domingo, 14 de agosto de 2016

Relato - La melodía del alma

Hace mucho tiempo vivían dos chicos en una cabaña en el bosque, donde pasaban sus días tratando de sobrevivir. Ambos eran huérfanos, nunca conocieron a sus padres ni tenían memorias de ellos. El mayor se llamaba Birger y el pequeño tenía por nombre Hans, cada uno era bueno en una cosa y usaban su talento para comprar algo que llevarse a la boca. Birger, al ser el más fuerte, iba todas las mañanas al bosque con su hacha y cortaba cuanta leña podía para después cargársela a la espalda y venderla en el pueblo; mientras que Hans tocaba un viejo violín en las calles del pueblo para ganarse unas monedas.
Su vida no era nada sencilla. En ocasiones apenas tenían suficiente comida para los dos, cada día era una lucha por sobrevivir pero no se rendían y daban su mayor esfuerzo para poder vivir dignamente. Así vivieron día tras día hasta que un día la dama fortuna quiso sonreír al pequeño, darle una oportunidad para ser algo más que un chico pobre tratando de subsistir. Esto fue lo que sucedió.
Una noche que Hans volvía del pueblo, escuchó una melodía hermosa proveniente del bosque, un bello sonido como nunca antes había escuchado. Su instinto como músico lo llevó a buscar la fuente de tan armoniosa melodía, venía del bosque que había junto a su casa. Hans tenía un dilema: seguir la música o volver a la casa con Birger, el muchacho lo pensó durante unos segundos.
«Si me doy prisa, no pasará nada» pensó Hans con la despreocupación propia de la juventud.
Fascinado con la música y con la convicción de encontrarla, Hans se aferró el violín contra el pecho y se adentró en el bosque. El bosque estaba oscuro, ni siquiera la luna y su corte de estrellas conseguían penetrar entre las espesas copas de los árboles. Hans solo podía confiar en su oído, pues apenas podía ver lo que le rodeaba y prefería no fijarse en nada en concreto. Por suerte para él, conocía el camino y sabía lo que había más adelante, nada menos que uno de sus lugares favoritos.
Pronto divisó la claridad fuera de los árboles y escuchó el rubor del agua en movimiento, el sonido inconfundible de una cascada. Unos pocos pasos más lo llevaron fuera del bosque, ya estaba en el lago que conocía tan bien. El agua caía desde la cascada y llenaba un lago natural de aguas cristalinas, una maravilla natural que Hans y Birger consideraban un regalo, pues podían refrescarse allí los calurosos días de verano y bañarse siempre que lo necesitasen.
Hans podía escuchar la música con refrescante claridad, se mezclaba con el rubor del agua al caer, formando un dueto entre la música del hombre y la de la naturaleza. El autor estaba allí mismo, tocando en medio del lago con los ojos cerrados, disfrutando de la melodía como solo un músico podía hacerlo. El hombre tenía una espesa melena castaña y una barba pronunciada, tenía el pecho descubierto y tocaba nada menos que un violín Hardanger, un instrumento exquisito de madera bruñida y mástil negro, sin duda más elegante que su viejo violín.
Éste estaba tan concentrado que no se percató de su presencia y como Hans no quería interrumpirle, se sentó en la hierba y le escuchó tocar. Sujetaba el violín con firmeza pero con mimo, como si tuviese daño de lastimarlo, como si sujetase a una persona en vez de a un instrumento. Hans conocía bien esa sensación, el afecto que todo músico sentía por su instrumento, la magia que hacía que ambos fuesen uno solo.
La melodía era suave y susurrante, sentía que lo envolvía como si el mismo estuviese dentro del agua, así de maravillosa era la pieza que aquel hombre tocaba; incluso el agua acompañaba el compás de la música con suaves ondas que se extendían por el lago, como si le dieran forma a las notas que brotaban del violín. No sólo el agua reaccionaba a la música, incluso el viento fluía con suavidad meciendo en un suave arrullo la hierba y los árboles. Sin duda era un espectáculo magnífico, ver a la naturaleza en perfecta sintonía con el canto del violín no tenía precio, Hans no tenía palabras para describir aquella situación.
