miércoles, 7 de septiembre de 2016

Relato - La leyenda de Robert Sinclair

Rondan muchas historias sobre los bosques de Canadá, famosas leyendas de las numerosas tribus que antaño habitaron las estepas del continente americano. Los indios desaparecieron en su mayoría, pero las historias contadas a la luz de la hoguera pervivieron a lo largo de los siglos.
Muchas historias hablan de seres siniestros, de criaturas devoradoras de hombres que poblaron las pesadillas de los jóvenes indios, que temían con respeto reverencial todas y cada una de las leyendas que sus mayores les contaban. Las tribus eran sabias y temían a lo que no podían enfrentar, no podía decirse lo mismo de los hombres blancos, quienes tomaban sus advertencias e historias como “cuentos de viejas” o “tonterías de salvajes”.
Esta historia me la contó mi padre, y su padre la escuchó a su vez de mi abuelo. Sentaos a la luz de la hoguera y escuchad la historia de un hombre que dio su vida por aquello en lo que creía.
Cuenta la leyenda que hubo una vez un joven cazador que se perdió en un bosque durante una nevada, la más temible que nuestros antepasados habían visto en años. No volvió aquella noche ni ninguna otra, y con él desapareció el terrible temporal. Lo buscaron durante días y noches enteras, durante semanas rastrearon el bosque en busca del cazador, pero no encontraron ni el más mínimo rastro.
Nuestros antepasados, que antaño vivían en una de las reservas de los grandes lagos, no solo negaron su ayuda a los hombres blancos sino que además intentaron disuadirlos de todas las formas posibles pero ellos, necios, disuadieron sus sabios consejos y siguieron en su empeño. Los nuestros hicieron lo posible por evitarlo sin éxito, temerosos de que hubiera más víctimas, pero ya sabéis como son los hombres blancos, niegan todo aquello en lo que no creen y hacen oídos sordos, por muy sabias que sean las palabras que se les ofrezcan.
Los meses pasaron y, por suerte, no hubo más víctimas, los hombres blancos ni siquiera imaginaban cual fue su fortuna al salir ilesos tras noches enteras deambulando por el bosque. La frustración y la falta de pruebas hizo desistir a la policía, y los familiares, compungidos por la pérdida del joven, no tuvieron otra opción que abandonar la búsqueda; todos menos uno. El tío del muchacho, un hombre llamado Robert Sinclair, el más experimentado cazador de la región de los grandes lagos, se negaba a dar por perdido al muchacho. Su pérdida le afecto más que nadie, pues siempre lo había considerado como un hijo propio y compartieron más cacerías de las que él podía recordar.
Su familia intento detenerlo, pues comprendían el dolor que atenazaba al noble Robert, pero él, pensando que era la cobardía y no la preocupación lo que teñía las palabras de los suyos, se armó con su escopeta y salió de la casa maldiciendo con estas palabras: “Vosotros podéis quedaros ahí llorando, yo sé que sigue vivo y lo encontraré. No abandonaré a mi sobrino a su suerte”.
Así, con el corazón lleno de resentimiento hacia los suyos, volvió a la reserva aquella misma noche, una noche de luna llena, una noche tan terrible como en la que desapareció su amado sobrino. Nuestros antepasados lo vieron llegar mucho antes de que saltase las cercas de su propiedad, pues era bien conocida la fama de Robert Sinclair, quien era leal a los suyos por encima de todo.
Robert les pidió ayuda, rogó que le guiasen por el bosque, incluso imploró de rodillas, hecho que sorprendió a nuestros antepasados y les hizo comprender mejor que cualquier otra cosa la determinación y desesperación de aquel hombre. Sin embargo el miedo fue más fuerte y ninguno de ellos le tendió una mano amiga que lo ayudara, en cambio cumplieron con su deber, advirtiéndole que ya nada podía hacer por el muchacho y que algo terrible pasaría si se internaba en el bosque. Robert no dio su brazo a torcer e insistió hasta que uno de los nuestros decidió acompañarle. Su nombre era Lobo gris y como todo buen cree comprendía la lealtad a la familia y no pudo quedarse de brazos cruzados viendo sufrir a ese hombre.
Armados con escopeta y con la luz de las linternas alumbrando sus pasos, Lobo Gris y Robert Sinclair entraron al oscuro bosque. La nevada no tenía piedad y tal era su fuerza que les costaba avanzar, aun así ninguno se dejó vencer y continuaron. No podían oír nada a través del rugido de la nieve, apenas podían vislumbrar si algo se escondía delante de ellos, pero eso no los detuvo.
La travesía fue corta y trabajosa, Lobo gris los guió hasta el último lugar donde encontraron pistas, pero donde antes solo había nieve y árboles ahora había una cerca de tablas y alambre de espino. Lobo gris miró al valiente cazador y le dijo “más allá de este cercado no puedo protegerte, hasta aquí llegan mis pasos. Si sigues adelante, no podrás regresar”. Lejos de aterrarle o hacerle cambiar de parecer, Robert Sinclair respondió lo siguiente: “No puedo dejarlo solo, me necesita”; a lo que, con pesar, Lobo Gris contestó “en ese caso aquí se separan nuestros caminos. Que los espíritus te protejan, Robert Sinclair”, y sin mirar atrás volvió por donde había venido y pronto su silueta se perdió entre la tormenta. No toméis a Lobo Gris como un cobarde por ello, pues es de sabios saber volver cuando la causa está perdida.
Robert Sinclair miró más allá del cercado, intentando vislumbrar más allá de la nieve pero nada fue lo que vio, solo la oscuridad del bosque y la nevada le esperaban más adelante; pero eso no lo detuvo y saltó la barrera. Su camino en solitario fue mucho peor de lo que había imaginado, pues bien es cierto que los duros tragos es mejor pasarlos en compañía y en la oscuridad del bosque todo parecía amenazante. No penséis que Robert era un cobarde por tener miedo, todos los grandes hombres han tenido miedo y lejos de hacerlos débiles les ha dado fuerza para enfrentar sus temores.
