos dos, los odiaba pero nunca había querido que murieran. Había sido horrible, horrible e incomprensible. Nadie merecía acabar así. El hombre miraba distraído a lo que quedaba de Larry, como si hubiera algún secreto en el cuerpo que acababa de carbonizar.
— ¿¡Por qué lo has hecho!? —gritó Ricky a la vez que se levantaba del suelo. Por primera vez en su vida estaba furioso, furioso consigo mismo por no poder hacer nada, furioso por aquel asesino por quemar a los matones — ¡Ellos no merecían morir!
El hombre lo miró y le dedicó una sonrisa prepotente, como si acabase de hacer algo de lo que estuviera orgulloso.
— ¿No es esto lo que querías? “Servicio de eliminación, nos encargamos de eliminar tus problemas”. Lo ponía muy claro.
— ¿Pero qué estás diciendo?
—El anuncio, chico. Ya sabes, un folleto grande, con letras negras.
Ricky se quedó parado en el sitio, asimilando lo que las palabras de aquel hombre significaban. Entonces recordó el anunció que llegó en el correo, un folio en blanco con rótulos negros y un único número pintado en rojo. Aquel hombre había dicho las palabras exactas del anuncio, como si lo hubiese hecho el mismo.
Se sujetó la cabeza con las manos, tan fuerte que se estaba haciendo daño pero no le importaba. Un único pensamiento martilleaba su cabeza, repitiéndose una y otra vez como el latido de su corazón. Lo único en lo que podía pensar era la siguiente frase: “Yo los maté, yo los maté, yo los maté”. Sabía que era mentira, que el verdadero asesino estaba ahí, mirándolo sin compasión, tan tranquilo como si él no hubiera tenido nada que ver con lo que había pasado en el callejón.
— ¡Yo no quería esto! —le gritó al hombre con rabia, prefería enfocar su rabia en él que torturarse a sí mismo—. ¡Ellos no merecían morir! ¡Los odiaba pero no merecían morir!
Siguió gritándole al hombre, liberando toda la frustración acumulada durante años, soltando todo lo que nunca pudo decirle a los matones. El hombre al principio no hizo nada, se quedó mirándole sin importarle todo lo que pudiera decirle pero su paciencia no tardó en agotarse. Momentos después avanzó hasta él y lo sujeto por el cuello de la camiseta contra la pared, su mirada encerraba un fuego furioso como el que había matado a esos dos.
Ricky enmudeció en el acto, no se percató hasta ese mismo instante de lo que había hecho y palideció de terror.
—Déjame decirte algo, chaval. Si quieres hacer algo, la próxima vez hazlo tú mismo. Esto —señaló con fiereza el cuerpo chamuscado de Larry— es lo que pasa por depender de otro, por tu culpa ahora esos dos son carne asada. Podrían seguir vivos si le hubieras echado narices a la vida, aunque en su caso era cuestión de tiempo.
— ¿Por qué? —preguntó con voz débil. Se sentía vacío, sin fuerzas. Miraba al hombre sin importarle que pudiera quemarle igual que a ellos, necesitaba saberlo — ¿Por qué lo hiciste?
El hombre no le respondió. Lo soltó de golpe y Ricky se dio en la pared con fuerza pero no le importaba, no podía apartar los ojos del hombre. Ahora entendía porque le había parecido peligroso, porque sentía que tenía que correr de él cuanto antes. Era como un fuego descontrolado, como si el aire a su alrededor estuviera ardiendo y él fuera el centro de un incendio invisible, como si no existiera la calma a su alrededor.
Ricky tenía miedo, no entendía porque ni como pero lo tenía, una certeza absoluta de que estar cerca de ese hombre no era buena idea. Él tomó la decisión por él. Se dio la vuelta, mosqueado y se encaminó fuera del callejón, sin mirar atrás. Antes de salir fuera, iluminado bajo la luz de la farola, habló una última vez.
—Recuerda esto, chico. La vida es como el fuego: si eres fuerte podrás controlarla y seguir adelante pero para los débiles como tú no hay otro destino que arder en las llamas. Si yo fuera tú empezaría a cuidar mejor mi pellejo, de lo contrario te espera una vida muy jodida. Vete a casa, y recuerda: los fuertes prevalecerán, los débiles arderán.
Con esas palabras como despedida, el hombre giró la esquina y desapareció de allí, dejando la destrucción a su espalda. Ricky no se levantó, no podía. Se quedó dónde estaba, mirando culpable los cuerpos calcinados de los que hace tiempo, mucho tiempo, había llamado amigos. Incapaz de soportarlo más tiempo, lloró, maldiciendo su propia impotencia y las muertes de aquellos que odió y apreció.
Noches después Ricky solo recordaría dos cosas: los momentos en que Larry y Pitt estallaron en llamas… y la profunda mirada de desprecio de aquel hombre.