«Ojalá Birger estuviera aquí, le encantaría» pensó el muchacho a la vez que una sonrisa alegre se dibujaba en su rostro.
Si hubiera sido decisión de Hans, habría seguido escuchando un rato más la música pero como todo en la vida esta acabó. El hombre abrió los ojos y contempló al muchacho, le sonrió con una mirada cómplice e hizo una breve reverencia con cuidado de que el agua no tocase el violín. Hans aplaudió emocionado y el músico sonrió, feliz por la aceptación del muchacho.
—Veo que aprecias mi música, en tus ojos puedo ver que la entiendes —la voz del hombre era como el arrullo de las ondas en el agua, suave y envolvente. Se fijó en el estuche que Hans sujetaba contra su pecho, su sonrisa se hizo más amplia—. ¿Qué instrumento tocas, joven amigo?
—Toco el violín, pero el mío es viejo y ajado —respondió Hans de inmediato—. El vuestro es un Hardanger, ¿verdad?
—En efecto, lo es —contestó el hombre— pero déjame decirte algo, muchacho: la música no depende del instrumento, sino de la persona que lo toca. Podría dejar mi instrumento en manos de otra persona y no sería capaz de entenderlo ni de hacerlo sonar adecuadamente, solo los músicos tenemos el don de hacer cantar a los instrumentos.
»Cambiando de tema, es una feliz coincidencia que toquemos el mismo instrumento. Podría enseñarte si quisieras, ¿te gustaría?
Hans no cabía en sí de asombro y alegría, nunca en su vida se había sentido tan afortunado como en ese momento.
— ¡Me encantaría, señor! —la expresión de Hans se ensombreció, recordando el lugar donde vivía— pero no tengo dinero.
—Por eso no te preocupes, mi joven aprendiz —respondió con risa jovial, sus ojos eran azules como el agua y estaban llenos de comprensión—. Hagamos una cosa: tú me haces un favor y yo a cambio te enseñaré a tocar el violín tan bien como yo. ¿Te parece bien?
Hans por toda respuesta asintió enérgicamente, lo que hizo sonreír nuevamente al hombre.
—Bien, esto es lo que quiero que hagas: me traerás una pieza de fenalar cada jueves a este lugar. Deberás robarla de tu vecino, de aquel que más te desagrade y que más se lo merezca, y me la traerás a la medianoche. Si eres capaz de hacer eso, entonces yo seré tu maestro y compartiré contigo mi melodía. ¿Puedes hacerlo, muchacho?
Hans lo meditó durante unos momentos. El fenalar no era difícil de conseguir, todos los granjeros tenían corderos y seguro que no notarían si desaparecían unas piezas de cordero ahumado. Pensándolo bien era un trato desigual que favorecía al muchacho, una oferta demasiado generosa para rechazarla.
—Lo intentaré, señor.
—En ese caso tenemos un trato, joven…
—Hans.
—Te espero aquí el jueves que viene, Hans.
El hombre le tendió una mano y Hans no dudo en estrechársela, sellándose el trato que lo convertiría en su aprendiz.
—Una cosa más, Hans. No debes decirle a nadie de esto. Si se supiera de mi existencia, pronto tendría aquí a muchos queriendo aprovecharse de mi música. No, esto debe quedar entre maestro y aprendiz.
—Así será, maestro.
Con una sonrisa complacida, el hombre se dio la vuelta y se internó en el interior de la cascada hasta que su silueta desapareció. Tan emocionado estaba Hans que ni siquiera se preguntó a dónde iba. El muchacho salió corriendo de allí y volvió a su casa más emocionado que nunca en su vida.
