lunes, 27 de junio de 2016

Relato - Locura

Contemplamos a un hombre sentado en un despacho desordenado, a la derecha una lámpara de escritorio con luz tenue ilumina la mano de este hombre en la edad madura. Está escribiendo sobre un cuaderno sucio de tapa negra con una pluma de tinta azul. Se puede discernir lo que está escribiendo:

“Para algunos de estos vencidos, Dios es como un volcán que dispara lava a los ojos de la gente, un disparo contundente en el corazón que hace de la vida un naufragio permanente. Dios no existe, dicen. Dios es un proxeneta que domina nuestras vidas a su antojo, una balada triste que no conoce perdón ni misericordia. Dios no existe para aquellos que no creen ni en su propia existencia”

Más tarde sale de su despacho, apaga la luz y se dirige a una de las salas contiguas, dentro podemos comprobar que es una sala de experimentación. El científico entra y cierra la puerta introduciendo el código de seguridad, se coloca una bata de color blanco y examina exangüe a la última víctima del día: un hombre adulto de mediana estatura, está recostado sobre una camilla de hierro con una serie de artilugios a la derecha de esta. Este científico del que conocemos su nombre gracias a su tarjeta de identificación, Israel; poniéndose unos guantes de látex amarillentos pasa su dedo índice por la zona craneal de la víctima. Una recortada y tersa barba se erguía sobre su mentón. Pasa su dedo ahora por la clavícula deslizándolo hacia abajo, recorre suavemente el vientre y se detiene bruscamente en la zona genital descubierta. Para este científico, un tanto encolerizado por el horario del día, esta víctima es un perfecto rendido, es algo con lo que puede descargar sus energías irritadas. Se dispone a tomar en su mano una ballesta utilizada como evidencia para examinar el efecto de la descomposición de la madera en condiciones extremas. Exhibe una mueca de demencia e introduce el arma en el ombligo del cuerpo sin vida, insiste hasta que de una grieta en la epidermis brota un chorro de sangre continuo. Dios no existe. No puede dominar la situación, la ciencia se encarga de ser el artífice para la humanidad como lo es Dios para los creyentes.

Recuerda en su mente el sonido de la explosión de una granada desmembrando cuerpos, el temor de unos rehenes durante un atraco de arma blanca, y se regodea. Es un desertor más y disfruta con su traición, disfruta de tal manera que irrumpe en gritos ensordecedores y cogiendo un destornillador de punta plana le asesta varias puñadas por todo el cuerpo, la acogedora carne cediendo al metal le produce un placer indescriptible. Su ira, su rabia, su furia contenida descargándose sobre ese individuo muerto. Subyugado por el descontrol latente del momento asía unas tijeras de disección y las introduce en el recto de la víctima, le abre la apertura bucal para recrear una mueca de dolor, imagina unos gritos ahogados bajo el punzante escozor. Con rudeza corta el recto, corta la piel, la carne flácida y blanda. La sangre le salpica su blanca y larga bata, se acaricia los labios. Es consciente de su crimen, de su delito, pero es su perdición y goza.

Alarmados por los gritos y los ruidos elevados, dos compañeros abren la puerta introduciendo un código y tras contemplar la ruda escena, sonríen con alevosía.

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