6 comentarios:

  1. ¡Hola a todos, queridos lectores! Esta nueva serie, a la que he titulado "Por un mundo mejor", consistirá en escenas conectadas de una misma historia (igual que hice con mi primera serie). Para no estropearos la sorpresa no os diré de que va, pero espero que os guste tanto como Criaturas y Asesino. Y ahora sin más dilación, os deseo a todos una feliz lectura :)

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  2. Quiero leer más sobre esta historia, sobre todo de Dulce Veneno que me ha encantado, creo porque el personaje femenino se llama como yo, Eve :) Saludos Jasp!

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    1. Me alegro mucho de que te guste esta nueva serie, en especial el personaje con tu nombre :) La verdad es que me tenía un poco preocupado, no sabía si te gustaría y estaba un poquitin nervioso jeje

      Siento decírtelo, pero tardaré un poco más en subir las siguiente partes pero no te preocupes, con el tiempo ya las iré subiendo y podrás leer más. Si quieres puedes leer mis otras dos series, "Asesino" y "Criaturas", así la espera no se hará tan larga :)

      Muchas gracias por pasarte, tu opinión significa mucho para mí. Saludos, Eve!

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  3. Jaja vaya historieta! Siempre acaban drásticamente... aunque he de reconocer que empieza muy similar a la de la vampiresa que rescata a uno de un callejón con matones... es aposta?

    Por cierto, yo que tú no pondría "tío" cuando estás narrando, no sé, suena raro. Otra cosa que me ha chocado es... ¿el niño matón amenaza al adulto? Jajaja

    En todo caso me estoy dando cuenta que te encanta contar historias con niños como protagonistas, ¿por qué será? Mil dudas me asaltan con esta lectura más bien sobre tu narración! (Ya voy habituándome a ella^^)

    No entendí bien eso de que es otra serie, Asesino era una historia, Criaturas eran relatos sin relación, ¿en este caso cómo construirás la "saga"??

    Un besazo!

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    1. Todo parecido es coincidencia (y en este caso no es frase irónica, es verdad. No me cosque de ese detalle), esta es una historia completamente diferente jaja

      No me di cuenta de eso, tendré que revisarlo este finde. Respecto a eso, piensa bien en como está caracterizado el personaje y lo verás hasta normal (al final se buscó acabar así, aunque eso ya lo sabes jaja)

      Digamos que en la mayoría de mis creaciones (no siempre), prefiero personajes cercanos a mi edad (digo yo que será eso, en verdad no tengo ni idea. Los creo de forma inconsciente y salen así xD). Me alegro de que te vayas acostumbrando a mi estilo, eso siempre me saca una sonrisa ^^.

      Pues si, esta es mi tercera serie en papiros. ¿Gustará tanto como las otras dos? El tiempo lo dirá jeje

      ¡Muchas gracias una vez más, Leila! ¡Un abrazo enorme y muchos besos para ti, guapa!

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  4. 😐😐😐😐😐😐😐


    Wooow te iva a regañar porque la historia empieza muy dramatica , pero termina igual

    No me gusto como trataban al muchacho ricky , eso que toda su vida le hicieran bulling los mismo 2 desgraciados es feo, y triste y con ganas de gritarles y ponerlos en su lugar 😠😠😠

    Pero en la forma en como murieron , no se si se lo merecian de esa forma pero pagaron por cada crimen que hicieron , cada persona que molestaron y torturaron , aunque hicistes una muerte muy dolorosa y ardiente ....
    El diablo supo como llevarselos (supongo que es el diablo , o algun demonio) , que miedo , y que traumatico para ricky y como siguio su vida ???

    Esta interesante espero leerla rapido y no quedarme con las dudas ... de que continua 🙉👏👏

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