Tal y como le había prometido, Hans le llevó una pieza de fenalar al lago cada jueves a medianoche y el hombre a cambió le enseñó su música. Sus lecciones fueron sin duda singulares, pues en ninguna le permitió tocar el violín ni le explicó la esencia de su música. En lugar de eso le pidió que le escuchase tocar piezas cortas y al final de cada una le preguntaba que le trasmitía, le enseñaba en función de cómo respondiera: si la respuesta era correcta, el maestro lo elogiaba y le daba un consejo para mejorar; si la respuesta era negativa, lo corregía y le hacía una nueva pregunta hasta que acertaba. De esa forma Hans se pasaba cada jueves por la noche escuchándole tocar hasta el amanecer, momento en que se acababa la lección y volvía a la cabaña para dormir un poco.
Cada noche que pasaba, Hans aprendía algo nuevo con su maestro pero no sentía ninguna mejoría cuando tocaba el violín. A pesar de que ponía en práctica sus enseñanzas, su música seguía siendo la misma de siempre aunque comprendía mejor su significado. En su tercer encuentro Hans le preguntó porque no mejoraba y el maestro le dijo “no tengas prisa en mejorar, todos los grandes músicos tardaron su tiempo en aprender. Pronto lo entenderás”. El muchacho no lo entendía pero siguió esforzándose por aprender y tocaba en las calles con empeñó, dejando que su música fluyese hacia afuera tal y como su mentor le inculcaba lección a lección.
La sorpresa para Hans llegó la noche del cuarto jueves. Como siempre, dejó una carta a Birger diciendo que llegaría tarde y dio un rodeo para ir directamente al lago. Allí lo esperaba su maestro, metido dentro del agua como siempre y con su violín preparado para tocar. Hans dejó la pieza de fenalar, envuelta en un fardo, y se sentó en la hierba.
—Hoy no me oirás tocar, Hans. La lección de hoy será distinta —eso sorprendió al muchacho pero no dijo nada, se preguntó que planearía su maestro ahora—, pero antes tengo una pregunta que hacerte. Me has traído el fenalar, tal y como te pedí, y te estoy agradecido por ello pero tengo dudas sobre cómo lo conseguiste. ¿De verdad lo robaste?
El cuerpo de Hans se tensó al instante, había temido esa pregunta desde la primera noche. En un principio Hans lo había intentado, fue al establo más cercano de la ciudad y se propuso cogerlo, pero entonces recordó lo que Birger le dijo una vez que le preguntó si robar estaría bien. Birger le dijo “nunca debes robar, da igual el hambre que tengas. Si comiera algo que no he ganado, no sería lo mismo. El trabajo duro es lo que hace sabrosa la comida, Hans. Prométeme que nunca lo harás”. No pudo hacerlo, se fue tal y como había llegado, en silencio.
Había prometido a su maestro guardar el secreto y no decirle a nadie que le enseñaba en el lago, pero si hubiera robado entonces habría roto la promesa que le hizo a Birger cuando era pequeño. Ellos siempre habían llevado una vida honrada y así debía seguir, entonces tomó la resolución de trabajar duro hasta poder pagar la carne. Así cada día tocaba en la calle hasta que no podía más, hasta que sentía los brazos rígidos y perdía toda sensibilidad en los dedos, hubo ocasiones que se forzó tanto que se cortó con las cuerdas, calientes por la fricción con el arco.
Fue lo más duro que había hecho en su vida: no poder decirle nada a Birger, a quien consideraba como un hermano; llevar su violín al límite y tocar hasta que los brazos le dolían; así como pagar la pieza de fenalar, la cual no era precisamente barata. Durante cuatro semanas tuvo que esforzarse hasta la extenuación pero las lecciones merecían la pena, se sentía orgulloso por conseguirlo por sí mismo y poder mantener la promesa de Birger.
Ahora, frente a su maestro, viéndose descubierto, no le quedaba más remedio que decirle la verdad. Le miró a los ojos y habló sin tapujos, sabiendo que no había hecho nada malo.
—Maestro, intenté robar la carne pero no fui capaz de hacerlo. Hace tiempo le prometí a mi hermano que jamás robaría, incluso si eso me mataba de hambre. Quiero aprender todo cuanto puedas enseñarme, por eso toqué todos los días hasta la extenuación para poder comprar la carne. Ha sido duro pero no quería romper la promesa que le hice a Birger, quería hacerlo con mis propios medios y lo he conseguido. Esa es la verdad.