Así avanzó el valeroso cazador por el bosque, dejándose los pulmones en cada grito, llamando al sobrino perdido con todas sus fuerzas. Vanos eran sus intentos, nada podría haberse oído por encima del rugido de la tempestad. Muchas veces repitió la llamada pero en ningún caso tuvo respuesta, su resolución con cada intento comenzaba a flaquear. Tal era su angustia que le pareció escuchar algo, como una especie de susurro mezclado con la ventisca, algo que habría atribuido a su imaginación si no lo hubiese oído justo después con más claridad.
Era una voz ronca, una voz gangosa más parecida a un gruñido que a una voz humana; pero ahí estaba, la había oído claramente. Oyó su nombre pero no se refirieron a él como Robert Sinclair, la voz lo había llamado tío Robert. El hombre se levantó del suelo presuroso, dichoso por escuchar aquella voz y preocupado a partes iguales, pues no indicaba otra cosa que el estado en que se encontraba su pobre sobrino. Robert lo llamó una y otra vez pero no volvió a escuchar su voz, por mucho que lo llamó su sobrino no le respondió.
Temiendo lo peor, el buen Robert hecho a correr por los árboles, sacando fuerzas para hacer frente a la violenta nevada que ya apenas notaba. Corría por el bosque tan apresuradamente que tropezó con algo y cayó al suelo, fundiéndose con la nieve tras la violenta caída. Maldiciendo se giró y vio el objeto que lo hizo tropezar, el destello metálico era inconfundible para él y se apresuró a cogerlo. Ante sus sorprendidos ojos estaba el rifle de su sobrino, abandonado en la nieve como si no valiese nada y eso sólo lo hizo preocuparse más, pues sabía mejor que nadie lo mucho que significaba para él.
Se levantó sujetando el rifle y miró delante de él, pero lo que vio le sorprendió. Estaba frente a la entrada de una cueva, una caverna de paredes heladas donde el hielo lo cubría todo. Robert se preguntó cómo aquello era posible, pues ninguna nevada por muy intensa que fuera podría helar una caverna entera; pronto escuchó de nuevo la llamada de su sobrino y dejo de pensar.
Entró a la cueva sin vacilación y miró en su interior, se le heló la sangre en las venas cuando la linterna iluminó lo que había tirado en el suelo. Entre la nieve vio sobresalir el chaleco rojo, antaño entero, hecho jirones y apenas reconocible. Cayó de rodillas y cogió lo que quedaba de la prenda, se preguntó temeroso que clase de bestia habría hecho aquello y donde estaba su sobrino. Buscó alrededor algún rastro más pero no vio nada, ni restos de ropa ni huellas, nada que indicara que su sobrino estaba en aquella cueva.
Robert llamó con todas sus fuerzas a su sobrino, su voz retumbó por la cueva pero nada más, estaba vacía. Se levantó y alumbró el interior de la caverna, tan profunda era que no podía vislumbrar el fondo. Antes de que se decidiera a ir al fondo, sus instintos de cazador, curtidos en cientos de cacerías, lo alertaron del peligro y se giró a tiempo de ver como algo blanco y de gran tamaño se abalanzaba sobre él.
No lo pensó dos veces y apretó el gatillo, el retroceso del arma lo tiró al suelo pero vio con satisfacción que dio en el blanco y la bestia cayó al suelo; pero su sorpresa duró poco, pues segundos después aquel ser se levantó como si nada. La linterna, que estaba tirada en el suelo, alumbró a aquel ser y vio claramente lo que era. Parecía una persona, pero no lo era. Su cuerpo, blanco como el de un cadáver, estaba cubierto de esquirlas de hielo, lo que lo reforzaba su aspecto de cuerpo congelado y putrefacto. Tenía garras afiladas y se movía como un animal salvaje, sus ojos, hundidos y demacrados, mostraban la demencia y el más puro instinto bestial. Su cabeza, al igual que todo su cuerpo, estaba cubierta por hielo y no tenía ningún rastro de pelo. Aquella criatura de más de dos metros miraba al cazador con sus fauces abiertas, donde sus colmillos blancos como el hueso y afilados como cuchillos relucían amenazadoramente a la luz de la linterna.
El hombre, aterrado por aquella espantosa visión, aferró su escopeta con decisión y en el momento en que el cañón del arma apuntaba al pecho de la criatura, vio algo que lo hizo parar en seco. En el pecho de la criatura había algo marrón, un talismán con forma de cruz tallada en roble. La escopeta resbaló de sus manos, sus ojos no podían creer lo que estaban viendo.
Llamó a aquel ser por su nombre, de la forma en que siempre lo había llamado durante toda su vida, pero la palabra murió en sus labios. Antes de que tomasen forma en su garganta, la bestia se abalanzó sobre él y lo derribo, y de un tajo de sus afiladas garras le abrió el estómago por la mitad. No tuvo tiempo de sentir dolor, pues rápida como la certeza de la muerte su otra garra le desgarró la garganta, poniendo fin a su miseria. Robert Sinclair, aquel que fue proclamado por muchos como el mejor cazador de Minnesota, murió con lágrimas en los ojos, asesinado por aquel que había ido a buscar, incapaz de creer que su amado sobrino, una vez un chico valiente y justo, se hubiese convertido en un monstruo.
Esa es la trágica historia de Robert Sinclair. Nunca jamás se volvió a saber de él y nuestros antepasados, fieles a las antiguas leyes, guardaron el secreto de su muerte pero recordaron al hombre caído en desgracia como un guerrero digno, tan capaz como cualquier cree y más valiente que ninguno de ellos. Por qué os cuento esto os estaréis preguntando, pues aún sois jóvenes e inexpertos. Recordad esta historia, hijos míos, guardadla bien en vuestra mente, y nunca olvidéis que allí fuera, en las profundidades del bosque, hay cosas peores que los lobos, criaturas que no pertenecen al mundo de los vivos… ni al de los muertos.

3 comentarios:

  1. Uoooh qué dramático! Pensé por un momento que sería Robert quien mataría al sobrino, no al revés, pero fue demasiado rápido... Por cierto, ¿cómo se convirtió? Por contagio? No se explica, o eso creo!

    Me ha gustado el ambiente, me he imaginado una noche nevada (tengo frío ahora mismo así que era perfecto para el momento jaja). Se te olvidan algunas tildes aún! Cuidado con eso (sobre todo en los tiempos verbales)

    Quitando eso, chulo! Pero quiero relatos más largosssss!!!!

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    1. ¡Mi fiel Leila, siempre la primera en comentar! Muchas gracias por leerme siempre, no sabes la alegría que me llevo siempre que veo un comentario tuyo ^^

      Lo cierto es que si me quedó dramático, la narración estilo "leyenda india contada a la luz del fuego" influyó mucho en eso. No, no se explica y ahí esta la gracia. Recuerda que la gracia de esta serie es jugar a adivinar la criatura de cada relato, pero por ser tú te daré una pequeña pista: la criatura en sí no fue el sobrino, sino lo que lo convirtió. A ver si lo averiguas jeje

      Esa era la gracia, además pintaba con la criatura y el lugar de ambientación del relato (las nevadas en tierras canadienses son bien conocidas jeje). Ay, las tíldes, son mis malditas némesis!

      Me alegro mucho de que te gustase! Respecto a lo de la longitud de los relatos, ya sabes como va esto. A veces son más largos y otros son más cortos, depende del momento y, en este caso, de la criatura :)

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  2. Que criatura era??
    Porque el sobrino traiciono a su tio ? 🤔😣
    Que no veia todo el amor que por el sentia , el deseo de encontrarlo vivo y poder regresar a casa?
    Que es un zombi 😅😂😂😂😂 porque se convirtio en eso ? , el tio no se conviertio en lo mismo??
    De primero me imagine am al moustro de las nieves pero me acordaba de que estaban en un bosque .....

    Fue lo suficientemente valiente , el creia que nada malo pasaria , el sobrino lo esperaba , lo queria a el y a nadie mas 🙁
    Muy buen relato jasp.

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