Hans no sabía que esperar, él le había pedido una cosa, mala sí pero una petición al fin y al cabo, y había desobedecido. El hombre lo miró fijamente sin decir nada, su semblante era neutro, no reflejaba ni enfado ni aprobación. Los segundos pasaban y el silencio se hacía pesado, tenso. Finalmente, su maestro habló.
—Sabía que no me había equivocado contigo —el maestro sonrío ampliamente, se veía más que satisfecho—. Desde el primer momento vi en tus ojos el ansia por aprender, pero quería ver si lo deseabas tanto como para robar. Un chico sin principios lo habría hecho, pero tú has obrado bien y mereces en primer lugar mis respetos —hizo una inclinación de cabeza en señal de aprobación— y en segundo lugar mi talento, es hora de cumplir mi promesa. Ven, Hans. Llegó el momento de que mi música pase a ti.
Hans, asombrado y feliz a partes iguales, no tardó en quitarse la ropa, quedando en paños menores, y entró al agua. Estaba tibia y su roce era agradable, aunque siempre había sido así. Se situó frente al maestro y esperó, ahora que lo veía de cerca era delgado pero fibroso, ni de lejos tan escuálido como le había parecido. Su maestro sonreía y posó el violín sobre una de sus manos, ofreciéndoselo a Hans para que lo cogiera si quisiera pero él no lo hizo, intuía que había algo detrás de ese gesto.
— ¿Qué crees que te he enseñado hasta ahora, Hans? —le preguntó el maestro.
Hans lo meditó durante unos segundos antes de responder, recordando cada uno de las lecciones anteriores.
— ¿A sentir la música? —preguntó Hans dubitativo.
—En parte sí, pero eso no ha sido todo. Como músico ya tenías una base, lo único que hice fue pulirla un poco pero hay más. La melodía es importante desde luego pero también lo es el escenario, en esas lecciones te enseñé a disfrutar del entorno, a ser consciente de cuanto te rodea. Pronto serás capaz de hacer que tu música envuelva tu alrededor, que cada nota viaje por el aire y llegué a cuantos puedan escucharla. Esa es la clase de música que voy a enseñarte.
—Ahora lo entiendo —respondió Hans sorprendido — por eso sentía que la música lo envolvía todo. Cuando te escuchaba tocar era como si la hierba danzase, como si las notas se moviesen por el agua.
—Tienes buen oído, Hans —lo alabó el maestro—. Si has captado eso, entonces ya solo queda algo por hacer. Dame tu mano derecha.
El muchacho no entendía el porqué de la petición, pero no dudó en obedecer y se la da. Entonces su maestro hizo algo que le sorprendió, puso todos sus dedos menos el gordo encima de las cuerdas, un dedo por cada una, y acto seguido, los deslizó presionando sus dedos contra las cuerdas. A Hans le dolían los dedos pero no sintió que sangraran, era un escozor suave que cada vez quemaba más pero lo resistió. Sus dedos cruzaron el mástil del violín por completo, desde el diapasón hasta el puente, surcando las cuerdas de principio a fin.
Cuando terminó el proceso, los dedos le dolían pero había algo de solemne en el proceso y Hans se miró la mano. Estaba curtida por todos los días que había tocado y las yemas de sus dedos estaban rojas, las cuerdas se habían quedado marcadas en ellos pero ya no sentía dolor.
Su maestro le soltó la mano y le entregó el violín, sonriendo tan ampliamente como si lo hubiese superado por completo.
—Ahora toca, Hans.
—Pero aún estoy listo —se quejó Hans, sintiéndose inseguro respecto a su talento.
—Sólo hazlo.
Hans estaba nervioso, le preocupaba decepcionar a su maestro. Lo miró antes de tocar, lo que vio en sus ojos le sorprendió. Su mirada estaba llena de convicción, de una confianza ciega que le dio valor.
«Vamos allá»
Cogió el arco con la mano derecha y posó el violín en su hombro sujetándolo con la izquierda, cerró los ojos y sin más dilación comenzó a tocar. Lo primero que sintió fue calma, una profunda paz como nunca antes había sentido, justo después la música comenzó a fluir del violín. Las notas fluían dulces de las cuerdas, formando un conjunto hermoso y delicado, una melodía nueva para él pero completamente conocida. Era extraño, nunca había tocado esa pieza pero sentía que la conocía desde siempre, como si hubiese estado dormida en sus recuerdos y ahora aflorase a su memoria.
Ahora entendía lo que su maestro quería decir, aquello que había estado enseñándole cada noche. Podía sentir todo a su alrededor, percibir como su música lo envolvía todo y le daba vida. Sentía las ondas del agua en movimiento, el viento danzando en conjunto con su música, la hierba y los árboles meciéndose suavemente. Era una sensación fantástica, verlo todo sin abrir los ojos, sentir sin necesidad de tocar. Hans no entendía que estaba pasando, de donde había salido esa música y cómo era que la conocía; pero no necesitaba esas respuestas, ahora no. La música siempre debía ser libre, nunca debía intentar aferrarse a una melodía ni tratar de dominarla, solo entenderla, sentirla.
Hans dejó de tocar, pero aún noto como las últimas notas vibraban un momento a su alrededor y luego el silencio, la calma imperceptible tras la partida de la música. Miró a su maestro, no podía explicar lo que había pasado.
— ¿Cómo lo he hecho? —preguntó Hans, más para sí mismo que para su maestro— ¿Qué me ha pasado, maestro?
—Eso, joven Hans, era tu melodía.
— ¿Mi melodía?
—Eso es, deja que te lo explique. Cada persona es diferente y por mucho que busques nunca encontrarás dos iguales, tal vez muy similares pero con sus diferencias. Lo mismo ocurre con la música, lo que sentimos al tocar se refleja en cada nota y toma una forma única, esa es nuestra melodía. Tú has escuchado la mía durante mucho tiempo y ahora yo he oído la tuya. Con esto termina mi lección.
Hans no lo entendía, ¿qué significaba aquello? Había tardado mucho tiempo en aprender a tocar su violín, practicando sin parar durante años y disfrutando con ello; pero en esos pocos días aprendió más que en todos esos años, solo escuchando tocar a su maestro.
—No lo entiendo, maestro. Solo le he escuchado tocar, sin embargo mi música es distinta, más hermosa. ¿Cómo he podido mejorar tan deprisa?
—Puede que te sorprenda, Hans, pero esa música siempre ha estado dentro de ti. Solo necesitabas un poco de ayuda para entenderla. Tú has sido generoso conmigo, lo único que podía darte a cambio era la forma de entender tu música. Ahora serás capaz de tocar el violín mejor que cualquier otro, tus dedos ya son los de un maestro. Con este talento nunca te faltará de nada, ahora tú y tu amigo tendréis la vida que merecéis.
Hans se miró los dedos asombrado, incapaz de creer lo que su maestro le decía. Era cierto que podía tocar mejor que antes, pero no se sentía diferente en lo absoluto. Solo su maestro podía resolver sus dudas, pero algo le dijo que no lo haría. Así habían sido siempre las lecciones, él escuchaba y él a cambio le enseñaba. Sólo podía hacer una cosa más.
—Muchas gracias, maestro —Hans inclinó la cabeza, tanto que casi la metió en el agua—. Nunca podré agradecerle lo suficiente por esto.
—No es necesario que me lo agradezcas, Hans. Hasta siempre, mi joven aprendiz.
— ¿Maestro?
Ya no estaba allí, solo las ondas en el agua y el susurro de la cascada demostraban que alguna vez estuvo allí con él. Hans se sintió un poco triste, le hubiera gustado agradecérselo debidamente pero no podía hacer nada. Su maestro apareció un día sin más y desapareció de la misma forma, pero lo que le había enseñado estaría siempre con él.
Así fue como el joven Hans comprendió su música, y tal y como le prometió su maestro, a partir de ese momento la vida les sonreiría a él y a Birger, a quien las penurias de la vida lo convirtieron en su hermano.

5 comentarios:

  1. Qué bonita forma de describir la música, mezclado con la magia de la naturaleza! Dan ganas de escuchar la melodía del violín y dejarse llevar por ella ^^

    En todo caso en este cuento no he adivinado qué clase de criatura es el señor violinista :( pero la historia me gusta mucho, sobre todo por su moraleja: debemos confiar más en nosotros mismos, pues a menudo no nos creemos capaces de algo que al final sí lo es, solo que estaba oculto en nuestro interior. A veces se necesita un empujoncito ;)

    Muy noble el niño con el tema del robo, dan ganas de achucharle, esperemos que les vaya bien a él y su amigo ^^

    En cuanto al texto, he visto algunas erratas, la más gorda por así decirlo es cuando Hans dice "Pero aún estoy listo " debería ser "no", no?

    Además, también decir que si usas en un momento « » no puedes luego para lo mismo emplear "", uno se lía

    Y hay un momento en el que empleas el presente en vez del pasado como en todo el resto de la narración:
    "El muchacho no entendía el porqué de la petición, pero no dudó en obedecer y se la da."

    Sino ya me callo jaja en todo caso deberías un día intentar escribir una historia más larga, seguro que sería muy interesante!!

    Un abrazo desde Tinasia!!

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    1. Mi querida Leila, ya echaba de menos tus comentarios :) Una vez más te agradezco infinitamente que me des tu sincera opinión y no sabes lo contento que me haces al decir que te ha gustado mi relato jeje

      En verdad la criatura casi parece humano (casi, por algo hay trampa jaja). Solo te daré una pequeña pista, digamos que tiene que ver con el violín ;) Por el relato me alegro mucho de que te gustase, ya sabes que me gusta plasmar valores positivos y buenas acciones en mis relatos.

      Por Hans y Birger no te preocupes, ambos tienen una vida placentera y sin preocupaciones ^^

      ¿Que haría yo sin mi ángel de las faltas? La verdad es que me da un poco de rabia, pero por mucho que los revise siempre encuentro algo. Tendré que ponerme gafas o ponerle los 5 sentidos, a ver si así lo hago bien jaja

      Muchas gracias por volver, te echaba de menos. Un abrazo desde Jaén!!

      PD: Ambos sabemos que trabajó en historias más largas, pero shh, es un secreto :)

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  2. Precioso, como de costumbre. Siempre en tu línea, Jasper. Delicado y nostálgico, me has recordado la importancia del esfuerzo y de los valores morales por encima de todo. ¡Puedes estar orgulloso!

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    1. Ya me conoces, me gusta dar sorpresas en cada relato. En "Criaturas" hay hueco para todo y este fue uno de los relatos más bonitos de esta primera tanda. Esa era la idea, lo escribí de forma que emocionase y pudiese sacarse esa lección al acabar la lectura (la verdad, y espero no sonar pretencioso, para todo amante de la música este relato debería ser algo así como su talón de Aquilés jeje). ¡Muchas gracias, tú siempre tan encantadora!

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  3. 😢😢😢 lo hicistes.....
    Me hicistes llorar o de plano ami tambien me llego la musica , me gusta como la explicas , el lugar , relajante y hermozo ...
    Como se esforzo por lo que queria , como lo pusieron a prueba nada de robar , y tener todo por sus esfuerzos ....
    Felicidades.........👏👏👏👏
    Me encanto.....
    😍😍

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